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Auschwitz es revisitado en el Festival Internacional de Cine Judío de Caracas

La película La conspiración del silencio revela hasta qué punto las nuevas generaciones de alemanes, tras culminar la guerra, desconocían el trauma de su nación

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El sabio judío Gershom Scholem enseña: «Según el concepto doctrinal de la sinagoga, la revelación es un suceso acústico, no visual,  o al menos acontece en una esfera que metafísicamente está relacionada con lo acústico…».

En el filme La conspiración del silencio (Im Labyrinth des Schweigens) del realizador Giullo Ricciarelli, una producción alemana estrenada en 2014, y que forma parte del Festival Internacional de Cine Judío de Caracas en su décima edición, la palabra Auschwitz suena hueca a su primera mención; al menos para los personajes del drama que, como el protagonista, Johann Radmann (interpretado por Alexander Fehling) no reconocen el significado sombrío de esa voz, por pertenecer a la generación crecida en la Alemania de la post guerra. Los jóvenes germanos que hacia 1960 estaban entre los 20 y 30 años de edad no podían representarse la imagen de Auschwitz y sus horrores; para ellos el nazismo era tabú, ciegos a un trauma heredado irremediablemente, como una tara.

Cuando la palabra Auschwitz es por vez primera pronunciada en el acto incial de la película ocurre entonces la revelación acústica y se desata el conflicto impredecible: el héroe Radmann habrá de recorrer el laberinto de silencio para encontrar la verdad de su nación y la propia, y sólo así, avanzar hacia la expiación, culminar la catarsis de un pueblo que ha sufrido demasiado, por causar tanto sufrimiento a propios y ajenos; comenzando por los judíos alemanes, ciudadanos como el resto de ese país.

Radmann es un personaje de ficción que fusiona a varios fiscales juniors de aquel momento histórico: Joachim Kügler, Georg Friedrich Vogel y Gerhard Wiese ; la representación cinematográfica luce fiel a esos juristas y las circunstancias que enfrentaron. El héroe del relato trae la palabra revelada por un periodista impertinente, Thomas Gnielka (André Szymanski) hasta el despacho de su jefe el Generalstaatsanwalt Fritz Bauer, este sí un personaje relevante de los acontecimientos reales, interpretado por el actor Gert Voss.

Bauer, tras sopesarlo unos días, se deja convencer por evidencias que Radmann y Gnielka logran sustraer de entre los enseres de un sobreviviente del campo de concentración de Auschwitz. Es entonces, cuando le informa al novel fiscal que no colaborará en la investigación, sino que la dirigirá. Radmann tiene ante sí la oportunidad de su vida, aunque en extremo peligrosa, porque como irá descubriendo tendrá que vérselas con buena parte del establishment de la República Federal, donde aún mora la tara colectiva que la nación prefiere ignorar y así olvidar las atrocidades del pasado.

El primer escollo para Radmann es que los criminales nazis caminan por las calles sin distinguirse del parroquiano promedio. ¿Cómo hallarlos entre todos los directorios telefónicos del país? Sin dejarse arredrar por la imposibilidad de encontrar la aguja en el pajar, inicia la tarea junto a otro fiscal y su asistente de revisar una a una las guías telefónicas de todas las regiones de Alemania Federal.

En medio de la laboriosa pesquisa Radmann y Gnielka escuchan espantados el testimonio del sobreviviente Simon Kirsch: una vez en el campo, entregó a un médico de bata blanca y enguantado sus pequeñas mellizas, confiado en que lo mejor en ese escenario sería que la niñas quedasen en manos de un sanador. «Parecía un ángel», se dice Kirsch ahogado en el llanto impotente. Sí, el «Angel de la muerte», el diabólico doctor Joseph Mengele.

Radmann no puede creer lo que al parecer todos los mayores sabían: el extremo inenarrable de las crueldades experimentales de Mengele. Y es a él, al monstruo entre los monstruos, al que el joven fiscal desea dar caza y no perder tiempo con los mediocres burócratas del mal, los peones de la odiosa maquinaria puesta a andar por Adolf Hitler y su falange.

La cuestión judía es en este relato ocasión para ampliar la caja sonora de la tragedia: es la nación alemana enfrentada a su propia gorgona.

La puesta en escena informa de aquel momento en que la sociedad germánica, del lado oeste del Muro, se expandía hacia las formas liberales del progreso material y el desembozo de costumbres. La juventud disfrutaba del jazz, el rock and roll, el trago y una sensualidad más distendida. Radmann se enamora  inevitablemente de una buena muchacha que se ha sacudido los prejuicios y lo encanta con una sorprendente sensibilidad.

Pero esa alegría aparente no termina de enterrar el pasado que solo la justicia, la de los hombres, podrá saldar para que la historia siga su curso. Y de eso va la película también, de los límites de la justicia y de lo que humanamente cobra sentido en el fondo.

El Festival Internacional de Cine Judío de Caracas permanecerá en la cartelera de Trasnocho Cultural hasta el 23 de noviembre. Se prevé una nueva función de esta pieza y de otras dentro de una muestra caracterizada por la diversidad de temas y géneros.