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Alirio Rodríguez pinta lo que mueve al hombre de verdad

El artista no encuentra dónde exhibir los 400 dibujos que acompañan su poética y compleja obra de arte

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El libro Alirio Rodríguez. De su pintura y su letra es el pretexto o punto de partida de una conversación con él, esta vez al calor de su hogar, con una música de fondo de cánticos del siglo XII interpretados por los Monjes del Convento de Silos de España. La intención del encuentro es sintetizar los aspectos más trascendentes de su trayectoria pero  también de llevarlo al terreno de la crítica sobre la labor de otros creadores Esto último resultó más difícil.

—El libro —dice Alirio Rodríguez— es una suerte de resumen de mi periplo vital donde naturalmente hubo procesos de reflexión. Caigo en estas etapas de reflexión después de los periodos de trabajo intenso que preceden las exposiciones. Comienzo a evaluar lo que he hecho, a compararlo con eventos anteriores para ir llevando una especie de registro “de cómo va, el voy andando en el camino”. Afortunadamente encuentro que hay una verdadera cohesión y evolución en todo desde el comienzo.

—Su obra se fundamenta en la poética de la pintura y el verismo. ¿Puede explicarnos estos preceptos?

—Me inscribo en esa suerte de verismo y de poética, pensando tal vez en la poética griega de Aristóteles, que él llama poética de las cosas y es hacer un canto vital, desde la manera de hacer la observancia de las cosas a sentir la forma. Bien sea por medio de la música, la pintura o las letras. En mi caso el resultado de la observación fue pictórico y, al mismo tiempo, el de un pintor que escribe sus reflexiones.

Sobre el verismo, otro de los pilares de su obra plástica, Rodríguez expresa:

—Es un movimiento artístico literario italiano del “dopo guerra”. Pero la función verista del planteamiento italiano se instala en la forma como tal. Es decir, se trata de apartar el misterio de la forma y quedar dentro de la realidad de la forma como es. La forma puede ser pintura, escultura, arquitectura. Igual pertenecer a un contexto musical. En la medida que más nos acercamos a esa suerte de verdad, ese principio de verdad, quien lo aplica, será un verista que le canta a la verdad.

” El Inquisidor” de Alirio Rodríguez. El hombre siempre en el centro de su obra

—Hay un entero capítulo de su libro dedicado al hombre como centro de la historia de la Humanidad y de su trabajo plástico…

—Efectivamente el hombre es el eje y el centro de su propia realidad. El hombre diseña y es el protagonista de esa noción de realidad inmediata que le rodea y en esa medida el hombre actúa sobre la realidad y al mismo tiempo sufre las consecuencias que esa realidad le impone. Por eso digo en “ Carta a nadie” que la realidad puede convertir en cualquier cosa nuestra pintura. De repente, un artista emplea la plástica para hacer crítica política sin darse cuenta que en el entretiempo aquella obra plástica se subvierte de tal forma que ya no tiene valores plásticos auténticos y no tiene  el sentido realmente cierto de lo que es arte.

—En un cuadro titulado “Los polígonos de Arquímedes” encontramos una secuencia de rostros en movimiento de diversas edades. ¿Son el mismo hombre que envejece?, o ¿son diversos personajes que pertenecen a épocas distintas?

—Bueno no hay tal planteamiento. No existe ese requerimiento. El hombre que yo invoco y convoco como representante de las artes plásticas no responde necesariamente a un perfil determinado. Es decir, no hay protagonismo. No es el niño que nace y de quien yo registro en el desarrollo de su vida. Ese no es el problema. El problema es que, si recordamos la fisonomía del hombre y somos capaces de hacer una  sinfonía de formas sobre esa base, pues la hacemos. Y si no somos capaces de re inventar a ese hombre en ese marco sinfónico, no hay una obra de arte con proyección futura.

—¿Y por qué varios hombres en el cuadro y además en movimiento?

—Interesante la pregunta. Yo parto de un principio que es la velocidad del color es algo muy cierto y asimismo trabajo el problema de la gestualidad; cómo nace el hombre, cómo se desarrolla, cómo hace para sobrevivir  a diferentes tiempos, a diferentes edades, entonces tiene que trastocarse, tiene que descomponerse aquella imagen y obviamente lo que nos resulta de allí, no es una fotografía ni un retrato del perfil de un protagonista. No, es el hombre donde no hay una unidad que signifique o simplifique una  personalidad.

Los Polígonos de Arquímedes

—¿Por qué son siempre hombres?

—Lo que pasa es que mis personajes son, desde el punto de vista délfico,  seres que emergen a una suerte de humanidad nueva, donde su sexo no importa. Lo que importa es el ser humano y no la condición de mujer y de hombre. De allí que sean iguales o que tengan por lo menos una acepción ética, plástica o morfológica que resulte precisamente abordable para cualquier destino.

—¿En otra de sus pinturas vemos un coloso que estira y organiza todo su cuerpo para lanzarse al vacío o al agua?

—Al vació —aclara el autor—.  Tal vez, la razón del impulso sea un juego dibujístico o a lo mejor subvierte el sentido postural que toma la figura humana cuando se dispone a la acción. Un ejemplo extraordinario de esto, lo encontramos en el David de Miguel Ángel. Cuando tú ves la profundidad de su mirada, la crispación de la mano que tiene la piedra para meterla en la honda. Tú ves la energía concentrada en el acto que va a terminar en el lanzamiento de la piedra. Esa acción es la que debe acompañar todo planteamiento estético para que sea verdad.

