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Antonio López Ortega: Estamos forjando artistas que son universales

Sobre la información cultural que emana del Gobierno, el escritor afirma: " En Venezuela sencillamente nos hemos quedado sin agua"

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Los cuatro libros de La Colección  “Los Rostros del futuro “ ya se encuentran en la Biblioteca Digital del Fondo Editorial  Banesco. Apenas la semana pasada se bautizó en el formato digital “ Nuevo país del cine”,  el único que faltaba  de la serie publicada.  Por tal motivo, Esfera Cultural quiso entrevistar al realizador de este trascendente proyecto,el escritor y gerente cultural,  Antonio López Ortega. Como el propósito primordial  de nuestro medio digital, es contextualizar los eventos culturales, y debido a la prominencia del entrevistado,  Roberto Giusti  y yo,  acordamos realizar una doble entrevista a Antonio López Ortega, quien en este momento se encuentra lejos de Caracas, pero tuvo a bien responder a todas nuestras interrogantes por separado y por correo.

Entrevista a Antonio López Ortega de María Laura Lombardi

A comienzos de octubre, se celebró en Medellín, el Festival Gabo 2018. En las conferencias sobre periodismo latinoamericano actual, destacaron como tendencias, las alianzas entre medios de diversos países para realizar trabajos en conjunto, ingeniosos recursos para potenciar el mensaje gráfico, investigaciones rigurosas y prolongadas seguidas por largos trabajos de campo. Énfasis en una narrativa literaria que acompaña y enriquece la redacción periodística. Temas candentes. Ausencia casi absoluta de los entes públicos como fuentes de información. Enormes dificultades para hacer periodismo en muchos lugares y principalmente en Venezuela. ¿Cuál es su opinión sobre este esquema? ¿También aplica al periodismo europeo, por ejemplo?

La pregunta tiene varias aristas. La primera sería entender que la alianza entre medios para desarrollar periodismo de investigación es idónea cuando tratamos con temas supranacionales. La segunda sería convencernos de que aspirar a un mejor periodismo pasa por una mejoría de la escritura, esto es, por un acercamiento a la literatura (no en balde la gran crónica hispanoamericana –pienso en Guillermoprieto, Guerriero, Villoro– es una mixtura entre periodismo y literatura). La tercera sería evidenciar que, por lo general, los entes públicos de Hispanoamérica son muy torpes a la hora de desarrollar estrategias comunicacionales, pues confunden información con propaganda o autopromoción. Un caso extremo sería Venezuela, donde la información murió y lo único que existe es propaganda. Eso que se hace llamar Gobierno, además, ni siquiera es fuente de nada: o nunca habla o lo poco que dice es falso. Pero lejos de estas realidades anómalas, me parece que hay un reto interesante en cuanto a cómo hacer buena comunicación desde un ente público, porque mantener a los ciudadanos debidamente bien informados es una obligación de Estado. Y hablo más allá de las llamadas experiencias comunicacionales de servicio público, como la BBC, más controladas por instituciones de carácter social. Me refiero más bien al simple hecho de la comunicación gubernamental: qué se ha hecho bien o, si es el caso, qué se ha hecho mal. Si pensamos en el estado del periodismo en realidades como las de China, Rusia o los países islámicos, no vamos a reconocer la libertad crítica que observamos en los medios europeos, pero también Europa debe ver con preocupación lo que está pasando en su mismo territorio: y no sólo me refiero a Polonia, Hungría o Turquía, donde las señales de censura o persecución ya son claras, sino también en Italia. Ese modelo de periodismo crítico que nos ha acompañado por décadas está seriamente amenazado. Y no siento que las voces de alarma sean suficientes.

En Venezuela resulta imposible desde el punto de vista periodístico, tener las dos caras de la moneda, porque las instancias del Gobierno no transmiten la información requerida a los medios independientes. Vulneran así la libertad de expresión e impiden que se pueda conocer la verdadera condición de las instituciones, en este caso culturales. ¿Comparte esta apreciación?

Yo no creo que en Venezuela podamos seguir hablando de prohibiciones o vulnerabilidades. Es decir, no nos movemos en aguas grises, sino que sencillamente nos hemos quedado sin agua. Para las agencias que evalúan la libertad de expresión, Venezuela ya es un caso de estudio, porque en nuestro país el periodismo ha muerto. Es decir, hay periódicos y noticieros audiovisuales, pero no periodismo. Aquí lo que tenemos son cierres, confiscaciones, multas, compras forzadas y persecuciones a periodistas. Esa es nuestra realidad. Preocuparse por no tener las dos caras de la moneda o acceso a la información oficial eran reflejos factibles años atrás, pero no ahora. Por lo tanto, también es ilusorio hablar de medios independientes; no existen, no pueden existir. Las dos caras de hoy son censura o autocensura. Si esto es lo que tenemos, no nos podemos sorprender por desconocer la condición de las instituciones públicas, y menos aún de las culturales, que para efectos prácticos ya no existen.

