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Compañía Nacional de Teatro: ¿ Ortodoxia vs.Transformación?

En este artículo , María Carolina García hace un recuento de la historia viva de la Compañía Nacional de Teatro desde su creación en 1984

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Para hablar de la Compañía Nacional de Teatro (CNT) es necesario hacer un inciso para la memoria histórica de las artes escénicas. La CNT inicia sus actividades en 1984 bajo la dirección de Isaac Chocrón, quien condujo este proyecto del mismo modo en que llevó El Nuevo Grupo. Es decir, apostando a una sólida programación teatral que diera cabida a los más importantes autores venezolanos, la representación de los grandes clásicos universales e hispanoamericanos. El repertorio atrajo a miles de espectadores al, recuperado, Teatro Nacional de la esquina de Cipreses en el centro de la ciudad. Esto constituía el impulso, desde la institucionalidad oficial, de otro espacio para la crítica y para la legitimación discursiva de la Gran Venezuela. ¿Cómo? Con un teatro que acentuara nuestra condición universal debido a nuestra pertinencia en el desarrollo de los discursos, modernos y consagrados, del teatro occidental

Además de un extraordinario repertorio, Isaac Chocrón se aseguró de contar con los más importantes directores del país quienes pusieron toda su experiencia al servicio de puestas en escena brillantes, que quedaron plasmadas en la memoria colectiva de la ciudad. Nombres como el de José Ignacio Cabrujas, Román Chalbaud, Gilberto Pinto, Carlos Giménez, Ugo Ulive, Antonio Constante, Armado Gota, Eduardo Gil entre otros, figuraron en la larga lista de hombres de teatro que se sumaron a la iniciativa de Chocrón. Es decir, en el escenario del Teatro Nacional bajo el plafón de las Artes Escénicas de Antonio Herrera Toro se concentró el discurso nec plus ultra de la escena venezolana, con el fin de construir un universo de múltiples estéticas y necesidades discursivas de variado corte ideológico.

Isaac Chocrón, director de la Compañía Nacional de Teatro en su primera etapa Foto de Globovisión

Después de una prolífica trayectoria, no solo en la puesta en escena, sino en la formación de actores que, aún hoy, son las figuras más prominentes de nuestro teatro; la CNT cesa sus funciones como baluarte del teatro venezolano y pasa de administración en administración mientras su cariz se diluía. En 2016 se hace un relanzamiento de la Compañía Nacional de Teatro que, con bombos y platillos, presentaba a su elenco estable, encabezado por las primeras actrices Francis Rueda y Aura Rivas, quienes se han convertido en los estandartes del teatro en tiempos revolucionarios y que, de algún modo, se les ha dado el lugar que les corresponde en virtud de su amplia trayectoria y compromiso con el teatro venezolano. Además, en esos anuncios, se proyectó la realización de varios montajes coordinados por distintos directores, cada uno de ellos con una estética muy definida y una visión del teatro particular. Entre ellos figuran Ibrahim Guerra que llevó a cabo una versión de El pez que fuma de Román Chalbaud, Costa Palamides con un collage denominado Troyanas Nuestras y más recientemente, Aníbal Grunn con Baño Damas de Rodolfo Santana.

Francis Rueda en ” El pez que fuma” de Román Chalbaud Foto de Wilmer Errades

Diversas polémicas se han suscitado alrededor de la escogencia de Baño de Damas. Oscar Acosta, investigador y crítico, ha plateado algunas preguntas en torno al rol de que la Compañía Nacional debe desempeñar, cuál es el perfil de su repertorio y cuáles son sus conexiones con el movimiento teatral venezolano. Lo asertivo de los planteamientos no me sorprende porque habría que reflexionar ampliamente al respecto, no es este el espacio suficiente para hacerlo pero, considero que, puedo hacer una aproximación a varios de los fenómenos que dan origen y forma a estos asuntos.

