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Azul y fría es la “Casa de Muñecas” en Caracas

Reflexiones sobre la obra del dramaturgo Henrick Ibsen

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Henrick Ibsen, dramaturgo noruego del siglo XIX, en una carta que escribió  al tiempo de publicar Casa de muñecas, planteó lo siguiente: “Existen dos formas de leyes espirituales, dos formas de conciencia, una en el hombre y otra – distinta- en la mujer. El hombre y la mujer no se comprenden entre sí, pero en la vida práctica la mujer es juzgada según la ley masculina, como si no fuese lo que es, sino un hombre. Una mujer no puede ser ella misma en la actual sociedad, que es exclusivamente una sociedad masculina, con leyes escritas por los hombres, y magistrados que juzgan la conducta femenina desde un punto de vista masculino”.

La idea del matrimonio en Casa de Muñecas, responde a la época en que fue escrita, mediados del siglo XIX. La comunión entre hombres y mujeres, de manera legal y religiosa, debía estar equilibrada en el patrón social, es decir, el matrimonio legal como negocio de vida, sobre la idea del matrimonio espiritual; el que enlaza almas de manera metafórica, para adoptar la individualidad en conjunto, complejidad emocional y que es tema de fondo y el cierre de la pieza de Ibsen.

Cuando hablamos de negocios, en este mundo moderno, que es el mismo  de Ibsen, el dinero, se presenta entonces como un símbolo: ese objeto que unifica las relaciones personales y las familias. Una buena posición económica, debía estar acompañada por una buena posición social y familiar. Es el dinero además, el detonante inicial del conflicto en Casa de Muñecas, un espectro metafórico  que el autor  emplea , para mostrarnos el temblor emocional de Nora, la protagonista, cuando un oscuro banquero pretenderá chantajearla a través de una deuda. Es así como nace la angustia y la casa de muñecas se derrumba.

La historia de Nora, es la historia de la mujer servil frente al negocio del matrimonio quién al mismo tiempo lucha por mantener una imagen acomodaticia de amor mientras todo su mundo se tambalea.

Así, Nora, se ve forzada a revelarse para descubrir su fortaleza como ser humano en resguardo de su dignidad y una vez más un problema de dinero, hace caer las caretas de todos quienes la rodean.

El amor en Casa de Muñecas, resulta un elemento que Ibsen fragmenta para verlo desde todos los ángulos: el amor hacia los hijos, el amor por el hombre, y finalmente, el amor  a uno mismo. Es este último el que Nora descubrirá al romper con su imagen de mujer perfecta y enfrentar a Helmer, su esposo y distanciarse.

Ese abandono final, con el que Nora se despide de su familia (incluyendo sus hijos) para estar  por su cuenta, constituye un paso hacia nuevos problemas. En efecto cuando Nora abandona a su esposo, debe aprender a lidiar con la vida que le espera, lejos de casa. Pero en esa nueva situación ella es capaz de comprender que durante toda su vida fue criada para ser parte de un ideal que la disminuye y no corresponde a sus deseos.

Lo femenino en Nora, apunta a una conducta que recuerda a las ideas que Jacques Rousseau, dos siglos antes escribió sobre la responsabilidad de la mujer en una sociedad (en su tratado filosófico sobre la naturaleza del hombre, Emilio, o sobre la educación), diciendo que (…) Toda la educación de las mujeres debe girar en torno a los hombres. Gustarles, serles de utilidad, proporcionar que las amen y honren, educarlos cuando son jóvenes, cuidarlos de mayores, aconsejarlos, consolarlos, hacer que la vida les sea agradable y grata: tales son los deberes de las mujeres en todos los tiempos.

Ambas ideas, las de Rousseau y las antes mencionadas de Ibsen, parecieran convertirse en el cierre de un pensamiento y el origen de otro. Mientras Rousseau, apela por una conducta intachable de lo femenino en un mundo dominado por lo masculino, Ibsen, refiere una anécdota real, que funciona  como una ventana para ver las consecuencias de esa conducta de muñeca, y proponer como alternativa, el empoderamiento y la responsabilidad que tenemos de asumir a nuestra propia vida.

Aún hoy, movimientos como el feminismo, indagan sobre el rol de la mujer en la sociedad, intentando visibilizar su trabajo, esfuerzo y compromiso en contraste con lo masculino, a fin de poner en equilibrio la balanza en lo que a géneros se refiere.

Cuesta pensarlo, pero el mundo sigue  habitado por mujeres como Nora.  La versión obrada por Andreina Salazar  en el Taller Experimental de Teatro intenta indagar sobre el carácter universal  de la obra de Henrick Ibsen. Es por ello, que el contexto trasladado a nuestra Caracas actual, no afecta de ningún modo el acontecer de las acciones. Nora, aquí interpretada por Matilda Corral, se convierte en una mujer mucho más aniñada e infantil que la descrita por Ibsen, una muñeca ,más interactiva, quizás. Paseándose, bailando, yendo y viniendo con pasitos nerviosos, frente a ese padre/marido que es permisivo porque no la ama en realidad, aquí interpretado por Jorge Melo, un Helmer constantemente distante, apático y falsamente simpático. El resto del elenco lo conforman Rafael Monsalve, Mariela Suárez, Jesús Hernández, y los niños, Salvador Valera y Abby Vielma, en un registro naturalista, donde preponderan los tiempos muertos.

El trabajo de dirección se enmarca en el festival “El viaje teatral”, que hace vida en el centro de arte TET, y que cierra sus puertas este fin de semana, con las últimas funciones de esta versión caraqueña de Casa de Muñecas, que se abriga en el frío de una navidad muy azul.

Casa de Muñecas se está presentando –y culmina su temporada- en los espacios del Teatro Luis Peraza (sótano de la Iglesia San Pedro, los Chaguaramos) los sábados y domingos a las 4:00 p.m.