Una de las características de la obra de Alirio Rodríguez es atrapar el instante del gesto en su lienzo y así lo hace en “El Salto”

—¿Cómo y por qué decidió incorporarse a la corriente pictórica de la Nueva Figuración?

—Durante toda mi vida no he hecho otra cosa que no sea el hombre. Solo en Roma cuando estuve trabajando en técnicas antiguas en el Instituto de Arte de esa ciudad, estudié el vitral y el mosaico. En uno de los cursos tuve que hacer una serie de cuadros de naturaleza muerta y esa fue la primera y única vez que rompí con el matrimonio absoluto de la figura humana.

—En cuanto a la nueva figuración —continúa Rodríguez— cabe destacar que estoy en Italia y justamente en Florencia cuando se produce el movimiento de la Nueva Figuración y de una manera indirecta paso a formar parte de esa expresión que posteriormente llega a Latinoamérica, repercute en Argentina y de allí rebota a Venezuela.

—¿Por qué Nueva Figuración y no Cinetismo?

—Por muchas razones. En ese punto el tema de la disidencia es fundamental. La disidencia tiene dos caras. El movimiento de París y el de Caracas. Los de Caracas pertenecíamos a la misma generación: Omar Carreño, Ángel Hurtado, Humberto Jaime Sánchez, otros tantos y  yo. Cuando sucede el rompimiento con los cánones de lo establecido en París, a mediados de los 50, ocurre en Caracas con el cuestionamiento a la antigua Escuela de Artes Plásticas. Nos expulsan a todos, pasamos a ser los disidentes de Caracas y nos refugiamos en el Taller Libre de Arte donde se incorporó al grupo, Víctor Valera.

—Ciertamente —prosigue el maestro— yo me voy con mi familia a Italia por razones económicas, principalmente porque en ese país podía estirar la bequita de 500 bolívares que recibía en 1957 y 58 pero también privaron otras razones que me condujeron a Italia y no a París.

—¿Qué opina, por ejemplo, de la obra de Marcel Duchamp?

—Creo que el planteamiento de Duchamp no es tan puro como el cinetismo. El cinetismo es mucho más puro. Ya estoy entrando en temas que me son prohibidos. Pero quiero decirte lo siguiente. Duchamp cae en la representación de la realidad del objeto convertido en arte per se. Para Duchamp una poceta es un elemento artístico por excelencia; la saca, la desprende, la monta y la pone en un museo. La exhibe como obra de arte y se le aplaude. En mi opinión, es la acción de hacer lo que en un determinado momento le da valor a ese sentimiento, pero si tu buscas la estética del objeto, no la encuentras. Es como el llamado arte de hoy, que persigue única y exclusivamente el sentido efímero de las cosas. Porque no es cierto el arte, no es cierto nada, nada existe, todo es efímero. Cuando Christo embala palacios y puentes de muchas ciudades  todo el proceso histórico-gráfico de la realización del acto es de hecho una filmación que perdurará.

—¿ Tiene predilección por algún artista joven venezolano?

—Hay muchos artistas jóvenes que conocí y tengo gratos recuerdos de ellos en mis 35 años en la docencia. Entre tantos respeto mucho a Margot Römer,  Anna María Mazzei, grandes cultoras de arte, y Felipe Herrera. Hay una pléyade de artistas jóvenes que van a representar en el futuro estos valores tan ciertos del arte venezolano que se vienen arrastrando desde la época de la Escuela de Caracas.

Ayer y hoy, el hombre está ávido de justicia. Uno de los mensajes del vitral de Rodríguez de la Corte Suprema de Justicia de Venezuela.

—Sin entrar en los aspectos formales de su Vitral de la Corte Suprema de Justicia que ocupa el área de 750 metros cuadrados. ¿Cúal es la historia que narra en este trabajo?

—Es una invocación a la justicia que yo asumo como una entelequia del alma humana, que el hombre busca  incansablemente pero muchas veces no existe o no la encuentra. La Justicia se descompone. Muchas veces es manejada en función de intereses y en función de valores que no son absolutamente los valores de la justicia. En la obra no se aprecia del todo este mensaje. Lo que existe es el sentimiento que anima la desesperación de los personajes que resisten la inercia de sostenerse en un espacio que les es hostil. Desde el quinto piso del edificio que alberga el vitral puedes ver el abismo desde el cual la gente está invocando la justicia.

En las 439 páginas de su libro Alirio Rodríguez. De su pintura y su letra hay contadas pero emotivas referencias a sus afectos y vida privada. Una es cuando habla de sus casas y menciona la que habitó en El Callao de niño. Al respecto  escribe: “Recuerdo que el techo de zinc bailaba con el viento, crepaba al medio día con el sol y tenía un crescendo arrullador cuando llovía. Así de niño conocí la primera angustia de mi madre: ¡que el viento se llevara el techo de mi casa!”

—Mi padre —dice para finalizar el artista— es una presencia que me ha faltado durante toda mi vida. Como dirían los italianos, una “ mancanza” que no he podido llenar y cuando mis amigos me dicen que como papá soy como una abuela tal vez es porque el afecto de mi padre me faltó.