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Cuando el ballet, y Venezuela, te obligan a emigrar

El desarrollo de la danza profesional en el país cada día presenta más limitaciones. Buscar otros rumbos parece ser la decisión más acertada para los artistas

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La danza no tiene idioma. El lenguaje del cuerpo es universal y los bailarines suelen ser inquietos y aventureros. Por este motivo es usual ver cómo artistas de la danza clásica buscan experiencias en diversas latitudes, muchas veces lejanas a sus ciudades natales. Esperan, durante sus viajes, encontrar grandes oportunidades, trabajos interesantes y adquirir nuevos conocimientos que aplicar dentro de su arte. En el caso venezolano esto no es lo único que ha impulsado a emigrar a nuestros balletistas, la crisis también ha influido en su decisión.

No solo los bajos salarios y la situación general del país los expulsa de Venezuela, la ausencia de agrupaciones profesionales también impide el desarrollo de la danza escénica en nuestro país. Hoy día solo existe una compañía abierta y no es suficiente para la cantidad de bailarines criollos que estudian en tantas escuelas venezolanas. Se trata del Ballet del Teatro Teresa Carreño, la única sobreviviente.

El tiempo pasa y quienes aspiran crecer en el arte escénico deben tomar una decisión antes de que sea tarde. A veces esto los obliga a alejarse, no solo de su tierra, sino también de su pasión. El cuerpo pierde facultades con los años y las compañías internacionales buscan artistas en excelentes condiciones físicas,lograrlo exige una absoluta dedicación.

Esfera Cultural conversó con cuatro balletistas nacidos en Venezuela para conocer sus historias. A través de ellas se puede tener una información general sobre la emigración del bailarín criollo. Cada uno de ellos comparte su propia realidad , pero todos con algo en común: la pasión por la danza.

Cambio de planes

“Emigré porque la situación del país estaba muy mal y la compañía del Teresa Carreño estaba aún peor. Había otras en el exterior que me brindaban mayores oportunidades de crecimiento. Audicioné para ingresar en el Ballet Nacional de Sodre, quedé y decidir irme a Uruguay. Una lástima”, relata Danizza Sabino.

Ella comenzó en la Escuela de Ballet del Teatro Teresa Carreño a cargo de Josefina Conchezzo y luego de Rafael Portillo e Irina Lupujova en el año 2000 y finalmente se graduó en la Fundación Ballet de las Américas. Trabajó en el Ballet Contemporáneo de Caracas (BCC) durante dos años, ingresó al Ballet Teresa Carreño  (BTC) hasta que decidió partir a Uruguay, en el año 2012.

Danizza Sabino. Foto: Javier Serra
Danizza Sabino. Foto: Javier Serra

Pero la realidad de emigrante le pegó fuerte. Aunque le iba muy bien en el ballet uruguayo,el alto costo de la vida en ese país, sus aspiraciones personales y su matrimonio, la llevaron a tomar la decisión de alzar vuelo nuevamente luego de un año en ese país. Esta vez a España. Allí estudió Realización de proyectos audiovisuales y  espectáculos.

“No seguí con el ballet. Me dediqué a la gestión interna de las compañías y de los espectáculos”, refiere Sabino en la actualidad. Cuenta que además, rechazó una oferta en Alemania porque no se acoplaba a su plan de vida. Ahora, trabaja ocasionalmente para el Teatro del Canal pero explica que el arte no es rentable en España. “Estoy buscando crecer profesionalmente con mi nueva carrera pero no es fácil, se necesita un financiamiento autónomo, tener contactos, no hay un sueldo fijo y no es algo que pueda darme el lujo de hacer siendo emigrante”, indica desde allá.

Oportunidad temprana

Carolina Boscán
Carolina Boscán y César Morales Anderson. Foto: Zuzanna Badziong

Carolina Boscán comenzó en 1994 en la Academia de Ballet Clásico de Nina Novak, con las maestras Novak y Ruta Butviliene. “Ellas encendieron el fuego en mi corazón y amor por la danza”, relata. A los 15 años ya tenía varias becas para estudiar en algunas de las mejores escuelas del mundo.

Novak la orientó y escogió estudiar ballet en Stuttgart. “Fue la mejor decisión para mí. Llegué en septiembre del 2000 a Alemania con una maleta llena de ropa inadecuada para el otoño, un corazón ardiente por luchar por mi sueño y el apoyo de todas las personas que creían en mí”, expone, quien considera a sus padres como los héroes de su historia.

