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Cine e inteligencia artificial, un matrimonio inesperado

El cineasta Carlos Caridad Montero en su primer artículo para Esfera Cultural, nos aproxima al fascinante mundo de la tecnología y de sus aplicaciones en el cine comenzando por el tema del film, pasando por la fisonomía de sus actores hasta llegar a sus finanzas.

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Inteligencia Artificial se titula el film que Stanley Kubrick nunca pudo realizar y que después de su muerte, Steven Spielberg finalmente hiciera realidad. Era la historia de un niño robot, un androide, que se embarcó en la búsqueda existencial de la humanidad. De su humanidad. De alguna manera, era una suerte de continuación de 2001, A Space Odissey, un film donde ya el maestro nos advertía de los peligros de la inteligencia artificial plenamente desarrollada: HAL 9000, la computadora inteligente de a bordo, al final se develaba como la personificación de una neurosis binaria.

A lo largo de su historia, el cine ha vuelto una y otra vez a la idea de la máquina inteligente. La máquina humanizada. De Metrópolis de Lang a Robocop de Verhoeven, la ciencia ficción cinematográfica nos advierte de los peligros que entraña la inteligencia artificial. No por algo insiste en dibujarnos un siniestro futuro donde las máquinas toman el control del planeta en la saga de Terminator.

Curiosamente, más allá de la ficción y tras las cámaras, el cine ha encontrado una aliada invaluable en la inteligencia artificial. La real. A tal punto que su llegada a los sets cinematográficos es acaso la mayor revolución tecnológica cinematográfica desde el cine sonoro.

Y no es una revolución que ocurrirá en un futuro no muy lejano. No. La sacudida está ocurriendo hoy mismo y la podemos ver en directo, desde nuestro hogares.

Hace poco más de medio siglo, Stanley Kubrick y Arthur C. Clark profetizaron el desarrollo de la inteligencia artificial en Hall 9000.

Machine learning, deep learning, redes neuronales

Pero ¿en qué consiste todo el asunto?

Resumido en trazos gruesos, se trata de algoritmos matemáticos que puede ser entrenados (y alimentados con ingentes cantidades de datos) para aprender de las mismas tareas que realizan.  Organizados en redes que imitan las conexiones del cerebro humano, redes neuronales, pueden incluso competir entre sí para entrenarse mejor y realizar las tareas de forma más eficiente.

¿Vieron Ex_Machina, de Alex Garland? Fantasía aparte, en el fondo la inteligencia artificial real funciona parecido al sistema que alimenta a AVA, la androide interpretada por Alicia Vikander: un algoritmo matemático que extrae sus razonamientos de una inmensa, vasta red de datos como Internet.

Los más recientes ejemplos son asombrosos.  Hay sistemas de aprendizaje profundo (deep learning) capaces de inferir un sonido a partir de una imagen silente. Otros pueden leer un texto imitando cualquier voz, incluso la tuya. Algunos pueden hacer cosas imposibles con la imagen, que antes sólo eran posibles mediante la inversión de incontables horas-hombre en efectos digitales. Como por ejemplo, hacer que una imagen filmada en verano parezca una estampa invernal, con nieve y árboles desnudos.

Incluso, viejos robots desechados de las cadenas de montaje de las ensambladoras automovilísticas quebradas, han encontrado una nueva vida en el cine, manejando cámaras, haciendo movimientos imposibles incluso para el mejor camarógrafo humano, guiados diestramente por algoritmos inteligentes.

Deep Fake, el rostro feo de la Inteligencia Artificial

Hoy, puedes entrenar un algoritmo de machine learning —o aprendizaje mecánico— para crear personajes físicamente realistas a partir de un montón de retratos anónimos. O hacer que una fotografía adquiera vida y movimiento como si de un vídeo se tratara.

Obviamente, esta tecnología estaba destinada a tener su lado oscuro.

Pronto entró a escena el Deep Fake: algoritmos que permiten falsear el rostro de cualquiera, a partir de fotografías, en un video. Desde luego, la industria del cine adulto (que adopta inmediatamente toda nueva tecnología) comenzó a ver con horror cómo el rostro de sus actrices era sustituido por el de celebridades.

