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De las Crónicas de Indias a la “posverdad”

Un breve ensayo sobre la realidad y la ficción dentro de la crónica

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Tanto celo ponían los llamados Cronistas de Indias en constar que lo relatado era del todo verídico, que derivaban más en la convicción que en los hechos mismos, y al presentarse ante el lector (no otro que la Corona española) como los testigos más veraces, delataban su afán de convencer y ganar favor, y probable deformaran los hechos con hipérboles y ornatos que ellos mismos cuestionaban en otros escribidores del Nuevo Mundo.

Para dar testimonio de la empresa conquistadora en América el sacerdote Juan de Castellanos (1522-1607) eligió el arte mayor de la octava real para en versos glorificar la hazaña y sus protagonistas en su compilado conocido como Elegías de Varones Ilustres de Indias. Y en el canto primero advierte sobre la honestidad de sus rimas:

Iré con pasos presurosos

Sin orla de poéticos cabellos

Que hacen de versos dulces, sonorosos

A los ejercitados en lellos;

Pues como canto casos dolorosos

Cuales los padecieron muchos de ellos,

Parecióme decir la verdad pura

Sin usar de ficción ni compostura

Para el lector contemporáneo, la salvedad poética del autor se antoja más bien cargada de compostura, si no de ficción. Pero el cronista asegura con apego a la métrica escogida que lo que de su pluma salga será verdadero, “sin ficción ni compostura”; se corresponde con el ideal de objetividad que procura el periodismo moderno. La intención del autor queda evidenciada en la forma: connotar gloria, maravilla, épica solemnidad. Mas no por incurrir en desliz, pueda juzgar uno si el propósito de Juan de Castellanos era a su parecer auténtico, libre de imposturas.

Dibujo azteca de la Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme (c. 1500) de Diego Durán. Biblioteca Nacional, Madrid.
Dibujo azteca de la Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme (c. 1500) de Diego Durán. Biblioteca Nacional, Madrid.

A partir de mi aproximación al corpus de los cronistas de Indias, me he hecho del criterio de dividirlo en dos vertientes: la de las hazañas de los hombres de armas, los avances en territorios ignotos y promisorios en riquezas tal vez magnificadas por la codicia y hasta la crueldad en el avasallamiento de los pobladores originarios; y la de los frailes “en contacto con el alma indígena” (como enseña Alfonso Reyes), quienes se acercaron al habitante originario del nuevo mundo de manera, digamos, piadosa, y se dedicaron a registrar los rasgos de las culturas precolombinas, sus costumbres, creencias, rituales, forma de alimentación, etc.

En la primera vertiente se inscribe Bernal Díaz del Castillo (1495 o 1496 – 1584), soldado, precariamente instruido en las letras, bajo las órdenes de Hernán Cortés, el poco conciliador conquistador de Tenochtitlán, territorio en el que se funda la Nueva España. No en balde, Díaz del Castillo titula su fárrago como Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Y la inicia precaviendo al lector coronado con la validación de su linaje y el valor de su testimonio, más verdadero según él, que el de fantasiosos competidores de pluma, en especial el cronista Gómara, a quien trataría con personal encono:

“…y en aquello les parece que placen mucho a los oyentes que leen sus historias y no lo vieron ni entendieron cuando lo escribían; los verdaderos conquistadores y curiosos lectores que saben lo que pasó, claramente les dirán que si todo lo que escriben de otras historias va como lo de la Nueva España, irá todo errado”

Es así como lectores del siglo XXI al recorrer las tales crónicas, reciben la sensación de un relato fantástico dada la ausencia de palabras para mejor comunicar la verdad de lo ignoto, aunque sea innegable el sustrato real que refieren.

El ciclo diabólico de la “posverdad”

Tiempo más tarde, el europeo seguía los acontecimientos próximos o remotos según el antojo o conveniencia de quien llevara la noticia. Y al menos en la Inglaterra isabelina, tal como conjetura Jorge Luis Borges ocurría que la veracidad aun no tenía el estatus de hoy, no al menos para una audiencia ampliada: “Menos escrupulosa y crédula que la nuestra, la época de Shakespeare veía en la historia un arte, el arte de la fábula deleitable y del apólogo moral, no una ciencia de estériles precisiones. No creía que la historia fuera capaz de recuperar el pasado, pero sí de acuñarlo en gratas leyendas”

La sociedad del siglo XXI, incrédula y recelosa, es, no obstante, caldo de cultivo para un deporte intelectual de amplia afición: la inefable teoría de la conspiración, la más novedosa forma de promover leyendas y negar lo evidente. Quien no haya tenido el privilegio de viajar en el Apolo 11, se siente compensado por la sospecha de que la llegada del hombre a la Luna, no fue sino cosa de la industria hollywoodense, por citar emblemático ejemplo. Todo aquel que no haya asistido a la autopsia de Bin Laden, puede entregarse al solaz de que tan temible individuo pueda ser aquella silueta borroneada por las tormentas de arena de Registán.

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Incrédula de todo, la civilización cuestionada abomina el misterio y ansía saberlo todo, hasta el ADN de la Gioconda, y si era niño o niña la persona de la sonrisa más enigmática de la Historia. Y es así que ante el misterio insoportable, los opinadores, los sacralizados pundits, se afanan en un nuevo credo: la abolición de toda pregunta trocándola en retórica respuesta.

La sociedad de Internet y las redes ¿la aldea global? no tolera el silencio, también llamado “vacío de información”. Son precisamente las redes sociales que no cesan de multiplicarse, el pastizal de invenciones donde pastan, rumian y regurgitan los rebaños de la opinión pública. Y las leyendas que se traman con el instantáneo concurso de millones no son tan deleitables como las que antaño se demoraban en la imaginación andariega de los juglares. En Twitter o Facebook, por mencionar las más antiguas redes en la jungla cibernética, el acontecimiento es desmentido en segundos; luego se reconfirma y en el tiempo abolido de la instantaneidad conviven la noticia y su impugnación.

Solo los especialistas pueden discernir cierta aproximación a la realidad factual en medio de la ausencia del frágil equilibrio comunicacional o “falso balance”. El vendaval de información tal vez apunte hacia nuevas categorías sobre la comunicación de la verdad en un entorno que ya no parece explicar la teoría de la sociedad de masas. Es la Babel de los neologismos y los descubridores del agua tibia.

maxresdefault-la-torre-de-babelDe más está decir que el neologismo alude directamente a los centros de poder de los que emanan narrativas meramente emocionales con fines de dominio político y mercantil. La “posverdad” podría detectarse en el desplante verbal tan recurrido por Donald Trump o en la protolengua de Nicolás Maduro; ambos se zambullen sin miramientos en las procelosas aguas de las emociones extremas.

El escritor argentino Martín Caparros, maestro del periodismo latinoamericano, en una entrevista reciente aterrizó un poco el término momentáneamente tocado por la euforia mediática: “Me parece una palabra nueva para llamar lo más viejo del mundo: la mentira. La —falsa— historia de los hombres empieza con una mentira: cuando la serpiente engaña a Eva con la manzana, y Eva le cree (…) ¿Ahora vamos a descubrir que existe la mentira?”

Y, volvemos a los descubridores del agua tibia, siempre prestos al palimpsesto para tapar con neolenguas la verdad de la lengua secular y limitarse a simularla. El ciclo diabólico de la posverdad comienza cuando los señalados por la palabra “nueva” inmediatamente la capitalizan para seguir mintiendo.

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