Si la gestión cultural queda exclusivamente en manos privadas, ¿no queda sujeta a los intereses de embajadas, de la Iglesia, de los circuitos de cine, de las galerías de arte comerciales, de las instituciones financieras, de la publicidad? ¿Cómo imagina este panorama a futuro?

Yo no veo a la cultura en manos privadas, como tampoco en manos públicas. La veo como una criatura asistida con la respiración artificial que le brindan los creadores culturales, que siguen trabajando contra viento y marea, por sus propios medios. El tejido de sostén fundacional y de patrocinios que tejió el sector privado desde los años 80 quedó desmantelado, y del sector público mejor ni hablar porque también daría para otro caso de estudio: cómo desmantelar la red de instituciones y programas cultuales del país en un santiamén. Lo que nos queda de la doble pérdida es un archipiélago: algunos bancos todavía aportan, como Banesco; embajadas como la de España, Italia o Francia apoyan de manera consistente; los circuitos de cine se han debilitado; las galerías de arte escasean. El panorama de recuperación a futuro pasa por una reconstitución de las instituciones públicas y por una redefinición de las políticas de Estado, que también debe incluir el rol que esperamos del sector privado.

El escritor, editor  y gerente cultural Antonio López Ortega, en la foto cortesía de actualy.es

Desde su óptica, ¿cómo concibe el gobierno venezolano la cultura en la sociedad actual?

Sencillamente, no la concibe, nunca la ha concebido. Hacia 2003, en tiempos de Farruco Sesto, algo se intentó, pero terminó en bodrio. Hemos retrocedido a tiempos incluso anteriores al INCIBA. El objetivo de reconstitución cultural, que va más allá de lo que entendemos por políticas culturales, será uno de los desafíos más fascinante del país que añoramos.

¿Por qué destruye incluso instituciones y agrupaciones que dependen del propio Estado?

Porque de allí no puede obtener réditos doctrinarios. Como todas las decisiones oficiales son políticas, en la Cultura no han visto un terreno propicio para hacer propaganda. Hasta cierto punto, eso habla bien de la cultura venezolana como cuerpo, pues de alguna manera no se ha doblegado. Cuando han intentado domesticarla, los resultados han sido atroces. Entonces al final la reacción ha sido de abandono: no buscan nada allí porque nada encuentran de valor para sus fines. Con el Sistema de Orquestas sí han intentado un ejercicio de reapropiación política, pero a un costo muy alto, que es el propio desprestigio del Sistema.

En este contexto, los cuatro libros que usted ideó, estructuró y compiló para el Fondo Editorial Banesco, y que actualmente salen en edición digital, despiertan gran interés por la información que aportan y por la cuidada ejecución y presentación. ¿Por qué y cómo surgió en su vida el interés por la cultura?

Suelo separar mi vocación cultural en dos campos: como creador y como gestor. En relación al primero, en 1975 tuve mucha claridad de que quería ser escritor, y más específicamente narrador; y en relación al segundo, hacia 1976 comenzamos a hacer producción editorial en un grupo literario llamado “La Gaveta Ilustrada”. Creo que esos fueron mis inicios como gestor cultural, y ya llevo cuarenta años sin parar. Como se verá, se trató de una iniciación bicéfala, que me depara muchas satisfacciones.

 

¿Qué ha significado para usted llevar a buen puerto el proyecto de estos libros que ya dan cuenta de los nuevos artífices de la música la literatura, de las artes o del cine, casi todos nacidos en los 80?

Ha significado, sobre todo, trazar una carta de navegación para el explorador del futuro. Es decir, si estos libros son importantes hoy, lo serán más mañana, cuando nos toque rehacer la cartografía cultural del país y descubramos quiénes eran los creadores que están naciendo hoy. Estamos haciendo retratos de familia en las distintas disciplinas artísticas. Y si bien esto siempre es importante, lo es más cuando vivimos tiempos de desmemoria, cuando se quiere borrar todo lo que hemos sido como nación artística. Todo proceso cultural nace en los creadores, y es a partir de ellos que todo discurso cultural se define o sostiene. Pues bien, nosotros nos hemos abocado a ese punto inicial, que siempre es frágil y dubitativo, y que es el de las vocaciones emergentes. Si ya tenemos el mapa de los creadores, podemos llegar a destino, que no es otra cosa que la obra de arte.

