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Chimó

Al mejor estilo transgenérico, Víctor Alarcón escribe este artículo sobre el criollismo en Venezuela para combinar elementos de la reseña literaria, la reflexión en torno a la literatura oral y a la ficción para cristalizar un texto breve titulado " Chimó".

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De los temas de la literatura venezolana, uno de los más desafortunadamente populares es el criollismo. Sus historias, en varias ocasiones, se desarrollan en esa inmensidad, más o menos desconocida por la mayoría de los compatriotas, denominada llano. Prueba de su incomprensible vitalidad es la reciente publicación de una novela presentada en el eje de la cultura caraqueña. Como ya el lector habrá intuido, la obra recupera ―estuve a punto de escribir repite― el mascado argumento del capitalino que retorna al campo para nutrir sus descuidadas raíces.

Romero García usó la misma anécdota para afincar los valores patrios en el siglo XIX y proclamarse fundador de un género que combina lo bucólico, lo incestuoso y la sorpresiva rudeza del intelectual protagonista ―a semejanza de los gigantes griegos, cuando pisa tierra recupera su telúrico salvajismo. Como todo lo que incumbe a nuestra nacionalidad, esta historia está plagada de engaños y confusiones. Agitando su venezolanismo trasnochado, Pedro P. Barnola defiende que es Eduardo Blanco, con Zárate, quien inicia la tradición. De su propuesta me interesa cómo emparenta el discurso patrio con la actividad de los asaltadores de caminos. Lo indiscutible es el imperio de la fuerza en el género y ¡En este país!…, recurso que, para alegría general, se disfraza de cultura en Doña Bárbara. El cacicazgo perdura con un nuevo rostro, más blanco, más diplomático.

El tema haya poquísimas críticas, ahora solo me viene una a la cabeza: la de los rupturistas de los años sesenta. Su confrontación es superficial, me arriesgaría a decir que apenas contempla razones de política burda ―Gallegos era adeco, presidente derrocado y casi un símbolo patrio (hoy en día, ya lo es), némesis de los jóvenes escritores. Es cierto que lo literario es, al mismo tiempo, político, ahora bien, este odio se pudo solucionar con algunos insultos en cualquier mitin o con una pelea de cantina.

Más allá de la chismografía académica, es interesante cómo el tema rural dibuja una línea muy clara entre los clásicos y los vanguardistas. Aunque echa mano a las innovaciones de la novela europea y norteamericana, Adriano González León atesora las costumbres que también celebraba Rómulo Gallegos. Las provincias persisten en sus costumbres. ¿La ruralidad no implica predominio de la fuerza? ¿No es la fuerza o su ausencia el problema central de País portátil? Claro, la novela no se queda ahí y consigue un estilo oportuno para la vorágine citadina ―esta última frase es ya un lugar común. Lo que sí no se ha dicho es que abonó el terreno para que el héroe criollo se transformara en el protagonista de la ciudad venezolana: el criminal. El mejor ejemplo podría ser Salsa y control, de José Roberto Duque, donde los agresivos salteadores de las zonas marginales de Caracas, montados en sus motos, son ladrones, reivindicadores sociales, filósofos de ocasión y superhombres proletarios, todo en un golpe de estilo.

Volviendo a la novela que nos interesa, al apartarse de ese giro, consigue uno de sus puntos más curiosos: retoma el viaje del capitalino casi en su sentido más tradicional. Me extrañó que el protagonista no se llamara Santos, el autor refirió algo más oportuno para la clase media contemporánea (Juan Víctor o José Antonio, quizás Juan José). Por otro lado, aseguró haber conseguido su materia prima en las pulperías y los bares del llano o en las visitas que curiosos personajes, siempre mascando pasta de extracto de tabaco, hacían a su residencia. Este afán de veracidad parecerá interesante al lector poco familiarizado con la literatura venezolana; para nosotros es un lugar común, algo que denominaremos autoficción por accidente (AA de ahora en adelante). En la presentación siguió hablando de canciones típicas y costumbres, pasó de lo tradicional a lo folclórico y, sin mucho problema, a lo meramente pintoresco.

