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Aguardientoso y madrugador

"¿ Duerme Usted señor Presidente?"; una convocatoria permanente a entender adónde hemos llegado y de dónde no hemos querido salir.

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Angustiados por la fugacidad del tiempo y la fragilidad de la memoria, los escritores se apuran a buscar un lugar en el canon. Los premios, por ejemplo, son buenas oportunidades para demostrar la valía de las jóvenes plumas. Mucho más tentadora es la posibilidad de que se redacte una tesis analizando el trabajo del autor y, ya al final de la carrera, por qué no, un congreso dedicado a la esmerada trayectoria. Un crítico en el momento oportuno no hace daño. Todos estos mecanismos fundamentales y útiles en el mundo cultural son siempre falibles.

 Los grandes libros, sin lugar a dudas, pasan por estos procesos, aunque sea alguno de ellos, para llegar a la posición que ocupan. Pero la simple activación de los dispositivos no garantiza que un título orbite en el complejo sistema literario. Ya decía Italo Calvino: «Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima». Parece necesario que el poema o la novela se libre de las ataduras críticas y se devele fresco y auténtico frente el lector para confirmar que estamos ante un clásico. En caso contrario, el título se desvanece en los largos listados de recomendaciones de literatura o en los justos pero ignorados programas de literatura.

Si las bibliotecas han sido calificadas como las tumbas de los libros sin leer, las cátedras tienden a tener un efecto similar, convidan a la revisión obligatoria y engorrosa que siempre termina en el mal recuerdo. Se apilan volúmenes, ahogando la mesa del catedrático, como cuerpos sin vida. El clásico, si merece su condición, se sostiene por encima de sus semejantes porque sus palabras sobreviven, incluso, al tedio de las aulas. Hay algo en él que no deja de convocarnos; en definitiva, «es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir».

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Las maneras que tienen algunos libros para conseguir ese efecto, en ocasiones escapan al análisis y, más aún, son ajenas a la garantía. A fin de cuentas, lo que generan las historias o imágenes inolvidables es «una influencia particular». Esa perdurabilidad en ocasiones «se esconde en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual». Leen la realidad, la exponen, la hacen más clara; también la configuran, la forjan.

Observo la contemporaneidad y pienso en ¿Duerme usted, señor presidente?, de Caupolicán Ovalles —y no solo por las evidentes implicaciones políticas que esta afirmación tiene. Sin lugar a dudas, recuerdo el poema cuando enciendo la televisión o miro las redes sociales y aparece el presidente hablando con entusiasmo, haciendo sus silencios oportunos para «esperar los aplausos / de toda la gendarmería / frenética». Más de un amigo lo ve, se queda unos minutos mordiéndose la lengua y luego piensa: «Si en vez de llorar / te murieses un día de estos, / como una puerca elegante con sus grasas». Aunque no se quiera hablar tanto de este poema o de su escritor, por incómodos, por inoportunos, sus fantasmas atraviesan la realidad venezolana.

Incluso quienes no lo han leído participan de él. Me explico: quizás no todos los jefes de estado revisaron el texto pero, sin lugar a dudas, vivieron «gozando en su palacio»; incluso los más breves gritaron por las noches: «Aduladme, que estoy triste. / Buscad a ese guitarrista que me compone los nervios. / Es que estoy muy triste». Entre más poder acumulaban, más propensos a la sentimentalidad fácil se volvían.

Ovalles cifró unos versos que nos cogieron la caída y nos acompañan como un manual de instrucciones: «Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes». Si no me cree, escéptico lector, basta con que se mire en el espejo o salga a la calle y se reconozca como habitante «de esta ciudad, / llamada cárcel». En la intimidad de su lectura reconózcase como parte «de un reino de hombres y mujeres / que nada respetan / y todo lo destruyen / al primer golpe de vista».

Las academias seguirán elaborando sus genealogías poéticas, pero Caupolicán Ovalles seguirá joven, «aguardientoso / y madrugador», sosteniéndose con sus propias artes y ganando lectores, que reconocen en sus líneas el origen de una veta poética de gran popularidad en Venezuela. Sin lugar a dudas el texto tiene imperfecciones, desajustes y desproporciones, pero quizás allí se encuentra su secreto. Esos desbalances encajan en nuestro día a día. A 55 años de su primera edición, que estuvo acompañada de un escándalo nacional y propició la persecución de un poeta sin armas negras ni blancas, ¿Duerme usted, señor presidente? sigue ayudándonos a «entender quiénes somos y adónde hemos llegado», o de dónde no hemos querido salir.

Por eso agradezco la reedición que hizo de la obra la Fundación Caupolicán Ovalles junto con Ediciones La Palma, porque si vamos a seguir en el mismo punto, por lo menos, tenemos que tomarnos las cosas con humor y un trago bien matizado.

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