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Amados perros

Tras la lectura de "El hombre que amaba los perros" de Leonardo Padura (Tusquets, 2009) surgen un sinfín de preguntas relacionadas al caracter ficcional o real de algunas imágenes que incluye

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Esta reseña llega tarde. El hombre que amaba los perros, de Leonardo Padura, se publicó hace ocho años, en el 2009. La crítica ya se ha hecho un juicio en torno a esta obra. La ha sopesado y considerado. Si vemos los resultados, también constataremos que esta reseña es innecesaria. ¿Qué más se puede decir de un autor tan reconocido?

Padura ganó el Premio Nacional de Literatura de su país natal y se hizo con el Premio Príncipe de Asturias en el año 2015. Su nombre resulta fundamental para dibujar el mapa de la literatura hispanoamericana contemporánea. Es una referencia imprescindible en los congresos y en las ferias del libro.

Y merece ese reconocimiento. El hombre que amaba los perros es una obra de alta factura y se despliega sin interrupciones. Es una novela histórica que no parece tal. Entramos con la consciencia de que reviviremos el asesinato de Trotsky y hallamos un thriller que detalla la vida privada de sus personajes. Esta cercanía sorprende más si recordamos que nos guía un narrador ubicado fuera del relato. La prosa del autor va en su ayuda y se desliza a través de las páginas. Se asegura de que olvidemos toda distancia y nos dejemos cautivar por la anécdota.

No es necesario exaltar las virtudes del libro. Recomiendo que, si no lo han leído, se hagan con una copia. Pero en este momento prefiero centrarme en un aspecto muy puntual: el receptor y su relación con la ficción.

padura-1La novela histórica suele tener dos factores fundamentales: la Historia y la ficción. En el uso más tradicional del género, se plantea una trama ficcional que constituye la anécdota central. Esta encaja en un marco histórico sin afectar los hechos reales referidos de manera secundaria. Por supuesto, la nueva novela histórica, de la cual Padura es heredero, rompe este corsé y usa los sucesos históricos como materia prima, la cual deforma sin problemas. El hombre que amaba los perros tiene tres líneas accionales que al final convergen: 1) la historia de León Trotsky, 2) el entrenamiento del asesino Ramón Mercader que liquidará al compañero de Lenin y 3) la historia de un escritor cubano. Como podemos ver, Padura renuncia a la distancia. Para restituir el talante veraz de su historia le da un tono testimonial: el capítulo final lo narra un amigo del cubano, quien lo ha encontrado muerto y describe el hallazgo del manuscrito que nosotros hemos leído. Al parecer, estamos ante un documento verificable.

El verdadero problema, me parece, surge en la «Nota muy agradecida». Más allá de las menciones, una voz que parece ser la del escritor nos recuerda que hemos leído «una novela, a pesar de la agobiante presencia de la Historia en cada una de sus páginas». Ha reconstruido la vida de sus personajes «sobre el filo de la especulación a partir de lo verificable y de lo histórica y contextualmente posible». Pero al final sigue siendo un «ejercicio entre realidad verificable y ficción».

¿Por qué estas aclaraciones? ¿Cuál es la preocupación por refrendar el carácter ficcional a pesar de la sesuda documentación que requirió el trabajo creativo? El lector sabe que se dispone a leer una novela editada por Tusquets en una colección dedicada al género narrativo. Mi pregunta, entonces, es por qué Padura, como al descuido, siente la necesidad de reafirmar el carácter ficticio.

Me arriesgo a formular una hipótesis: parece ser una necesidad para el receptor contemporáneo verificar el carácter veraz del relato que atiende. No en todos los casos es así. Se abre una brecha muy clara entre los cuentos de universos maravillosos —cuentos de hadas, universos de superhéroes o historias de fantasmas; no tienen importancia, todo es falso y fácil de olvidar— y la ficción realista. A esta última se le exige que reafirme su carácter verídico para que valga la pena. Pensemos en la oportuna advertencia de Dan Brown: todas las referencias históricas y artísticas de su best seller son reales. Así suponemos que el thriller, aunque ficticio, tendría algunos visos de legitimidad.

padura-2En todo caso, incluso si la última reflexión parece descabellada, la advertencia de Brown es una manera de asegurar que no se ha perdido el tiempo. La no-ficción, como suele denominarse en Estados Unidos, guarda la justificación en sí misma; invertir tiempo en ella es invertir tiempo en la comprensión de datos útiles. Pero ¿qué justifica perder el tiempo en la ficción? En las películas con efectos especiales, el impacto visual financia la inversión que hicimos en la entrada. Ahora bien, volvamos a narraciones como la de Padura, ¿por qué detenerse en ellas?

En la antigua Grecia, la falta de realismo o veracidad visual de las imágenes no era un problema. Las máscaras usadas en el teatro deformaban el rostro y le daban rasgos exagerados; le confirmaban al receptor que estaba delante de una irrealidad, él aceptaba el pacto y apreciaba la obra en sí misma. El espectador contemporáneo tiene otras demandas. No es extraño. El problema está en la interrogante que surge de la advertencia de Padura: ¿el lector contemporáneo reconoce una ficción cuando la lee? ¿Su obsesión por atar la obra a sus preocupaciones «reales» para justificar su tiempo y dinero le impiden comprender el pacto de lectura exigido por una novela?

No me parecen preguntas descabelladas y no pienso responderlas. En primer lugar porque no tengo una respuesta satisfactoria. Creo que el espectador contemporáneo, en un pragmatismo poco afortunado, descarta las ficciones en fantasías desechables o reflexiones apegadas a su día a día. El juego de la ficción por sí misma no despierta ningún sentido para ese receptor. Por tanto, no sería extraño suponer que estamos ante un receptor incapaz de distinguir los límites que dibuja la lectura o los modos de acceder a ella.

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