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1917, el horror que no cesa

Esta reseña de Carlos Caridad Montero, de la película nominada al Óscar "1917" del director Sam Mendes, es muy oportuna hoy en Venezuela. Aquí hablamos de guerra con superficialidad y sin conocimiento de causa. Este trabajo deja claro que la guerra es un horror, siempre.

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Tilloloy, a 100 kilómetros al norte de París. Una radiante mañana de junio de 1915, un grupo de soldados franceses descansa bajo el sol de verano. Un ruido repentino de algo que cae despabila a Faval, uno de los soldados. En principio cree que es una paloma muerta, pero al descubrir el origen del sonido, comienza a gritar.

Sus compañeros se levantan y también se horrorizan. Tres décadas después, el cabo Frédéric-Louis Sauser describió así la razón del espanto:

“…hincado en la hierba como una gran flor abierta, un lirio encarnado, un brazo humano que chorreaba sangre, un brazo derecho cercenado encima del codo y cuya mano, viva todavía, escarbaba el suelo con los dedos como para arraigar en él, y cuyo tallo sangriento se balanceaba suavemente antes de encontrar su equilibrio”.

Faval aseguraba que el brazo había caído del cielo, pero como escribiría Sauser, no había aviones volando cerca. Y nunca encontraron la clave del enigma.

Blaise Cendrars dejó uno de los intensos testimonios de la Gran Guerra 

El pasaje pertenece a La Mano Cortada, uno de los testimonios más descarnados sobre el horror de la I Guerra Mundial y Sauser lo publicaría con su nom de plume, Blaise Cendrars. Nacido en Suiza, uno de los poetas más importantes del romanticismo francés. Es imposible saber hoy, cuánto hay de verdad y cuánto de fabulación en la aterradora anécdota. Pero tratándose de la Gran Guerra, cruenta hasta lo indecible, es muy posible que la misma,esté más cerca de lo real que de la ficción.

Cendrars, por su parte, viviría una existencia digna de sus personajes. Le dio la vuelta al mundo varias veces; amasó fortunas que pronto dilapidó y ejerció toda clase de oficios. Desde saltimbanqui y malabarista y  hasta pirata. Finalmente murió solo, olvidado y arruinado en París, a comienzos de los años 60. No obstante, su obra tuvo una marcada influencia en buena parte de la literatura estadounidense de la segunda mitad del siglo XX: desde Henry Miller (su amigo personal) a Jack Keruac. Norman Mailer, Joseph Heller y hasta el mismísimo Charles Bukowski están en deuda con él.

Y creo que su alucinante testimonio de la guerra contribuyó a asentar esa dura mirada crítica y antibélica con que la literatura y el cine juzgan aquel conflicto.

 

La I Guerra Mundial, de la literatura al cine antibélico

Da la casualidad que, entre sus muchos oficios, Cendrars también trabajó en el cine. Fue el asistente de dirección de Abel Gance en La Roue, su película más aclamada después de su monumental Napoleón, y en J’accuse! que precisamente cuenta la historia de un triángulo amoroso en las trincheras de la Gran Guerra. Fue una de las primeras películas que  retratan el horror de la guerra.

Para Gance,debió ser de invaluable ayuda, contar con un director asistente que conociera el horror de la guerra de primera mano. Y me queda la duda de cuánto hay de Cendrars en el producto final.

Después del fin de Gance, alrededor de un centenar de películas han abordado el tema. Acaso las más memorables sean la adaptación de Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis de Vicente Blasco Ibáñez, dirigida por Rex Ingram, All Quiet on the  Western Front de Lewis Milestone, basada también en una novela de Erich Maria Remarque; A Farewell to Arms de Frank Borzage, sobre el texto semi autobiográfico de Ernest Hemingway, La Grande Illusion de Jean Renoir, Sargento York, de Howard Hawks o la opus magna de David Lean, Lawrence de Arabia.

Todas, en mayor o menor medida, comparten su visión crítica del conflicto y un desdén por una burocracia militar que pocas veces titubeó a la hora de sacrificar vidas inútilmente. Resulta curiosa, al menos, la coincidencia. Fue una guerra espantosa, sí. De una crueldad inusitada, también. ¿Pero acaso no lo fue también la II Guerra Mundial? Sin embargo, sobre la segunda, el relato casi siempre es heroico.

Hay excepciones, claro está. Como Slaughterhouse-Five de Kurt Vonnegut. O Catch 22, de Joseph Heller. Pero en el caso de ambas, fueron circunstancias históricas las que contribuyeron a su éxito. Particularmente, otra guerra, la de Vietnam. Catch 22 reposó ignorada en los anaqueles de las librerías, acumulando polvo casi una década, hasta que los soldados estadounidenses en Vietnam comenzaron a pasársela de mano en mano. Fue así como el texto de Heller (y su posterior adaptación por Mike Nichols) ocuparía un lugar entre los alegatos contra la guerra.

Pero no se puede hablar de cine antibélico ni de la Gran Guerra sin mencionar dos cintas rabiosamente anti militaristas: Paths of Glory de Stanley Kubrick, y Gallipoli de Peter Weir.

