Inicio»Columna»Emociones congeladas

Emociones congeladas

Una nota sobre: Menos cincuenta. (Fernanda Godoy. 2013.)

3
Compartido
Pinterest URL Google+

La diáspora migratoria venezolana forma parte de nuestra reciente historia contemporánea. El porcentaje más elevado lo hemos tenido en los últimos meses, en la  últimas semanas o en los últimos días. Y sigue incrementándose. La situación política del país, su crisis socio-económica y el recrudecimiento de la violencia, son los principales motivos que han alejado a los venezolanos de amigos, familiares y en muchos casos de sus profesiones como si se tratara de una prueba de fuego a la cual debe someterse nuestra idiosincrasia.

¿Qué ha pasado con los venezolanos que ya han hecho vida en el exterior? Esos que lograron realizar una vida adaptándose a un país que no les pertenece y han dejado a Venezuela en el “pasado”. Un pasado lleno de dolor, rabia y frustración. A partir de esta interrogante nace la principal anécdota de la ópera prima de Fernanda Godoy: Menos cincuenta. Acreedora del tercer lugar del premio de dramaturgia Asociec, 2015.

Godoy, dibuja el drama de una familia de venezolanos arraigados en Canadá que pretende conectarse con un nuevo mundo al margen de su propia identidad. De tal manera que el patriarca, interpretado por Rolando Padilla, decide olvidar el pasado con todo lo que conlleva y se concentra en su propio bienestar y el de su familia, más, cuando al cabo de diez años de haber llegado al “polo norte”, el fruto de su esfuerzo se ve recompensado. Su personaje es un espejo de todos esos petroleros que fueron burlados por el Estado venezolano en cadena nacional en el año 2002, despedidos arbitrariamente. Godoy, desde la dramaturgia, dibuja a un personaje que se resguarda en el distanciamiento emocional, para mantenerse alejado del dolor de la partida.

Mercedes, la madre, en la piel de Nattalie Cortez, resulta el detonante del drama. El pasado la persigue y también la culpa de haber dejado atrás a su madre, ahora enferma de cáncer, en Venezuela. Asimismo, la frustración de no poder ejercer su carrera como educadora la condena a sentirse sola en una casa cada vez más helada, donde la presencia de sus seres amados es intermitente y ella parece estar detenida en una encrucijada sin saber qué hacer, qué decisión tomar. Paralizada por el miedo, congelada.

Es a través del personaje de Aida (Gladys Seco); otra venezolana que ha sabido batallar con la distancia, que Mercedes va adquiriendo fuerzas para tomar el control de su vida. Aida es la conciencia necesaria para el emprendimiento, ese llamado a la acción para romper con el estatismo producido por una serie de eventos que han atrapado a este personaje en una espiral de emociones sin cauce.

La labor interpretativa de cada uno de ellos se aferra a esta emocionalidad de una manera natural. Este grupo de actores convierten la escena en una pequeña ventana que nos deja ver esa carencia afectiva con la cual nos identificamos. Frente al escenario, los espectadores tenemos que respirar pausadamente, hacer el ejercicio introspectivo, y detenernos a pensar que los motivos para abandonar el país son variados, no son fáciles de juzgar, y donde la gran verdad es que el drama nos pertenece a todos, no solo a quienes nos quedamos.

Una helada realidad

En Menos cincuenta la metáfora se presenta a través del clima. Mientras más álgidas las emociones de los personajes, más corrosivo el frío. Esta alegoría climática también empaña el apartado estético del montaje, escenografía y vestuario. Se dibuja un cuadro familiar donde bulle constantemente el deseo por volver al origen (rescatarlo). Sin embargo el arraigo se difumina en el presente por la pérdida del lugar de pertenencia y a futuro se prefigura en una escena de la obra,  a través del rol del hijo de la familia de emigrantes (Raoul Gutiérrez): venezolano de nacimiento, pero canadiense de formación.

Nunca, el venezolano pensó que sería en algún momento el lado opuesto de una situación social que hacía de su país natal, un espacio territorial donde el mundo se encontraba para fundar bases a través de la pluralidad cultural.

Sobre la puesta en escena, la estructura de la obra permite que las escenas –cortas y precisas- sean digeridas con naturalidad por los actores, aún así se hecha de menos mayor fluidez en las transiciones entre una escena y otra. En el teatro –como en cualquier arte narrativo – una transición es la marca necesaria para el hilar de la historia. En este caso, se observa la torpeza propia de una novel directora, algo que estamos seguros solventará en próximos montajes. Pues en el resto de la propuesta se nota el interés por los detalles.

A propósito de su trabajo, Fernanda Godoy, autora y directora de la obra comenta: “Hay una discusión sobre quién es más importante, quién duele más, quién sufre más, quién es más valiente, ¿los que se fueron o los que se quedaron? Aquí sabemos que buena parte de nuestras carencias son cosas tangibles: no hay medicamentos, no hay alimentos, etc. Pero el que se fue no puede hacer una cola por un abrazo. Cada quien sufre desde una arista. En el caso de los que están afuera, se trata de la soledad. Pero en realidad todos formamos parte de ese dolor.

La obra Menos cincuenta está siendo presentada en el Centro Cultural BOD (La Castellana) sábados y domingos a las 5pm.

Comentarios