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“Acto cultural” entre el sueño y la simulación

Las funciones de la obra son los viernes a las 6:00 p.m. , sábados y domingos a las 4:00 p.m. en el Teatro Luis Peraza

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El Centro de Creación Artística TET estrenó este 8 de diciembre Acto cultural de José Ignacio Cabrujas en el Teatro Luis Peraza. Carlos Sánchez Torrealba, Lya Bonilla, Jariana Armas, Dixon Da Costa, Héctor Castro, Joe Justiniano Skuliakaki y Larisa González dan vida —bajo la dirección de Guillermo Díaz Yuma—a los miembros de la Sociedad Pasteur para el Fomento de las Artes, las Ciencias y las Industrias de San Rafael de Egido.

En Acto cultural el asunto de la trascendencia aparece ligado a nuestro papel como seres históricos. Esa historicidad que en nosotros pasa por el territorio de lo onírico, somos la ensoñación del descubridor —en este caso Cristóbal Colón—a quien Amadeo Mier (Carlos Sánchez Torrealba) ha llamado el “genovés alucinado”.

La pieza evidencia dos niveles dramáticos: la realidad de San Rafael de Ejido y sus implicaciones, y la de la representación. En la propuesta escénica de Guillermo Díaz Yuma, lo metateatral se muestra bajo el hermoso prisma coloreado de las luces de un teatro improvisado, austero, de blancos cortinajes y mesurados recursos escénicos que potencian el rol del actor transformado en un personaje construido desde la máscara. La artificiosidad empleada como medio escénico para potenciar la estructura ideológica del texto constituye un interesante punto de partida para la jouissance.

Francisco (Joe Justiniano) Cosme (Dixon Da Costa) y  Purificación (Lairsa González) -Acto Cultural Foto: Edisson Urgiles

Después del correspondiente minuto de silencio a cargo del señor secretario Francisco Xavier de Dios (Héctor Castro/Joe Justiniano Skuliakaki), se rompe la pretendida solemnidad y se escucha una ventosidad. Los personajes rompen las fronteras entre sus vidas y la de los personajes representados, en esa corrupción lúdica asistimos a una purga individual con resonancias colectivas, en ellos y nosotros.

Los miembros de la Sociedad Pasteur son seres duales cuya existencia está determinada por la presencia de los otros, es decir, lo público ha minado el espacio privado y la intimidad es vox populi, sus miserias han sido exhibidas en el aparador de los chismosos. Una vida privada sin secretos.

En Herminia (Lya Bonilla) se dibuja la pasión, el sobresalto que genera el hábito de lo ajeno, la experiencia de la mirada del otro en nosotros. El ocultamiento en Herminia es la apropiación caníbal de lo que representa Petit, ese hombre que le hizo descubrir la vida, los fundamentos de la cultura occidental. Ella, a su lado, se transforma en Clitemnestra, en Fedra. Su máscara es la del encuentro permanente, el re-descubrimiento. Ahora bien, en su ausencia, lo que  posee es un ocio que la reencuentra con la única incidencia en las cocinas de San Rafael: una mancha en el delantal. La muerte de Petit la reduce a las menudencias de la cotidianidad que antes se diluían con su existencia.

Lya Bonilla es Herminia Briceño- Acto-Cultural Foto: Edisson Urgiles

 Un día nos convertiremos en una transparencia, en la sombra de lo que fuimos, si es que ya no lo somos

Amadeo aspira a crear en la comunidad de San Rafael de Ejido, una sociedad cultural que comprenda—desde sus fantasías—que ellos son el sueño de un hombre, en medio de la cordillera andina. Pero también que entiendan que la Historia con mayúscula, puede cambiar a partir de las licencias que el teatro se permite y el pueblo lograría mirarse de otra manera. Pero no es verdad, Ejido es así. Allí no hay otra grandeza que el paso del General Castro, no hay nada más que las cerámicas chibchas, no hay otra cosa que las viejas chismosas que han convertido sus vidas en la comidilla local.

El anhelo de Amadeo es el que viene con la modernidad. En él habitan las pretensiones del “Ideal Nacional”; en él se encuentra esa noción de la fundación republicana que empleó el teatro para construir una imagen de ellos mismos que proyectara lo que querían ser y no lo que eran realmente. Pertenecer a una sociedad cultural que parece ir más allá de lo que significa la patética existencia rural —en ese infierno que implica la vida San Rafael de Ejido—es una señal clara de la necesidad de poseer algo que los haga distintos, como señala Antonieta Parisi (Jariana Armas) “la virgo clementísima”.

Eso es lo que los hace estar allí, ser diferentes, sobresalir frente a los otros sin sus pequeñeces domésticas. Tal vez recitar la Cigarra y la hormiga en francés, hablar de Balzac, sentarse en la mesa a conversar sobre los grandes pensadores de la cultura occidental los convierta en parte de algo.

Así como en el teatro puede mostrar ese país que quisieran tener, es en la representación donde ellos se revelan a sí mismos y a los otros, despojándose de la máscara. En el disparate argumental e histórico de Colón Cristóbal, el genovés alucinado, la verdad surge, porque cada quien desnuda sus íntimos pensamientos, sus pulsiones, pasiones y excrecencias, la vulgaridad que les es necesaria para habitar en un sitio al que tal vez nunca pertenecieron pero que es donde les tocó vivir. Y cuando digo esto, no lo hago pensando en un asunto del destino, simplemente es un acontecimiento. La vida es eso, nuestro ser histórico en el sintagma de la sociedad, allí radica su verdadera trascendencia. No se trata de ser universal, lo trascendente está ligado a la comprensión de lo que somos en realidad, una suerte de anagnórisis personal para entender que nuestra grandeza no reside en lo que podamos ser sino en lo que somos.

¿Por qué Amadeo frente a las increpaciones de Cosme, afirma que los gobiernos no son eternos pero que la pintura de Leonardo da Vinci sí? Porque es en el arte donde la manifestación del pensamiento y al alma del creador encuentran verdadera significación. Es el paisaje autónomo de Leonardo el que nos conecta con la presencia de lo divino en los hombres. Son las montañas escarpadas en la lejanía, atravesadas por meandros interminables que se pierden bajo el sfumato, las que nos dicen que hay algo oculto en nosotros y que el conocimiento de esa realidad que observamos es lo que nos conducirá al encuentro de la trascendencia en nuestra vinculación con la idea de dios. En los miembros de la Sociedad Pasteur la simulación es el camino para navegar los meandros de la pintura de Da Vinci, para conocer los milagros de la cultura occidental y, a sabiendas de su insignificancia, sentir que pueden convertirse en lo otro.