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Cuando Joseph Conrad llegó hasta el cine venezolano

El más grande escritor polaco de lengua inglesa, nacido hace 160 años, tuvo un influjo persistente en el cine sin que él llegara a enterarse

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Entre sus autores más distinguidos, el Reino Unido cuenta con un hombre llamado Kazúo Ishiguro, quien recién se hizo con el Premio Nobel de Literatura. El nombre no deja lugar a equívocos: la vena del novelista británico lleva ADN japonés, aunque no parezca sin embargo para quien lo lea sin aviso. Y su origen no cuenta a la hora de sumar el Nobel como un súbdito de Elizabeth y no de Akihito. Tal azar no es nuevo, si se toma en consideración que uno de los más grandes escritores de la literatura inglesa del siglo XX sea aquel polaco que hablaba la lengua de Shakespeare con áspero acento eslavo: Joseph Conrad. El celebrado autor de El corazón de las tinieblas nació tal día como el pasado 3 de noviembre hace 160 años. Sirva la fecha para recordarlo y reconocer su impronta, que tan universal manifiesta en el cine de un país equinoccial como Venezuela.

El hombre nacido en una población de la Polonia ocupada por los rusos en 1857, no en balde sería hijo precisamente de un traductor al polaco del comediógrafo de Stratford-upon-Avon. De modo que el inglés, aun latinizado, no sería ajeno al hogar de la infancia. No obstante, hecho ciudadano británico, nunca se zafó de la pedregosa pronunciación según quienes lo atestiguaran.

Hombre proveniente de un país frío, solitario cultor de la reserva, no todos adivinan el autor de una trama que se escamotea en otras historias y que sobre el soporte del celuloide ha devenido espectáculo y asombro.

Mucho se ha hablado de la genealogía narrativa que une la novela tal vez más conocida de Conrad, la citada El corazón de las tinieblas (The Heart Of Darkness), publicada en 1902, con la película de Francis Ford Coppola, Apocalypse Now (1978),  pero es poco probable que el escritor imaginase el influjo que tendría en el cine, cuando, al morir el novelista, el arte de la imagen en movimiento apenas enunciaba un lenguaje propio y por descubrir. No solo en la pieza de Coppola sino en otras adaptaciones más “literales”, como el TV Movie homónimo de 1993, protagonizado por John Malkovich y Tim Roth, sino que una vez más, velada bajo otros escenarios, otras selvas, otros cauces y otras lenguas, yace profunda en la opera prima del venezolano Luis Alberto Lamata, la inolvidable Jericó (1991).

¿Y de qué va la novela de Joseph Conrad? ¿Por qué esa en particular y no Victoria, inmersa en el trópico insular y no menos fatal del sudeste de Asia, o Nostromo, de ámbito caribe que para el caso venezolano vendría más a cuento?

Marlow, protagonista de la narración elegida, es el capitán británico contratado por una naviera belga para uno de los mercantes que surcan las aguas imprevisibles y acosadoras del río Congo, rumbo al corazón oscuro de África; lo más recóndito del imperio de Leopoldo II de Bélgica. Se le encomienda ir al encuentro de un tal Kurtz, un personaje que a medida que Marlow avanza en la espesura, torna cada vez más fantasmagórico. La travesía para el marino inglés torna una temporada en el infierno. Y si acaso llega a topar con el esquivo Kurtz, es para descubrirse a sí mismo, cual Ulises, aunque devastado, sin retorno y recompensa, encarado irremediablemente al horror.

Si en su momento, el relato conradiano fue visto como denuncia de la crueldad sin límites del espolio de Europa contra el continente africano, casi 80 años después sirvió el arquetipo para mostrar los horrores de la Guerra de Vietnam. Marlow muta en Willard, un capitán de los boinas verdes estadounidenses; Kurtz, es un coronel del mismo cuerpo que decide por cuenta propia llevar la guerra a su extremo más salvaje y así poner las cosas como son, sin doctrina ni razones del Pentágono. No hay duda, una de las puestas en escena de la guerra más notables de todos los tiempos, es precisamente un película anti bélica.

Y llegados a la venezolana Jericó, el argumento universal se metamorfosea en el hábito desgarrado de un misionero embarcado en una de aquellas expediciones feroces tras el espejismo de El Dorado, en los albores de esta “Tierra de Gracia”. El relato informa, entonces, sobre la hendidura profunda que saldó la Conquista española del Nuevo Mundo. Una vez más, el río y la selva ignota manifiestan metáforas infernales.

Tanto Apocalipsis Now como Jericó tributan de un poderoso afluente de la épica de Conrad: Aguirre, la ira de Dios del alemán Werner Herzog, filme estrenado en 1972, sobre la aventura no menos diabólica del famoso Tirano, conquistador rebelado a la mismísima Corona que también quiso hacer las cosas a su modo, desprendido de toda fe, sin sujeción al libre albedrío; la ira pura de un hombre hecho bestia.

Recordado por estos días en varias publicaciones a uno y otro lado del mundo anglosajón, Joseph Conrad trasciende siempre los onomásticos. Es un autor difícil de obviar o apartar para quien ame la literatura; también el cine.