De lo que no tomó consciencia el escribidor es de que en su experiencia, esa que relataba con tanto cariño y detalle, faltó la distancia que da el oficio, estaba no solo la materia prima sino también la técnica para trabajarla. Con énfasis exaltó la dificultad que representó organizar las anécdotas y eliminar los cabos sueltos para forjar la trama final de su «obra». De allí pasó a la sacra profesionalización del escritor y la necesidad de constancia y disciplina en el arte. Este esfuerzo fue aplaudido por el público y sancionado por los profesores y críticos asistentes. Nuestro grupo humano ―siempre tan católico― sigue confiando en el sacrificio como fuente de frutos, no hemos aprendido nada del burro ni del buey.

Renán Villa y yo no entendimos tanta aprobación, nos pareció evidente la necesidad de un giro faulkneriano: en lugar del narrador decimonónico que ordena los hechos desde su distancia divina, convenía una multiplicidad de voces que refirieran diferentes sucesos. Así se exigiría al lector una participación más activa para reconstruir los eventos. Es obvio que no es un recurso original, Mientras agonizo reclama con desespero su mención en este punto, pero quién puede serlo en esta posmodernidad de los demonios.

Bastaría un breve epígrafe para cambiar la ingenua aspiración de novedad por una sabia consciencia de tradición. Los más chauvinistas apelarán al demasiadas veces citado título galleguiano. Yo me complazco con una línea oportuna de David Foster Wallace o, mejor, de Georges Perec, seleccionemos La vida instrucciones de uso.

No pensé esto durante la presentación porque Renán insistía en comulgar con una de las costumbres más antiguas del criollismo: sopesar a las asistentes como trozos de carne (todavía puedo escucharlo: «hermano, no sé si es la edad pero yo cada día soy menos exigente con las mujeres y las encuentro más ricas»). Y aquí llegó a otro punto en la novela que pudo ser un gran logro.

En una incesante búsqueda de originalidad, se refiere la experiencia de una mujer que fue violada en su adolescencia y gasta su vida vengándose en cuanto hombre halla en su camino. Sobra decir que José Enrique, ¿o era Carlos José?, será su víctima. De nuevo, un conocimiento más claro de la tradición habría salvado la pieza: doña Bárbara también fue violada cuando se le conocía como Barbarita, este es el disparador que la transforma en una mujer recia y aguerrida, el ideal que impone Venezuela a todas sus hijas, aunque sean sifrinas de Caracas. Más de una estudiante con muchas aspiraciones y pocas lecturas ha querido ver aquí la semilla para revisar la venezolanidad como anuncio de las teorías feministas. Nada más alejado de la verdad. El surgimiento de tal figura se debe a dos realidades de nuestra sociedad heteronormativa, una material y social y otra que pertenece al inconsciente colectivo: por un lado tenemos el constante abandono de las mujeres embarazadas que se convierten en madres solteras (madres luchonas, diría un amigo); por otro, en una sociedad cuyo eje es el caudillo, es previsible encontrar hombres pusilánimes, ellos necesitan mujeres con carácter que den un sentido, aunque sea transitorio, a sus grises existencias.

Para corroborar que esta idea de la mujer desenvuelta no tiene nada de autóctono basta recordar figuras como Clitemnestra, Penélope o Judith. La primera es la más perversa y ha pasado a la historia como una arpía mezquina y traidora; solo para llevar la contraria, yo la encuentro atractiva e inteligente, desafiante y determinada, lo que no entiendo es su obsesión por un hombre como Egisto (supongo que sus arquetipos se compensan). La segunda, más discreta y comedida, mujer de su casa al fin, se ha convertido en el símbolo maravilloso y poético de la dama deseada y astuta, esa que teje cauta en su habitación mientras su marido se acuesta con cuanto espécimen encuentra en sus viajes. No es casual su popularidad. La última quizás llegó con más fuerza a Venezuela gracias a la tradición cristiana, aunque ha sido opacada, cómo evitarlo, por el manto de la Virgen.

Llegado a este punto, referiré la mejor parte de la historia que, como suele ocurrir en nuestra literatura, queda fuera de la página escrita y se convierte en anécdota efímera. No es casual que el verdadero hallazgo se escabulla de las páginas de un libro demasiado digno. Después de todo y para citar a Adolfo Bioy Casares, una cosa es la gente bien de la literatura y otra los libros bien escritos.