¿Cómo ideó la obra conjunta? ¿Tendrá continuidad?

La ideamos en 2014, en una conversación con Mariela Colmenares, para entonces Vicepresidenta de Comunicaciones de Banesco. Estábamos completando las tres entregas de una serie muy importante, llamada “Gente que hace Escuela”, en la que habíamos reseñado a las grandes instituciones educativas del país, e intuíamos que debíamos saltar hacia el área cultural, en la que Banesco venía desarrollando varios programas a la vez. Se nos hizo muy claro que no queríamos trabajar con el pasado sino más bien con el provenir. Y a partir de allí salió el nombre de la colección, “Los rostros del futuro”, que dedicaríamos al nuevo talento cultural del país. Comenzamos con los músicos porque Venezuela es un país muy musical, y luego abordamos la literatura, las artes visuales y este último sobre cine. Se supone que la colección se mantendrá en el tiempo hasta cubrir las disciplinas faltantes, como el teatro, la fotografía, la artesanía y algunas otras. Esto es lo que hemos definido con Rosamaría Atencio, la actual Vicepresidenta del área. De manera que sí habrá continuidad.

¿Cuánto tiempo tardó todo el proceso, cuántas personas intervinieron? ¿Qué problemas enfrentó?

El proceso de cada libro dura un año, desde su conceptualización hasta su producción. Y en cuanto a personas, si sumamos a los miembros del Comité de Selección, a los propios entrevistados, al equipo de producción, a los periodistas y a los fotógrafos, estamos hablando de unas 75 personas. Se trata de un ejercicio de orquestación, donde todos debemos estar muy afinados. Es normal que surjan muchos problemas, sobre todo en el país complicado de hoy, pero se van resolviendo sobre la marcha.

¿Qué anécdotas recuerda?

La complejidad para pautar las entrevistas de los cineastas que están radicados en el exterior, que este caso fueron unos 12, porque también procurábamos hacerlas con talento venezolano. Así, por ejemplo, si un entrevistado vivía en Buenos Aires, buscábamos al periodista y al fotógrafo en esa misma ciudad. Si en algo nos ha ayudado el triste episodio de la llamada diáspora, es en que hemos conseguido buenos profesionales en todas partes del mundo.

¿A qué conclusión o reflexión llegó conociendo el testimonio de tantos jóvenes artistas?

A la misma conclusión a la que he llegado en los libros anteriores. Me admira la tenacidad, la perseverancia, el compromiso, el profesionalismo, de todos estos jóvenes, que en las circunstancias más extremas no desfallecen. Son un ejemplo de vida por donde se les mire. No hay obstáculo que los frene, no hay barreras. Y el sentido de vocación lo llevan muy adentro, como una religión secreta.

Muchos de los creadores entrevistados y seleccionados para participar en el proyecto no viven en Venezuela. ¿Cómo evalúa la creciente emigración de una juventud capaz de desarrollar una obra, formados y con una trayectoria encaminada?

Esta situación de país no tiene precedentes, y sin duda es muy dolorosa. Pero el dolor siempre alimenta la psique, y de estos infiernos saldremos como una sociedad más madura. No creo en fracturas cuando se trata del ámbito cultural, pues estos jóvenes llevan el país como referente en sus mentes y en sus corazones. Es muy admirable ver sus obras, porque el sustrato país siempre está allí, inferido o explícito. Con eso trabajan, crean y se desarrollan. El desarraigo tiene una dosis melancólica, es cierto, pero también otra que tiene que ver con la riqueza de todo lo que es distinto a ti. Esas dos fuerzas, más que contrarias, pueden ser complementarias. En síntesis, yo creo que estamos forjando artistas que son universales.

 ¿En qué trabaja actualmente?

En cuanto a lo más inmediato, libros que veremos en 2019, con mis colegas Miguel Gomes y Gina Saraceni, editaremos una voluminosa Antología de la poesía venezolana del siglo XX, esto en el sello español Pre-Textos. Luego en el mismo sello, junto a Miguel publicaremos la Obra completa del importante poeta venezolano Eugenio Montejo, muy esperada por sus lectores. También a título personal publicaré un nuevo libro de relatos. Y por supuesto debo mencionar el quinto volumen de la serie “Los rostros del futuro”, cuya temática anunciaremos en breve.