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Actualidad noticiosa y oportunidad del espectáculo

La tenaz competencia por la audiencia tiende a sacar provecho cada vez más del acontecimiento en curso, de la historia que aun no es tal

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Las visiones estéticas de Fernando Pessoa, enunciadas en las décadas iniciales del siglo pasado, parecerían referidas solo a un mundo sin cine, pero como Italo Calvino observó mediando los ’80, hay un “cine mental”, un cinematógrafo muy interior, y “funciona continuamente en todos nosotros (…) aun antes de la invención del cine”.

En tiempos en los que el lenguaje cinemático organizaba el novedoso espectáculo –todavía a tientas, pero afanoso– Pessoa anotaba sobre el fenómeno de recepción narrativa por excelencia hasta entonces, la literatura: “Los hombres siempre leerán, aun con dificultad, lo inmediatamente temporal para ellos”.

Hoy día, la certeza aplica al espectáculo audiovisual, tanto en la industria tradicional como en las poderosas plataformas de streaming: la agenda noticiosa no tarda en ser representada en forma de entretenimiento. El acontecimiento aún en curso, una guerra o un estremecimiento industrial o natural, surten contenido al consumo de ficción. Sí, se habla aquí de ficción, puesto que el relato documental se piensa, si es el caso, para dar forma cabal a la actualidad; descontada la ventaja de que su sustancia son los hechos y no su puesta en escena. Y así, hay una oferta de géneros de no ficción apreciable, si se descartan las piezas de propaganda que impostan el lenguaje de documental.

La historia del cine provee un paradigma épico e insoslayable del entendimiento de la producción de ficción como correlato del acontecimiento vivo. Obviamente, el Neorrealismo italiano.

La novedosa y flexible planificación neorrealista basada en la parvedad del recurso técnico trajo consigo una estética que replanteó el asunto de la representación, de la ficción en el cine y del cine mismo, al punto de la pregunta ¿Qué es el cine?, la que da título al libro que el célebre editor de Cahiers du Cinema, André Bazin, dedicó sobre todo a examinar el fenómeno del cine de post guerra, más precisamente el italiano.

Vittorio De Sica en el set del clásico neorrealista «Ladri di biclette»

Bazin hurta el término a la práctica quirúrgica, la anastomosis, para referirse a la delicada operación de los neorrealistas a la hora de salir a las calles con sus cámaras en medio de la Italia recién liberada del nazi fascismo, devastada y ocupada por las fuerzas aliadas. Y salieron en busca de un cine de ficción, no por el mero registro de la realidad conmocionada ni mucho menos por el impacto del news reel.

Son conocidos los principios del neorrealismo, surgidos por la premura de las condiciones objetivas de producción, pero también y, sobre todo, de una respuesta estética a esas condiciones. La Italia de finales de los ’40 del siglo pasado era mesa servida para el miserabilismo, o lo que los cineastas colombianos, muchos años después, denunciaron como porno miseria; o el dato sucio que exaltaron en los noventa los daneses del Dogma. Pero los cineastas italianos de entonces se cuidaron de esa tentación.

Entre los principios de la estética neorrealista resaltan la prescindencia del estudio y la amalgama de actores naturales, tomados de la mismísima locación; el recurso al plano general en el que el paisaje urbano o natural, avasalla el drama; el plano largo, humanamente sostenido –sin grúa ni estabilizadores– la demora del corte en espera del acontecimiento, lo imprevisto en guion.

Intentar la anastomosis neorrealista a priori sería impostación; se trata de una estética surgida de la circunstancia histórica; del momento y, sí, de la mismísima actualidad. El resultado, no obstante, es perdurable; el valor artístico imperecedero. Cumplieron De Sica, Rossellini, Visconti, Zavattini con el cine sin desmedro de la realidad que lo compromete.

La tensa relación entre acontecer histórico y espectáculo cinematográfico siguió su curso y fructificación artística; cabría detenerse extenso en los movimientos que la historia del cine registra; el permanente conflicto de la representación acosada por la ideología y el sesgo del poder.

«La terra trema» (1948) de Luchino Visconti. El lente de la ficción sobre la realidad inmediata

No es nada nueva la manía de los productores de mayor músculo de usurpar al periodismo y “versionar” la historia; aunque, valga de ejemplo, los muy poderosos productores de confesión judía, artífices de la gran industria asentada en Los Ángeles, se tomaron su tiempo antes de asimilar la tragedia del Holocausto al relato cinematográfico.

Tal celo no parece privar sobre la irrefrenable producción de contenido de entretenimiento, en medio de voraz competencia de gigantes como Netflix y Amazon. Será por eso que como nunca antes, la cantera del acontecimiento próximo, la actualidad, sea excavada sin reparo. Series sobre el conflicto bélico do quiera lo haya alrededor del mundo en este mismo instante; ucronías, “lo que podría pasar si…” a partir de dramas colectivos como el que padece Venezuela –caso del anunciado episodio del seriado Jack Ryan— o la tragedia viva ocasionada por la guerra de la droga en México y Colombia; biopics express de personalidades efímeras, celebridades dudosas, surten la oferta del streaming y avivan el olfato de las grandes productoras. Un olfato limitado por la oportunidad, no siempre oportuna.

Lo que el poeta Pessoa observaba a principios del siglo XX, en torno a la natural preferencia de sus contemporáneos por narraciones de lo “inmediatamente temporal” es tendencia predominante en la oferta más visible de entretenimiento.

Pero la falta de celo ante la historia que aún no culmina y es pura alteración en el presente, por muy actual y oportuna que sea, no siempre es causa del éxito si de espectáculo audiovisual se trata –falta de celo que se extiende a la representación también de la historia remota; hay casos. Se han visto las producciones fallidas con inmensa inversión financiera sin la audiencia esperada; sin retorno monetario.

Desde luego, hay un cine aquí en Venezuela y en el mundo que se intuye en la exploración estética de la inasible actualidad; un cine que no llama a las grandes audiencias y si acaso permanece en algún nicho de culto y de festivales. Es un cine que honra, no necesariamente la estética, aunque sí el procedimiento, de la sutil anastomosis neorrealista. Pero, en lo que el espectáculo de consumo para la audiencia extendida se refiere, lo que ahora presentan los géneros históricos, sean de actualidad o referidos a la oportunidad de un personaje o episodio del pasado, tiene más que ver con una operación plástica de apolíneas prótesis y turgentes implantes para inflar el espectáculo.