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Caracas fue un gran cabildo abierto de poesía

En el Día Mundial de la Poesía, la autora Jacqueline Goldberg impulsó un evento sin precedentes y deja constancia de él a través de este sentido relato, acompañado con fotos de Edgar Rendón

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El viernes 22 de marzo amanecí escribiendo una rápida nota en mi muro de Facebook para agradecer a los amigos, para que la emoción no escapara en una bolsa de mercado, entre los despiadados agobios del día. Ahora, con un poco más de sosiego, la rehago a petición de Esfera Cultural para agradecer de nuevo a los amigos, para que no olvidemos que el Día Mundial de la Poesía se celebró en Caracas en 2019 en voz alta, como un gran cabildo abierto de poesía, como lo dijera Joaquín Marta Sosa.

A comienzos de mes pregunté ¿qué vamos a hacer el 21 de marzo? Recibí evasivas. Cómo se me ocurría pensar en eso si estábamos en medio de una hecatombe, una transición hacia no se sabe dónde, con la vida y los anhelos entre paréntesis. Luego vino el apagón, un desasosiego, quedaba aún más lejos la posibilidad de imaginar algo que no fuese el sobresalto.

Pero el viernes 15, con nuestro ábaco en negro y la electricidad aún sin volver a muchas zonas del país, pregunté de nuevo: ¿Qué vamos a hacer este 21 de marzo, Día Mundial de la Poesía proclamado por la Unesco en 1999? Y encontré eco en tres hermanas que me socorren a diario con risas y afecto: Luna Benítez, Flavia Pesci-Feltri y Elisabetta Balasso.

Y arrancó todo.

Albe Pérez me pasó los contactos de Cultura Chacao en busca de la plaza ideal para una lectura de poesía. La respuesta de Erser Sayas, Presidente (E) de Cultura Chacao, y de Iraida Lovera, Gerente de Programación,  fue inmediata y entusiasta.

Esa misma tarde nos reunimos en casa de Luna, pensamos en voz alta, inventamos. Hicimos listines de escritores y de organizaciones a los que podíamos convocar.

Al día siguiente, muy temprano, enviamos correos a Provea, Fundación para la Cultura Urbana, Fundación La Poeteca, Pen Club Venezuela, Qué Leer, Letralia, Autores Venezolanos, La Parada Poética, Dale Letra, La ONG y las casas editoriales Oscar Todtmann Editores, Gisela Capellin Ediciones, Dcir Ediciones, Editorial Eclepsidra y Editorial Letra Muerta. Todos respondieron con un sí contundente.

Luego salieron correos a unos cincuenta poetas y a tres actores. A todos los que en el momento recordamos. Para ello revisamos antologías recientes y no tan recientes, páginas web, muros de Facebook. Constatamos con tristeza que son muchos más de los que creíamos, los amigos y escritores que emigraron. Como era de esperarse, se nos quedó gente fuera, incluso personas y organizaciones amigas que con toda seguridad hubiesen participado. La memoria en estos días anda azotada. Algunos de los escritores convocados ya tenían compromisos previos, unos pocos no contestaron, quizá tuvimos un buzón errado o los cortes eléctricos seguían haciendo de las suyas. Algunos no convocados por ese olvido —que no disculpo y no me perdono— se aparecieron en la plaza con una sonrisa sin comentar nada y hasta sentándose en primera fila. Desde este rincón pido excusas. Queríamos que fuésemos todos, sin distingo, un todos que nos hiciera una sola voz.

 

«Poesía en voz alta. Una lectura por la vida y la libertad» terminó siendo un maratón a cielo abierto de dos horas y media, arropado por hechos mágicos. No puedo dejar de verlo así. Fue muy exitoso pese a todo y con todo. Tuvimos poquísimo tiempo, los atajos del país y de Caracas no eran prometedores. Tras el apagón, cada quien quedó con sus propias tragedias a cuestas. La convocatoria se hizo desde las redes sociales y se envió a la prensa una breve nota con un volante digital casero. Así y todo se regó la voz.

En el correo invitábamos a leer textos propios o ajenos, que durante no más de dos minutos dijesen lo que nos pasa, lo que sentimos, lo que anhelamos.