Cuando la presentación contaba cuarenta minutos de discurso empalagado, mientras Renán se paseaba por las mesas para distraer su aburrimiento detallando portadas y piernas, escuché al autor referir su encuentro con una vieja que llevaba un comedor de carretera. Ella mascaba chimó y se sentaba en la única mesa ocupada mientras cuidaba a un niño barrigón que tenía los pies llenos de niguas. La aproximación casual del narrador para pedir una cerveza y refrescarse no se explicitaron, pero yo vi en sus ojos la invitación de la anciana para que se sentara a acompañarla y sus ganas silenciosas por hilar una historia de camino. Le compartió su nombre, Bárbara. Previendo la sed que apuraba la cerveza por la garganta del recién llegado fue directo al grano: enganchó al viajero con la historia de su violación cuando era una adolescente de doce años, casi una niña. Supo ordenar las palabras para llegar al punto justo cuando el visitante colocaba la botella vacía sobre la mesa de madera y fijaba sus pupilas en los labios que referían como el padrino, después de escupir una bola gastada de tabaco, entraba en la habitación y aseguraba la puerta. La anécdota de la violación es lamentablemente predecible: la voz carrasposa y masculina contra su hombro, la conflictiva y breve ventana de placer que se abrió en medio del abismo de dolor para sembrar la culpabilidad en la adolescente, la predecible frase al terminar el coito («este es nuestro secretito, mi amor»), el llanto contenido que se disuelve con saliva al final de la madrugada, el silencio y el miedo a la mañana siguiente. La adolescente escapa de casa y se sumerge en los círculos más peligrosos de los mínimos pueblos regados en ese hilo que pretenden llamar ruta pavimentada en medio de la vasta llanura. Así llega a la marginalidad de la marginalidad. El alcohol y las relaciones amorosas donde cunde la manipulación que se acepta buscando una endeble supervivencia se dan por sentado. Las drogas son el giro moderno; para confirmarlo, la vieja sonríe con sus encías negras y expone ciertas manchas en la piel como trofeos de perdurabilidad. Cuando está tanteando el despeñadero de la prostitución precaria de la provincia, es rescatada por un grupo de evangélicos que la encuentran tirada en un basurero. La bañan, le dan de comer y la visten. La invitan a viajar con ellos repartiendo la palabra del señor y ella no acepta pero calla y los sigue, más por la comida que por la fe, una vieja táctica de la iglesia.

«Allí comenzó algo parecido a la felicidad», explicaba el homenajeado aquella noche intentando un gesto similar a la literatura. Las conversaciones eran afables y comedidas, el cariño cuidadoso, había orden. Algún citadino utilizaría el adjetivo pacato para describir al grupo pero, para quien ha experimentado un tifón, la serenidad de la brisa es una vida deseable. Bárbara encuentra seguridad en el pastor a quien describe como un gigante gentil que lee pasajes de la Biblia cada noche. Como el lector ya habrá previsto el eterno retorno no es solo parte de la filosofía.

Se repite la figura en el dintel de la puerta escupiendo el chimó antes de entrar, la mano presionando el seguro en la perilla y el cuerpo montándose sobre la cama y sobre ella. Solo que esta vez, ayudada por la infernal costumbre que ha marcado su existencia, mientras la voz masculina soltaba sus esfuerzos de cerdo infructuoso, ella rememoraba la historia de Judith entrando en la tienda de Holofernes como una ofrenda de guerra. El general escupe sobre la tierra seca y, cuando tiene a la judía delante, le mete la mano entre las piernas. En silencio, Judith acepta al enemigo y se muestra particularmente lujuriosa para asegurar el sueño calmo posterior al placer. Entonces, cuando el cuerpo del violador yace satisfecho a su lado, Bárbara se levanta y busca un puñal para degollar puercos, vuelve a entrar en la habitación, se monta sobre el hombre exhausto y lo presiona con su rodilla al tiempo que levanta la cabeza por los cabellos. Emulando un cuadro barroco, Bárbara toma el cuchillo y lo pasa por el cuello del victimario que se despierta a tiempo para gritar de dolor. Bañada en sangre y todavía con el arma en la mano, sale del cuarto para horror de los demás hermanos de la congregación. Pasa por la sala, recoge las latas de chimó y camina al exterior para perderse por los caminos de polvo mientras el sol le seca la sangre en la piel.

Al terminar el relato, el niño se acerca a la vieja y ella, con una costumbre manida, le dice que no moleste, que los adultos están hablando. El escribidor cuenta su quinta cerveza y sale del embrujo de Sherezade. La mujer enumera las botellas, le cobra y, después de mascar un par de veces, sonríe con sus dientes sucios.