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Circo y “mala praxis”

Catherine Medina nos trae esta crítica de la obra de Lupe Gehrenbeck, "El hijo del presidente: Circo familiar", que estará en la cartelera del Espacio Plural del Trasnocho Cultural hasta el 2 de julio

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La dramaturgia ulterior, reciente de Lupe Gehrenbeck se cuela entre quienes la siguen como se cuela el agua de la lluvia en las goteras de una casa vieja: lo hace poco a poco, llenando las rendijas más internas, horadando de manera suave pero insistente hasta que casa y goteras se convierten en una sola cosa. Sus historias definen las tragedias que marcan al que habita en el norte del sur: el exilio en busca de una mejor calidad de vida, el padre ausente, la madre abnegada, el hijo reprimido, el hombre  infiel, la amante vilipendiada.

Es a través del Teatro de la Comarca, la compañía teatral que preside, que ha llevado a la escena caraqueña tres de sus obras más recientes, las dos primeras dirigidas por el actor y director Oswaldo Maccio: Ni que nos vayamos nos podemos ir (2015), sobre una abuela indecisa entre abandonar el país para irse a vivir con su hija y nietos en el exterior, o quedarse con su hija y seguir haciendo la patria. Es una historia que funge de balanza entre toda una vida de recuerdos en un país que cada día deja de serlo, y el abismo al que se enfrenta quien emigra para empezar desde cero en cualquier latitud.

Le sigue Cruz de Mayo (2016), retrato fiel de lo que ocurre cuando la figura materna se ausenta desde tres perspectivas diferentes. Tres historias distintas que comienzan con Gilberto, el portugués del abasto, huérfano de madre desde pequeño y  padre adoptivo de la pequeña y muda Esperanza. Luego, se presenta Zuleima, una femme fatale que se negó a ser madre y a sufrir el dolor del embarazo, la aparición de las estrías y la caída de los senos por un hombre que eventualmente se iría. Por último Ismael, que ha visto en el hampa una forma de ganarse la vida y de esta forma proteger a su madre, quien según él se ha visto calumniada por un compañero y es su deber como hijo defenderla y protegerla a toda costa, así sea con la muerte.

Este año el Teatro de la Comarca estrena su tercera producción con el estreno de El hijo del presidente: Circo familiar, dirigida en esta oportunidad por Gabriel Agüero Mariño y que se presenta como toda una golosina visual: música interpretada en vivo por Andrés Barrios y Bartolomé Díaz –integrantes de El taller de los juglares–, un elenco de primera conformado por Verónica Arellano, Carolina Torres, Abraham Castillo, Martín Moreno y Mercedes Barrios, el diseño de iluminación de Ángel Pájaro, escenografía de Alfredo Correia y Marisol Martínez con el diseño de vestuario que es todo fulgor y lentejuelas dentro de una carpa simulada tapizada con paja, atada a los asientos del público para, de esta forma, incluirlos en cada función del Circo Familiar.

La historia comienza con un entramado novelero que recuerda a las más sórdidas historias logradas por Corín Tellado y el gentilicio mexicano, en la que un payaso llamado Celenio descubre que Anatolia, matrona del Circo y quien decía ser su hermana en realidad es su madre. Celenio, huyendo de la calumnia decide irse con su amante en búsqueda de su padre, un “militar” que luego “se convirtió en presidente” y “causó mucho daño”. Si bien las dos anteriores puestas en escena del Teatro de la Comarca se caracterizaron por bocetear el país de manera sutil y haciendo uso inteligente de símbolos, este Circo Familiar carece de esa misma delicadeza en su discurso. Abstrae lo obvio y conceptualiza el sinsentido de modo que, sin querer, termina por acudir a la “risa fácil y el aplauso inocente”, como el mismo espectáculo denuncia en su sinopsis. Lo más grave: no plantea correctamente las preguntas que en teoría podría hacerse cualquier texto que pretenda, como el de Gehrenbeck, darle fondo y forma a la metáfora del país portátil: ¿seremos algún día una sociedad capaz de despreciar el pan y el circo de cualquier político?

La disposición escénica es sumamente incómoda, no parece pensada ni diseñada para un espacio no convencional como el Espacio Plural de Trasnocho Cultural, donde el público está distribuido en un frontal y dos laterales. Pero es la composición de los elementos visuales lo que en realidad salva la patria itinerante que representa este circo itinerante: reflectores, instrumentos circenses, lentejuelas y brillantina conforman el empaque avant-garde de un bombón barato.