El orden de participación había quedado un poco al azar, para organizarla in situ. Ricardo Ramírez y Jaime Bello León se tomaron para sí la tarea, confeccionando el listín a medida que los convocados iban llegando a la plaza. Jaime condujo el evento con su usual elegancia, extremo orden, profesionalismo, preciosa voz, don de gente y su infaltable sombrero. Él es de esos seres a los que uno le dice carnaval y ellos tiran papelillo. Me temo que lo llevé un poco engañado, que no le dije que aquello podía ser grande, muy grande, como en efecto fue. Calculamos que hubo más  de 300 personas.

La producción estuvo toda en manos de Luna Benítez. Solo ella sabía qué hacer, cómo y, para más, con el menor estrés posible, gracias a su experiencia de muchos años en la gerencia cultural y como manager y cuidadosa madre del músico, compositor y cantante OneChot. Anduvo pendiente de cada detalle y hasta trozos de chocolate repartió para endulzarnos el ajetreo.

Flavia Pesci Feltri, además de organizadora, actuó como lujoso porta micrófono, acompañando en el escenario a cada uno de los lectores.

El primero en tomar el micrófono fue el maestro Rafael Cadenas con sus haikús, que permaneció en el sitio hasta el final y las primeras estrellas. Lo siguió el muy joven Yéiber Román y luego Armando Rojas Guardia, quien recitó de exquisita memoria sus textos «Fondo negro» y «Patria». En adelante leyeron (no en este orden) Adriana Gibbs, Ana María Hurtado, Ana María Velázquez, Arturo Gutiérrez Plaza, Astrid Lander, Beatriz Alicia García, Carmen Verde, Edda Armas, Edgar Vidaurre, Elisabetta Balasso, Flavia Pesci Feltri, Gabriela Kizer, Gisela Cappellin, Graciela Yáñez Vicentini, Héctor Caldera, Joaquín Marta Sosa, Joaquín Ortega, Jorge Gómez Jiménez, José Antonio Parra, Karla Castro, Leonardo Melero, Luis Gerardo Mármol, María Gabriela Rosas, María Antonieta Flores, Milagros Socorro, Moraima Guanipa, Ricardo Ramírez Requena, Rodrigo Lares, Samuel González-Seijas, Sonia Chocrón, Tibisay Guerra, Tina Oliveira  y Yoyiana Ahumada.

Nos acompañaron con su porte y extraordinarias voces tres actores, a la vez directores de teatro, sensibles y de abierto corazón al país: Julie Restifo, Luigi Sciamanna  y un Javier Vidal aún con los rostros de su personaje de Primo Levi.

Cecilia Ortiz se había disculpado, pero su hija, la soprano Zaira Castro, se hizo de su habla y allí la tuvimos.

El embajador y poeta Silvio Mignano había escrito temprano aquel día también excusándose. Dijo tener una importante reunión y que tan solo por un milagro llegaría. Le respondí que creía en milagros. Y allí estuvo leyendo en italiano y en su español que dan ganas de caminar por Roma.

Alfredo Chacón, que no participaría y no llevó textos a mano porque abrió tarde el correo, se atrevió a subir al escenario y regalarnos dos textos desde su memoria y desmemoria.

Alfredo Chacon se atrevió a subir al escenario Foto: Edgar Rendón

Naky Soto prometió que iría si las complejas circunstancias que transita se lo permitían. Y pudo. No llevaba sus propios textos, pero dio cuerpo a Luis Enrique Belmonte y su poema «El gran río» escrito el pasado 23 de enero en España, donde reside. Naky la hermosa, valiente, siempre valiente.

Se leyeron poemas recién escritos, otros antiguos que parecen de ayer. Amor, ciudad, noche, país, grito, miedo. Todo lo que somos. Algunos autores optaron por encarnar a otros y eso, sabemos, es un acto de humildad gigante y raro en el medio literario. Amigos que hoy viven fuera enviaron sus palabras por WathsApp y también fueron leídos, como Kira Kariakin y Georgina Ramírez.

El grupo ciudadano Dale Letra, que en tantas protestas de calle ha dejado ver sus carteles con vocablos como «libertad» y «justicia», se hizo presente con las mayúsculas del verso de Rafael Cadenas que hicimos lema del evento y que sostuvieron veinte estoicos voluntarios: «Florecemos / en un abismo».

