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La mistificación de la historia

Enrique Bernardo Núñez en " Cubagua" se retrotrae al comienzo de la cicatriz y busca una nueva forma de entenderla

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Los venezolanos están trastornados por la historia. Es difícil encontrar un pueblo que consiga tantas justificaciones en su pasado e, incluso, lo utilice para construir un horizonte de expectativas tan estrecho. Los paralelismos se convierten en el argumento perfecto para ganar una discusión y esto desemboca en evocaciones nostálgicas o exaltados gritos de heroísmo.

Una inquietud duerme en nuestro inconsciente y nos compele a recuperar a los ancestros. Pero si el gesto parece una responsable reivindicación de las raíces, las respuestas que extraemos distan mucho de sacarnos los pies del barro. La celebración continua de los logros de la independencia o la búsqueda de héroes olvidados, solo nos deja en un mundo de muertos vivientes que transitan por la calle de enfrente. El cuestionamiento real tendría que ser qué esconde nuestro pasado, qué crimen deforma nuestro rostro y nos obliga a adornarlo con las luces de los militares.

Sin importar el bando político, celebramos la moral de los guerreros patrios que supedita nuestra voluntad. Nuestra atención queda atrapada en la memorización de las virtudes de esas figuras. Ratificamos el discurso oficial aunque nos opongamos a él para levantar ídolos de distinto color pero con la misma forma. Es la reiteración de un mismo principio hasta el vórtice de la exasperación.

Con mucha suerte hallamos el feliz descubrimiento de que los sucesos son más complejos de lo que pensamos, de que la guerra de independencia en realidad fue una guerra civil. Descubrimos que la integridad del hombre pocas veces se sostiene, sobre todo cuando va acompañada por medallas. Si se mira con atención, este desvelo por el pasado, esta pompa con la que aplaudimos nuestras estatuas y las grandes letras grabadas en bronce, son una endeble fachada para obviar nuestra cultura del olvido. Un país que insiste en obviar sus terribles errores, siempre exorcizados con la oportuna figura de un chivo expiatorio quemado los domingos de resurrección y celebrado con alcohol barato. Acabamos como limosneros, pidiendo por una cura de inconsciencia.

Ramos Sucre ya advertía que debemos «desechar la historia, usar con ella el gesto de la criada que, al amanecer de cualquier día, despide con la escoba el cadáver de un murciélago, sabandija negra, sucia y mal agorera». También previno, hace años, como una aviso para oídos sordos, que la «historia no sirve sino para aumentar el odio entre los hombres». Al revisar los manejos que se han hecho con este discurso en nuestro país, descubrimos que, en el mejor de los casos, el resultado es un «catecismo de urbanidad y de modales correctos». Pero en general es una falsificación que justifica el despotismo de los débiles o de los lerdos.

Cada vez que se acude al pasado para sustentar una idea, para levantarlo como trazo exaltado que explica nuestro sentido en esta tierra, se sojuzga la voluntad del ser humano que intenta hacer un cambio. Las raíces reclaman su trozo de tierra y absorben la vida de la planta. Más todavía si justifica al poder, como ha ocurrido con todos nuestros gobiernos. Las incongruencias y los desmanes de los líderes quedan bautizados con las sagradas aguas pretéritas. Creer en el ciclo artificioso de los años articulados por la insegura mano del hombre, es un remedio muy efectivo para reiterar nuestras necedades y vestirlas de predestinación. Insistimos en la repetición de los nombres dentro de nuestra familia, en la proyección de líneas lógicas y certeras que esconden la trama de accidentes que nos ha traído hasta donde estamos. Reafirmamos la moral coercitiva de nuestro destino y lo llamamos progreso para obviar el capricho de la decadencia que reafirma un mismo principio inconsciente.

Opuesto a esta visión, quizás cuestionando sus propias aspiraciones de historiador, en un ejercicio de ficción que bien visto da más explicaciones que las fastuosas pompas de los desfiles militares, Enrique Bernardo Núñez escribió Cubagua. Allí se retrotrae al comienzo de la cicatriz y busca una nueva forma de entenderla. Ya no es la sucesión de los años y periodos que dan explicación a nuestro desenvolvimiento como seres civilizados. Al contrario, el pasado es un mal atávico que nos compele a un eterno y terrible retorno.

Podemos seguir engañándonos en los próximos años y abrazar a los nuevos próceres que se apresuran a embaucarnos con sus perfumes de solemnidad. Pero la pulsión profunda del tiempo sigue allí, como una isla abandonada que espera con sus fantasmas. No es la superación de un problema ni su solución —qué vamos a solucionar si somos incapaces de verlo a los ojos. No es la marca de un año que rememora una lección. Es la reiteración idiota de un método inútil que deja la herida abierta.