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De la verosimilitud y el pacto de la ficción

La verosimilitud en la narrativa de ficción tiene sus propias reglas; Este es el tema que Fedosy Santaella resuelve con su acostumbrado ingenio en su artículo de hoy

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La verosimilitud en la ficción ha de darse dentro de un mundo dado y con unas reglas dadas para ese mundo. Es decir, lo verosímil no necesariamente tiene que ver con lo real, con las reglas lógicas, físicas, químicas, biológicas de nuestro mundo; lo verosímil es creíble dentro del universo representado y dentro de las reglas de ese universo que están puestas sobre la mesa desde el inicio de la escena o de la historia.

Pensemos en las escobas voladoras de Harry Potter, las famosas Nimbus 2000. Esas escobas se usan para volar, ¿cierto? En el mundo nuestro una escoba no vuela, y nadie, en su sano juicio se atrevería a contradecir esta afirmación. Pero en el mundo creado de Harry Potter las Nimbus 2000 vuelan, y eso lo sabemos desde el primer momento que se nos muestra una de éstas.  No obstante, si en cierto momento de la historia vemos que Harry Potter pierde su varita mágica, y que, enfrentándose a Voldemort, usa la escoba para disparar rayos mortales contra él, entonces esto se volvería inverosímil. Aceptamos dentro de las reglas del mundo creado que la escoba vuele, pero nunca se nos dijo que la Nimbus 2000 también disparaba rayos que podrían acabar con la existencia de Lord Voldemort. Si eso llegase ocurrir, entonces estaríamos dentro del terreno de lo inverosímil porque, sin duda, la historia está rompiendo con las reglas del mundo creado y presentándonos una solución de última hora, el famoso deux ex machina, que no es más que una solución traída de los pelos, una falta de conexión entre las partes de la trama. Si por el contrario, al inicio, Harry en un sueño escucha una voz que le dice que en la escoba además hay un fuego, y que luego, más adelante, intentando volar la Nimbus, un chispazo en el extremo delantero de la escoba lo sobresalta, entonces, sí podría aceptarse que Harry pueda disparar rayos con la escoba para atacar a Voldemort. ¿Por qué? Porque tales antecedes se convierten en nudos de la historia que la someten a una tensión dinámica donde todos esas partes están entrelazadas.

Dumbo vuela pero si intentara ser más humano de la cuenta, el público lo rechazaría.

En la más reciente película de Dumbo, vemos a un elefantito que, durante toda la película presenta comportamientos muy acordes con su condición de animal. Es decir, Dumbo no habla y, aunque es muy simpático y se relaciona bien con las personas, durante buena parte de la película Dumbo está poco humanizado. Pero, en cierto momento de la cinta, muy crucial, Dumbo comienza a accionar palancas en una torre de control y lo hace con una inteligencia cercana a la humana, pero también como si conociera a la perfección la función de cada palanca cuando jamás había estado en el sitio. Esto, sin duda, resulta a todas luces inverosímil. Burton y sus guionistas han roto las reglas de mundo que hasta hora llevaban: Dumbo es un elefantito tierno de orejas enormes pero con pocas acciones comparables a la humana.

En Biografía Literaria de 1817, Samuel Taylor Coleridge introduce el concepto de la fe poética o pacto que hay entre el lector y la historia.

Cuando se rompe la verosimilitud, se rompe también el pacto que hay entre el lector y la historia. Hablamos de la llamada suspensión momentánea de la incredulidad de la que escribió Coleridge en el capítulo XIV de su Biografía literaria y que él llamó —a esa suspensión— la fe poética. El lector, o el espectador, se sentirá defraudado e incluso podría dejar la lectura o, con la mejor de las suertes, continuarla sólo por un gesto amable que tiene mucho de bondad y condescendencia.

Ese pacto puede romperse si, por ejemplo, tenemos un personaje sin estudios, ladrón o asesino, que hable con palabras cultas y pronuncie muchas en francés, alemán o latín. No hay nada, ningún otro elemento que justifique que en este mundo creado el personaje hable de tal manera. No digo que no sea posible, digo que no hay nudos que establezcan esa tensión interna. Hay allí digamos, un cabo suelto. Si dijéramos, en cambio, que este personaje, durante su niñez vivió en una escuela de monjas, y que en la biblioteca leyó muchos libros y además una monja de edad avanzada le enseñó latín, francés y alemán, pues entonces sería más creíble. Claro, cabría preguntarse cómo, habiendo recibido esa excelente educación, el hombre siguió por el camino del mal. La respuesta quizás no resulte tan complicada, asesinos y ladrones de cuello blanco hay por doquier sobre la faz de este planeta. Pero, con todo, habría que presentar las razones por las que este personaje es cómo es. Es decir, la ficción, con respecto a la verosimilitud, debe ser esférica, para tomar el término de Cortázar, completa en sí misma, contenida con todas sus razones hacia el interior del texto. Y digo con respecto a la verosimilitud, porque considero que un cuento literario cuenta más desde lo que no dice que desde lo que sí dice, pero este es un asunto más de estrategias que de verosimilitud. Lo que interesa acá es comprender que lo inverosímil tiene que ver con las conexiones estructurales de la ficción.

«La relación entre la ficción y la verosimilitud debe ser completa en sí misma», decía Julio Cortázar

Puede haber, claro está, inverosimilitudes involuntarias, que surgen por ignorancia o descuido. Puede que alguien escriba un relato donde un griego antiguo use la palabra homínido, cuando para ese momento la palabra no existía, o que un escritor, por ignorancia, escriba que una persona usó una licuadora en el año 1910, cuando la licuadora fue registrada en 1922 por  Stephen J. Poplawski, luego de estarla probando durante siete años (es decir, la fecha más lejana a la que podríamos hacer referencia un modelo de licuadora es la de 1915, pero nunca 1910). Esto, evidentemente, es un pequeño detalle que posiblemente pase desapercibido, pero es factible que se den otras imprecisiones históricas mucho más graves. Tales errores, que también podríamos llamar anacronismos, le restarían a la historia esa apariencia de cosa real.

Pero en definitiva es fundamental comprender que en una trama, bien sea una novela o un cuento, nada es inocente, nada está dejado al aire, nada tiene puntos de fuga hacia el vacío. Todo en una narración significa; los nudos establecen, ya se ha dicho, esa tensión interna. La verosimilitud vendría a ser, según esta mirada mía, un elemento desestructurado que aparece en algún momento de la trama y que puede acabar de golpe, de porrazo, con ese importantísimo pacto de credulidad que se establece entre el lector y el texto de ficción.

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