Elisabetta Balasso que recuerda, uno a uno y en hilo rojo sobre tela roja, los nombres de los 249 venezolanos fallecidos en el contexto de protestas en Venezuela Foto: Edgar Rendón

Detrás del poema de Cadenas, el tapiz «Rubedo / Sostenemos sus nombres», obra colectiva emprendida por la escritora y artista Elisabetta Balasso (La novia manca) que recuerda, uno a uno y en hilo rojo sobre tela roja, los nombres de los 249 venezolanos fallecidos en el contexto de protestas en Venezuela, desde Juan David Querales en el año 2002, hasta Anderson Luis Oliveros Núñez en el 2018. En su bordado han participado 115 voluntarios. Es un trabajo hecho en espacios públicos, en colectivo, incluso por personas que nunca antes habían tenido una aguja entre sus dedos. Aún están pendientes los 35 nombres que ha dejado lo que va de este rudo año. Explica Elisabetta en su blog: «Este tapiz solo puede ser colectivo, así como estas muertes nos atañen a todos (…) Porque nos importan, sostenemos sus nombres. Los reconocemos. Los convocamos, los afirmamos, los acunamos. No solo bordamos cada uno de sus nombres, sino también nos interesamos por quiénes fueron, y por las circunstancias de su muerte temprana, injusta. Reconocer el duelo no es poca cosa, es una labor que nos atañe como nación. No es una acción de escala monumental sino íntima, porque no hay nada más íntimo que la muerte».

¿Qué más?

Nadie grito Maduuuuro.

Gisella Capellín puso el necesario humor con Aquiles Nazoa y «Los apagones», versos que por vigentes merecen ser releídos. Aquí un picón:

«Hoy quiero, en un galerón,
relatarles lo que pasa
cada vez que en una casa
se produce un apagón.

La primera precaución
es ver si hay luz en la calle,
y observado ese detalle
lo segundo es dar un grito
diciéndole al muchachito
que se acueste y que se calle.

Y aquí comienza un trajín
de policíaca novela
por encontrar una vela
que nadie encuentra por fin».

Tibisay Guerra nos conmovió con «Sistema», de Luigi Ángel Guerrero Ovalles, joven de 24 años fallecido en la primera marcha en la que intervenía, el pasado 23 de enero en San Cristóbal. Era estudiante del cuarto año de Comunicación Social en la Universidad de Los Andes. Su hermana recordó que el poema había sido enviado en 2017 al II Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas, que lleva adelante Tibisay a través de Autores Venezolanos junto a la Fundación La Poeteca.

Fue una tarde de libertad plena. La vida de la plaza seguía su curso. Niños jugando, ajedrecistas en su tablero, los vecinos asomados desde los edificios, las guacamayas con su alboroto. En la tarima se leía poesía y entre el público había dibujantes y fotógrafos. Por eso desde esa misma noche circulan imágenes conmovedoras como las de Edgar Rendón (@EdRend) que ilustran esta nota, y las de Claudia González (@c4r4c4soy) y un dibujo de Antonio Quintero (@ponteaquí). También vimos fotografiando a Carsten Todtmann, Olga Ramos, a los propios poetas y a muchos otros.

Mientras Ricardo Ramírez Requena leía poemas de Alejandro Castro, su pequeño hijo Tomás, de dos años, jugaba con las alfombras del escenario y en un momento se quedó escuchándolo muy atentamente. Es una de las imágenes más dulces,  poéticas y representativas de la jornada.

Ricardo Ramírez Requena leía poemas de Alejandro Castro en presencia de su pequeño hijo Tomás Foto: Edgard Rondón

Gracias al empeño de Gisela Capellín Ediciones la lectura estará muy pronto completa en YouTube. También hay momentos memorables captados por las incansables hacedoras de Qué Leer (@QueLeer)

El público no dejó la plaza hasta el final. Nos echó la oscuridad, si no hubiésemos estado buen rato más. Vimos gente emocionada, que escuchó en silencio el grito y el silencio de la poesía. Vimos lágrimas, carcajadas, entrecejos fruncidos, besos, reencuentros. Vimos, como relató Flavia Pesci-Feltri en su muro de Facebook, «mutua sensación de reconocimiento y recogimiento en los abrazos y el afecto; la coincidencia y conciencia en el dolor, miedo, indignación y fragilidad».

En los instantes finales Milagros Socorro nos llevó hacia Andrés Eloy Blanco con el desgarrador «Canto de los hijos en marcha», escrito en mayo de 1929 mientras estaba preso en La Rotunda. Así comienza ese poema que nos hizo corear un vocablo imprescindible y escaso en estos días: «Justicia».