En el apunte histórico, les decía que el nacimiento de la CNT estaba signado a dar legitimación discursiva, desde la puesta en escena, a los fundamentos de la Venezuela democrática, asunto que quedaba expresado en la pluridimensionalidad simbólica derivada del trabajo escénico de los directores. Ahora bien, si este es uno de los factores fundacionales de esta agrupación, la pregunta de Acosta es absolutamente válida. ¿Cuál es el papel que debe desempeñar la Compañía Nacional de Teatro? Debería, desde el punto de vista tradicional, servir a los intereses del Estado, en tanto que es una actividad promovida desde allí. Esto no implica una actividad de carácter político-partidista, ni siquiera ideológicamente comprometida de forma evidente pero, con certeza, debería trasponer los valores que sostienen las ideas Estado-Nación-Patria. Entonces la CNT debería recurrir a textos que propongan estrategias dramáticas o épicas que se hallen en sintonía con el proyecto revolucionario. ¿Quiénes son los autores más representativos o con ideas cónsonas con la propuesta política actual?, ¿Qué temas deberían abordar estos textos dramáticos?, ¿Cuáles son los lenguajes escénicos propicios? Y en última instancia, ¿La relación ideológica con el Estado es clara, contundente y precisa o se comienza a gestar una autonomía institucional?

El asunto es complejo porque la relación con el espectador se presupone, según lo propuesto por la crítica ortodoxa, debido a que se le debe decir al espectador qué pensar, qué ver y qué elegir. No creo que sea una postura inválida pero que, en todo caso, no atiende a la relación con el otro e indefectiblemente el teatro es un lenguaje, es comunicación y es, en palabras del investigador argentino Jorge Dubatti, convivio. Me gustaría pensar un poco esto, porque en esa dura crítica a la Compañía Nacional que hace Oscar Acosta, se ve con suspicacia el hecho de que el montaje más exitoso en los circuitos de teatro oficial sea El Rompimiento, un sainete de Rafael Guinand. ¿Qué es lo que resulta llamativo? Para mi es fascinante porque eso es un síntoma de la realidad teatral de Caracas. Ese texto continúa hablándole al espectador, la función del sainete se sigue cumpliendo porque la realidad exasperante encuentra un espacio para la evasión.

El realismo y la comedia, en todas sus vertientes, siguen siendo los lenguajes escénicos para un público agobiado de realidad. Se demanda, fácilmente, a los creadores una solidez discursiva que no ha sido formada, se solicita una dramaturgia que cuestione y presente la realidad de forma panfletaria sin entender que los protagonistas de la historia no pueden escribirla sin distancia y que el espectador no quiere ver las noticias en la escena.

De la obra ” Troyanas” foto cortesía de Fundarte

Quisiera comentar para finalizar mi experiencia en Baño de Damas, montaje que suscita todas estas discusiones. Entiendo que dentro del repertorio de Rodolfo Santana existen una enorme cantidad de piezas que no han sido estrenadas o que, por su coherencia discursiva, merecerían ser remontadas. Creo que la búsqueda de la CNT con esta propuesta escénica tiene un alcance mayor a lo esperado, porque no sólo resonó en el público que llenó constantemente la sala Alberto de Paz y Mateos, teatro que por su ubicación, permanece al margen. Los espectadores estuvieron en disposición frente al espectáculo, no para ejercer un rol de verdugos sino para comprender lo que la escena les propone. Allí habían dos problemas centrales: la violencia de género y el aborto, ambos tópicos silenciados o invisibilizados por diversos sectores y de modos distintos. Eso también es importante, también puede ser políticamente incorrecto y sobre todo, porque el abandono de la grandilocuencia se alcanzó la eficacia.

La Compañía Nacional de Teatro se está repensando, a mi modo de ver, está apostando fuerte a un planteamiento inesperado pero necesario, quizá Carlos Arroyo quien ha asumido las riendas de este proyecto está asentando las bases para un eje pluridimensional que retome el espíritu de diversidad discursiva original porque no se puede sacrificar una institución ni al público ni al Estado.