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Cuestión de estilo

El escritor Víctor Alarcón habla en esta reseña del autor Carlos Colmenares Gil y de su obra " Versiones de Martha" publicada en 2016 por Igneo y establece un enlace entre éste autor y el escritor jamaiquino Marlon James

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Marlon James, en A brief history of seven killings, afirma que Jamaica nunca está mejor ni peor, simplemente encuentra nuevas maneras de permanecer igual. Una sentencia aplicable, sin muchos cambios, a la mayoría de los países caribeños, incluyendo aquellos con costas en tierra firme. Por otro lado, uno de los personajes de esa novela recuerda que su vida es, tan solo, una serie de planes B. Esas dos certezas resumen una pulsión muy propia de esta parte del planeta.

¿Cómo conciliar que el orden de las cosas no se modifique con el paso de los siglos? Hay movimientos, giros inesperados, transformaciones aparentes, pero la esencia, la estructura profunda, se mantiene igual. Para decirlo con Carlos Colmenares Gil: “sentiremos que algo cambiará / pero nada cambia”. ¿Cómo se afecta la historia cotidiana si se vive bajo esta premisa? Enfrentar un tránsito siempre agitado, como las lenguas del fuego, puede parecer una metáfora para la purificación. Sin embargo, también se entiende como un consumirse a sí mismo que culmina en el vacío de las cenizas.

Quizás uno de los aspectos fundamentales en este planteamiento sea recordar que los personajes de James, como los territorios que habitan, parecen vivir de prestado. Las colonias del Caribe, en buena medida, se asentaron como campamentos temporales, con la atención en la metrópoli de origen o en el continente codiciado. Cómo encaran su día a día los habitantes de un territorio destinado a ser un préstamo: hay que tener a la mano un plan B. Así se mueven los protagonistas de Carlos Colmenares Gil en Versiones de Martha, editado por Ígneo.

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Los cuentos de este autor buscan un sentido que tiende a escabullirse. En “el porqué de sus peinados”, un narrador cuenta su relación con una chica que conoce en una fiesta infantil o en una patrulla de policía, dependiendo de la versión que se siga. La historia avanza en un contrapunto entre las dos posibilidades y desarrolla el nudo amoroso que lleva al personaje central a conocer al hermano de la muchacha, un adicto a la heroína pasado por la rehabilitación religiosa. Hacen el amor pero

… en realidad no tiramos, yo se lo iba a meter sin condón, pero ella se asustó, luego se convenció pero yo me asusté, así que lo hicimos de otra manera, o no lo hicimos, depende de cómo se vea.

Después ella anuncia que se irá de viaje a Madrid y acuerdan no quedar en nada. Suben a acampar a El Ávila, comen hongos y, en medio del viaje, se confiesan sus crisis existenciales, de las cuales no nos enteramos porque el narrador está ocupado describiendo los efectos de la droga. La historia culmina con un par de mensajes y una conversación por chat donde repiten un par de lugares comunes y verbalizan la pregunta que nos estamos haciendo sobre Versiones de Martha: “…sería un cuento desordenado y malísimo: marihuana, tatuajes, Caracas, El Ávila. La supuesta narrativa urbana de mierda…”.

Sí, las historias son desordenadas y caóticas; en buena medida no pasa nada. El conflicto siempre está por abordarse o, a veces, por aparecer. Brincamos de anécdota en anécdota, las cerramos, las entreabrimos o las dejamos como un cabo suelto, y al final acabamos con una serie de movimientos que no han conseguido trasladarnos al centro del mapa.

El estilo enlaza las diferentes islas de acción y nos mantiene atados a la lectura. La prosa es directa y sencilla, siempre limpia de elementos superfluos. Incluso la oralidad, normalmente una marca que se destaca y altera el ritmo, se convierte en parte del flujo que desenvuelve la historia sin aspavientos. Así, como el tránsito monótono de los días sin estaciones, pasamos las páginas.  

Algo similar ocurre en “con el cuerpo sí”. Abre con “una leyenda pemona que dice que si alguien te hizo daño una vez y luego lo vuelve a hacer, los espíritus lo perdonan porque ha sido consistente”. Después detalla anécdotas sobre una enfermedad que pinta de azul la piel de sus víctimas, las experiencias de la protagonista trabajando en una tienda de ropa para gordas y algunas relaciones amorosas, para descubrir en la última página que ha “estado divagando quizás egoístamente en asuntos que no conocías del todo, sin ningún propósito”; una larga carta sin conclusión.

El estilo de la epístola esboza el funcionamiento de los cuentos: inician con una certeza, con la intuición de una respuesta o una epifanía; el narrador pasa de suceso en suceso asegurando que, en algún momento, llegará a ese punto; pero el núcleo siempre nos evade. La atención del lector se asienta en la posibilidad sin realizarse.

En las líneas finales, nos depositan en el vacío con calma y nos exponen que esa ausencia, ese anhelo extraño por un eje distante e inasible, es el mensaje.