«Madre, si me matan,
que no venga el hombre de las sillas negras;
que no vengan todos a pasar la noche
rumiando pesares, mientras tú me lloras;
que no esté la sala con los cuatro cirios
y yo en una urna, mirando hacia arriba;
que no estén las mesas llenas de remedios,
que no esté el pañuelo cubriéndome el rostro,
que no venga el mozo con la tarjetera,
ni cuelguen las flores de los candelabros
ni estén mis hermanas llorando en la sala,
ni estés tú sentada, con tu ropa nueva.
Madre, si me matan,
que no venga el hombre de las sillas negras».

Hubiese querido parar por un momento el evento para agradecer gestos inmensos. Estuvieron los amigos de Trasnocho Cultural: Solveig Hoogensteijn, su directora, y Katyna Henríquez con todos sus libreros de El Buscón. Merecían un aplauso porque el centro seguía ese día sin electricidad desde el infame jueves del mega apagón. Al día siguiente reiniciaron actividades.

Los técnicos de Cultura Chacao, que manejaron el perfecto sonido, fueron dos más ganados, me atrevo a decir que por siempre, para la poesía. Su atención y luego comentarios así nos lo hacen saber.

Ha sido abrumadora la catarata de comentarios, tuits, retuits, fotos, videos, felicitaciones, agradecimientos, saludos. Ese 21 de marzo pedimos llevar a las redes la etiqueta #PoesíaEnVozAltaPorVenezuela, que se sostuvo en el trending topic por varias horas junto a #DíaMundialDeLaPoesía y que aún sigue rodando.

Para cerrar esta excesiva crónica, pillo al azar comentarios en Facebook porque son testimonio menos subjetivo sin duda que el mío:

Gustavo Löbig: «Mucha gente cree que la literatura de poco sirve para combatir a los miserables empeñados en destruir al país y que los poetas son, por su misma naturaleza lírica y sensible, tan ajena a la violencia física, diestros solo en verter pasiones sobre papel, teóricos de la vida incapaces de defender sus derechos lanzando tiros, piedras, puñetazos o siquiera un libro a sus victimarios, pero juro que hoy, en la pequeña tarima dispuesta para el recitado y también a mi alrededor, lo que vi fue a puros héroes, a gente digna, útil y valiente, a una pléyade brillando a ras de tierra que reforzó mi fe en el futuro de esta donde nací, y llenaron mi presente de energía bonita y fraterna con sus saludos, besos y abrazos».
Silvio Mignano: Gracias a Jacqueline Goldberg, a Flavia Pesci Feltri, a Luna Benítez, a Jaime Bello León, a Ricardo Ramírez Requena, a todos los que participaron, que asistieron, que acompañaron desde lejos. Lo llevaré siempre en mi como un regalo.
Yoyiana Ahumada: «El día de ayer queda bordado en el alma colectiva de una ciudad, un resquicio de lo sagrado quedó flotando en la tarde de la primavera. La poesía se paladea como una virtud nos devuelve el sentido de lo sagrado, nos salva y nos consagra».
Marianella Ferrer de Ferri: «En Venezuela están sucediendo cosas terribles pero hay quienes se resisten al horror y aportan luz y belleza. Esto fue ayer “Poesía en voz alta por Venezuela” en donde muchos poetas y amigos alzaron su voz por mi país, por nuestro país».
Mirco Ferri: Fue muy confortante ver esa plaza desbordada de gente ansiosa de escuchar las palabras de los poetas. Y fue muy gratificante el reencuentro con la tribu, como la definió Marlo Ovalles cuando conversamos, brevemente, antes de que el Maestro Cadenas comenzara el evento. Fueron dos horas y media entrañables, que permitieron sosegar el espíritu y, perdónenme la ramplonería y la ingenuidad, reponer la esperanza que se nos había comenzado a escapar.
Eleonora Requena: «Qué maravilla! Estuve con ustedes en pensamiento y corazón, conectada con ustedes por ese hilo de la voz».
Alexis Romero: «Éste es el país que nunca hundirán en la mudez; la nación donde el silencio es la autoridad. Gracias».
Leonardo Padrón: «No te imaginas cuánto los pensé y cuánto me hubiera gustado estar allí. Desde la dolorosa distancia los celebro y abrazo».

¿Qué viene ahora?

Estamos ya recopilando todos los textos que se leyeron en «Poesía en voz alta. Una lectura por la vida y la libertad» para hacer un libro digital. Vamos a realizar todos los 21, entre equinoccios y solsticios, una lectura de poesía a la intemperie. Vamos a seguir escribiendo, leyendo e inventando. Vamos a seguir juntos, que es lo más importante.

Créditos de fotos nota y galería: Edgar Rendón (@EdRend)