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“Aruba (Málaga)”: Vivir del egoísmo

Una nota sobre "Málaga" (Lukas Bärfuss, 2010) actualmente en La Caja de Fósforos bajo la dirección de Haydee Faverola

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La anécdota de Málaga es sencilla. Un matrimonio joven –a punto de divorciarse- busca una niñera con quien dejar a su hija durante el fin de semana. Ambos tienen un viaje. Michael, el esposo, debe estar presente en un congreso internacional; Vera, la mujer, quiere tomar sus cortas vacaciones en Málaga.

La cancelación de la niñera hace entrar en el juego a un tercer personaje, Alex, un adolescente de 19 años que ve en la oportunidad de cuidar a la niña, una oportunidad para sí mismo.

Sobre este pequeño relato, Lukas Bärfuss construye un thriller, en el que el suspenso se sostiene a través del único personaje no visible: la pequeña hija de siete años, pero también sobre el cuestionamiento moral que existe, tras la decisión de los padres, que termina negando la existencia de la hija.

La historia de Michael y Vera, es la historia de gente que se encuentra en torno a los cuarenta y les resulta muy difícil conciliar la libertad individual con la vida familiar. Son personas inmersas en un contexto cultural donde los valores -pareciera- han sido modificados. Es un contexto donde el dinero, el estatus, y la libertad; la misma que promueve la capacidad de no comprometerse a nada ni con nadie, llevan a tomar las peores decisiones, incluso si la responsabilidad y compromiso son dependientes para con un hijo.

Vivir del egoísmo: pieza fundamental de la estructuras sociales de una época que parece estar signada por lo efímero.

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Esta decisión, por supuesto, pronto se convierte en detonante para la culpa y el achaque de las responsabilidades. La historia de Michael y Vera es la de gente que pertenece a este Siglo XXI, orgullosos de su estatus social y sus ideas liberales progresistas, de su buena educación. Pero el estatus, el progreso y la educación, tríada en apariencia perfecta, quedan anuladas frente al más mínimo de los conflictos, ese que deja salir a flote la verdadera cara de una sociedad llena de prejuicios, desafectos y resquemores.

Para Bärfuss, la dramaturgia no se trata de transmitir un saber, sino de provocar una experiencia. En el caso de Málaga, la experiencia está signada a dejar ver los origines del desapego, por lo que en apariencia debería ser un lazo trascendental.

La incomunicación, la falta de contacto, de tacto, como piezas fundamentales que parecieran decirnos que en el siglo de la revolución tecnológica, de la democratización de la información, los seres humanos cada día se alejan más de sí mismos y de los demás. Una especie de dictadura emocional.

El otro personaje

Alex está en busca de una realidad, pero no de cualquiera. Quiere la que considera para sí mismo real. Es como si el mundo en el que habita no tuviera relevancia y tuviese que conceptualizar otro distinto, lo suficientemente interesante para su observación. Él quiere estudiar cine, pero el modo en el que observa lo que lo rodea, deja indicios del distanciamiento emocional que lo aleja del mundo. Quiere sentir, pero es incapaz de conocer sentimientos, y es por ello que se arroja a los brazos de lo que considera como la vida, sus referencias. Éstas, apuntadas a nombres de cineastas como Kenneth Anger, un realizador norteamericano, al margen, ligado al satanismo, y con una libertad creativa que, siente Alex, puede ser suya también.

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Como en El chico de la última fila de Juan Mayorga, este personaje irrumpe en la vida de Michael y Vera, esperando tener una conexión trascendental y, al no poder vivirla como en su mente creyó podía hacerlo, (algo que si lograba de alguna manera el personaje de Claudio en la obra de Mayorga) la frustración comienza a hacerse presente. Esta traba logra crear una descripción muy precisa de la circunstancias por las que atraviesan las tres figuras en escena, mostrando con descarnada crudeza las motivaciones, debilidades y tretas que son capaces de asumir cada uno para culpabilizar al otro, a través del chantaje emocional.

Haydee Faverola, directora de la propuesta, construye una puesta en escena en la que el distanciamiento se hace aún más visible. Los personajes se mantienen a separados, restringidos -en la mayoría de los casos- a las esquinas del espacio escénico.

Esta dinámica hace pensar en un espacio, habitado literalmente, pero cercado metafóricamente. Es un juego que revela los temores no presentes de los personajes, aquello que no se dicen o tienen miedo de decir. De esta manera, sale a flote una necesidad de mantener el misterio entre los tres, como si se ocultaran algo o como si desearan ocultar su rostro frente al otro.

De esta forma, cuando se miran lo hacen solo para contemplación del espectador, que avista una foto en rojo de los personajes cada vez que hay un cambio en escena, pues se quedan petrificados en el tiempo para remarcar las transiciones. Este artilugio recuerda formalmente al cine de Haneke (el argumento de la pieza también lo hace) y a la película Funny Games, donde los pequeños asesinos burgueses son capases de dirigir la mirada del espectador a través de un control remoto.

Tan solo un gran sofá alargado, que es también símbolo de ausencia, construye el elemento que conecta el espacio con los personajes. Paul Gamez, Carla Müller y Antón Figuera, dan vida al trío protagónico, y como es costumbre en los montajes de La Caja de Fósforos, la solvencia de las actuaciones juega siempre a favor de sus historias.

Aruba (Málaga) se presenta en los espacios de La Caja de Fósforos como parte del Festival Estación Europa, sábados y domingos a las 3: 00 p.m.

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