Boscán es solista del Aalto Ballet Theatre Essen en Alemania, ha sido bailarina invitada en galas internacionales y ha trabajado con destacados maestros y coreógrafos internacionales. En Venezuela ha participado en  “espectáculos, festivales y una vez como invitada en el Ballet Teresa Carreño, pero lamentablemente nunca he trabajado por más de un mes en mi país”, revela.

“La carrera de una bailarina es mágica. Claro que es muy difícil, pero son esos momentos por los que merece la pena tanto trabajo y sacrificio”

“Del timbo al tambo” en Venezuela

Los hermanos Kenz y Anthony Vivas comenzaron sus estudios en la Escuela Nacional de Danza en Táchira. Kenz tenía 17 años cuando se inició y Anthony, 12. El mayor ingresó en el Instituto Superior de Danza, donde estuvo un año hasta que conoció al maestro Rumen Rashev. Finalmente, los dos se inscribieron en la Fundación Ballet de las Américas.

Durante su carrera dentro de Venezuela, ambos formaron parte del elenco neoclásico de la Fundación Compañía Nacional de Danza, también bailaron en el Ballet Contemporáneo de Caracas, el Ballet Teresa Carreño y Kenz llegó hasta el Ballet Nuevo Mundo de Caracas. Anthony, por su parte, compitió en Rusia y en Alemania, donde brilló.

Estudiando junto al maestro Rashev. Foto: Kenz Vivas
Ana Karina Enriquez y Anthony Vivas estudiando junto al maestro Rashev. Foto: Kenz Vivas

“La mayoría de los chicos comienzan tarde su formación. Empiezan a trabajar en compañías sin tener la suficiente experiencia ni un alto nivel técnico, pero como hay escasez de hombres, los contratan” Kenz Vivas.

El Ballet del Teresa Carreño no tuvo contrataciones en el año 2013 y ambos quedaron desempleados. Anthony decidió viajar a la Ópera Nacional de Bucarest, en Rumania. “Es una excelente compañía pero el salario muy bajo”, indica sobre esa experiencia. Además del tema económico, la dificultad para adaptarse y enfrentarse la soledad lo obligaron a regresar a Venezuela pocos meses después. Participó, durante ese tiempo, en muchas competencias internacionales en Panamá, Brasil, Rusia y México. Su éxito lo empujó hasta Broadway, en Estados Unidos, pero los permisos de trabajo allí son mucho más complicados.

Después de ser testigo del cierre masivo de compañías en Venezuela y sin oportunidades de empleo en su país, decidió buscar una última oportunidad fuera y consiguió ingresar al Ballet Nacional de Argentina, dirigido por Iñaki Urlezaga. En 2011 los dos hermanos habían participado en un proyecto allí. Hoy Anthony forma parte de un equipo que realiza cuatro obras completas al año. Considera que “es un país bonito para bailar, con muchos teatros, musicales, obras y un público muy interesado en la danza y en el arte”.

Con los mil dólares que recibe al mes por su trabajo, tiene lo suficiente para vivir bien. “Si yo tuviera un salario así en un país normal con una economía normal, preferiría estar bailando en Venezuela. Uno siempre quiere bailar para el venezolano”, admite.

Kenz, por su lado, se mudó a España junto a su madre. Se fue sabiendo que iba a dejar el ballet, porque además de sus 27 años, una lesión de tibia lo afectó considerablemente “Ir a audicionar a una compañía con esta edad es bastante arriesgado y hay que estar muy en forma”, comenta.

“No he dejado de bailar. Doy clases de ritmos latinos, bachata, salsa, kizomba. A nivel mundial es un boom. De vez en cuando doy una clase de ballet para adultos. El ballet me dio mucha formación. Siempre estoy aprendiendo algo nuevo e incursionando en otras cosas, como pole dance o acrosport”, concluye sobre su actividad diaria.

#Bachata #bachatasensual

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Escoger dedicar la vida a la danza significa escoger el camino del sacrificio. Desde finales de los años 90 ya venía asomándose un camino empinado para el ballet profesional, y cada día se vuelve más complicado. Países del mundo han sabido acoger a los venezolanos, sin embargo, es lamentable no contar en el nuestro, con los requisitos mínimos para que la danza sea vista como lo que es, una carrera profesional.

Foto principal: Zuzanna Badziong