Y son precisamente estas dos últimas, los dos referentes más directos de la más reciente película sobre el tema, 1917 de Sam Mendes.

” Gallipoli ” de Peter Weir, alegato contra la guerra

La Gran Guerra, pasado y presente Cinematográfico

El cine más reciente vive de referencias. Es una constante actualización de los materiales del pasado. A veces, expresamente. Pero en la mayor parte de los casos, es más sutil.

The Big Red One, antibélica y testimonial

El prólogo en blanco y negro de otra película antibélica, The Big Red One de Sam Fuller, tiene lugar a finales de la I Guerra Mundial. Lee Marvin camina entre cadáveres putrefactos y alambradas, bajo la mirada hueca de un Cristo de madera, carcomido y cubierto de hormigas, cuando de entre una nube de polvo, emerge un caballo negro enloquecido y lo ataca.

Se trata de una escena absurda, casi surreal, que debe lo suyo a Buñuel, pero también a todos los filmes sobre la Gran Guerra que le preceden.

Dos décadas después, Steven Spielberg estrenará War Horse, un film protagonizado por caballo reclutado y obligado a servir en la Gran Guerra. No podía ser más evidente la referencia al film de Fuller. No era la primera vez que el director de La Lista de Schindler citaba al maestro: la gran escena del desembarco de Normandía de Saving Private Ryan, es una suerte de reelaboración de la secuencia del Día D en The Big Red One.

De la misma manera en que Spielberg parece ampliar y extender la visión de Fuller; Sam Mendes hace lo mismo con Paths of Glory de Kubrick y Gallipoli de Weir.

Una de las más celebradas escenas de la película de Kubrick eran sus largos planos-secuencia de seguimiento de personajes en las trincheras.

En 1917, Mendes repite el recurso. Pero esta vez lo lleva a los extremos de simular que la película ha sido rodada en un par de planos continuos, de alrededor de una hora cada uno. Un prodigio técnico como pocos que hace del film una intensa experiencia inmersiva, donde el espectador prácticamente vive el espanto de la guerra en primera persona.

Fotográficamente, 1917 también debe mucho a Paths of Glory: los claroscuros en los bunkers de las trincheras, las noches encandiladas por el fuego parecen ser calcadas del film de Kubrick. Pero como con los plano-secuencias, Roger Deakins estira el recurso al máximo, brindándonos los más hermosos y a la vez terribles cuadros que el cine le haya dedicado a la Gran Guerra.

La carrera nocturna entre las ruinas del pueblo, azotadas por las sombras móviles de las bengalas me hizo recordar un pasaje nocturno de La Mano Cortada en que los compañeros de Cendrars en las trincheras, juegan a tratar de atrapar con sus manos las balas trazadoras que silban encima de sus cabezas, como si de luciérnagas o moscardones se trataran.

En términos dramáticos, la película de Mendes debe la idea de la entrega del mensaje en una carrera contrarreloj para evitar detener un asalto, a Gallipoli, el film del australiano Peter Weir. Cinta que cimentará la carrera actoral de Mel Gibson, Gallipoli es además una de las críticas más feroces al Estado Mayor británico por usar los soldados australianos literalmente como carne de cañón, para distraer a los hunos de un ataque de los británicos.

Como en 1917, en el film de Weir también hay un mensaje que entregar, esta vez por un soldado que, en su vida civil, es un veloz corredor. Pero a diferencia del film de Mendes, este recurso dramático es sólo una parte de la trama (si mal no recuerdo, su clímax), no toda.

La diferencia entre ambos films estriba en su mirada del conflicto. Mientras Gallipoli carga con todas sus fuerzas contra la oficialidad británica, y asume su papel de crítica contra la guerra; 1917 es un film elegíaco. No de la guerra en sí misma, sino de los soldados que lucharon en ella. En esto, rompe con la tradición de cintas anti bélicas sobre la I Guerra Mundial. Pero aunque no es una apología, tampoco es una denuncia.

Al fin y al cabo, Mendes dedica su cinta a sus antepasados, soldados británicos que participaron en el conflicto. 1917 se estrena cuando se cumple poco más de un siglo de aquellos terribles acontecimientos que cambiarían la faz de la Tierra. Tan crueles e inhumanos que luego las naciones del mundo debieron ponerse de acuerdo y formular reglas para las futuras matanzas.

Kirk Douglas  murió a los 103 años esta semana  En  la foto en una escena de Paths of Glory de Stanley Kubrick 

El film de Mendes compite en los Oscars la misma semana en que Kirk Douglas, protagonista de Paths of Glory y nacido en plena Gran Guerra, muere.

Pero personalmente siento que 1917 enlaza aún más sutilmente con el pasado. En film de Mendes hay una subtrama relacionada con una mano herida que enseguida me recordó el brazo cortado aún vivo que, hace poco más de un siglo, Cendrars y sus horrorizados compañeros de armas vieron caer del cielo.

Todas las fotos y fotogramas son cortesía de Carlos Caridad Montero