En un mundo amenazado por el fenómeno de los fake news, el deep fake es un arma muy peligrosa si se llegara a usar con fines políticos. O criminales. O ambos.

Pero es justamente una tecnología similar lo que ha permitido el prodigioso milagro del rejuvenecimiento —y envejecimiento— del reparto de The Irishman, la gran épica de Martin Scorsese producida para la plataforma de streaming Netflix.

Visto así, pudiera parecer una tecnología de ciencia ficción (que lo es), en manos de poderosos estudios cinematográficos. No obstante, en términos matemáticos e informáticos, la verdad es que la tecnología que hace posible los deep fakes y la modificación digital de los rostros del film de Scorsese, no distan mucho de algunos de los filtros de embellecimiento que usas en Instagram.

Aunque pudiera parecer complicado, matemáticamente la tecnología de modificación facial de rostro de El Irlandés no se diferencia mucho de un filtro de embellecimiento de Instagram

La Inteligencia Artificial y el Octavo Arte

En Hollywood existe un viejo dicho que asegura que si el cine es el séptimo arte, el octavo arte consiste en hacer dinero con el Séptimo. Y, desde luego, la Inteligencia Artificial pronto interpretará un papel protagónico en las finanzas del cine. Porque el mayor quebranto de cabeza para todo ejecutivo de un gran estudio es la pregunta de siempre: ¿hará dinero esta película?

¿Puede la IA ayudarnos a hacer una película taquillera? ¿Un Blockbuster veraniego?

Es la tarea que se ha propuesto la gente de Cinelytic al desarrollar un sistema de manejo de proyectos cinematográficos basado en algoritmos de inteligencia artificial. Según The Hollywood Reporter, Warner Bros ha sido uno de los primeros grandes estudios en anotarse.

El objetivo del sistema es muy concreto. Basándose en datos recopilados de antemano, la plataforma calcula el valor de un actor en un territorio determinado —el público suele elegir la película que verá por sus actores— y predecir con más o menos exactitud, cuánto dinero podría generar una película en  las salas de cine.

Y aunque difícilmente pueda predecir cuál será el próximo mega éxito de taquilla, sí constituye una herramienta valiosa que le permitirá a los ejecutivos acortar los tiempos en la toma de decisiones, al analizar en segundos montañas de datos financieros que actualmente tardan semanas en ser procesados.

La plataforma online incluso permitirá determinar cuál es la mejor fecha de estreno para una película.

Pero, ¿puede producir una buena película?

Inteligencia Artificial y creatividad

Puede que de entrada, pareciera que la Inteligencia Artificial es una amenaza para los creadores y que plataformas como las de Cinelytic están destinadas a sustituir a los humanos en un futuro no muy lejano.

Pero lo cierto es que plataformas como Netflix o Amazon ya dependen de sistemas de Inteligencia Artificial no sólo para decidir qué y cómo producir, sino además cómo traducirlo, distribuirlo y transmitirlo. ¿La miniatura de un film que te muestra Netflix en su plataforma? No, no es la misma. Es la que su sistema de AI  ha decidido mostrarte, después de analizar el rastro de datos que ha dejado tu interacción con la plataforma.

Y no podía ser de otra manera. Las nuevas plataformas de streaming producen para un mercado global, inmensamente diverso, con particularidades muy propias.  De allí que sus algoritmos lleven un registro pormenorizado del comportamiento de cada usuario y que toda esta información sea cruzada con los datos de cientos de millones de usuarios más, para determinar qué es lo que la gente quiere ver.

Sólo así pueden determinar con más o menos seguridad, si un show puede convertirse en un éxito mundial, mientras que otros están destinados a quedar sepultados bajo toneladas de datos. Muy importante; estos sistemas determinan qué es lo que la gente quiere ver. Que los espectadores quieran ver una película no necesariamente quiere decir que sea buena.

-¿Estamos a punto de tener un HALL 9000 en la sala de estar de nuestras casas, Siri?