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El día que me quieras de 1979 o de 2017

Con Socrates Serrano como Gardel, vuelve la obra más aclamada de Cabrujas. Bajo la dirección de Héctor Manrique, se presenta en el Trasnocho a partir del 20 de enero

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I

Cuando en 1979 fue estrenada El día que me quieras, Héctor Rodríguez Manrique, un adolescente, apañó una codiciada butaca del Teatro Alberto de Paz y Mateo gracias a que su padre, el irreductible Héctor Rodríguez Bauza, pieza clave en la producción de El Sádico Ilustrado donde Cabrujas era pluma mayor, lo llevó a conocer Siberia. Y el tango. Y el gomecismo. Y el teatro:

El impacto que le produjo la obra le hizo concluir que, en realidad, lo único que quería era ser actor y además quería vivir la vida de esos personajes. Y le tocó vivirla 26 años después, pero bajo la dirección de Juan Carlos Gené: le tocó vivirla por la vía de la experiencia y dramas familiares, interpretando a Pío Miranda, un personaje que personificaba el fracaso: en los 70 la izquierda insurreccional había sido derrotada y Pío Miranda es un fracasado, y eso, más el ímpetu que Fausto Verdial le impuso al personaje, lo conmovió y lo marcó para siempre. Por eso todas las noches, y lleva más de doscientas haciéndolo, defiende la vida austera del padrecito Stalin y jura y perjura que en el socialismo llegas a un mercado y dices dame, dame, dame y el vendedor (o el empleado) te dice toma, toma, toma.

Esa es la noticia. En los pasillos del Teatro Trasnocho, entre camerinos y nervios, trajes que requieren una pasada de plancha y mucho maquillaje y gomina para ponerle lisito el peinado a Sócrates Serrano, el elenco se dispone a repetir lo que cientos de veces ha hecho, la magia y seducción teatral. Nadie actúa dos veces la misma obra ni se baña en el mismo río. No obstante el ojo avizor de José Ignacio Cabrujas, el autor, y de Juan Carlos Gené, el director, planea sobre un elenco que se goza la obra pero se pregunta si habrá que darle mayor inflexión a una frase, (re)correr y re(conocer) el escenario mil veces visitado y apostar a que las cabecitas adoradas de Mary, Peggy, Betty y Julie  arrancarán aplausos al final del contagioso fox. Todo está dispuesto para el ensayo general, pero el fantasma del teatro sigue invicto tras bambalinas.

Las cosas han cambiado y también la distancia de las puestas de Cabrujas a Gené, admite Héctor Manrique: hoy los Pío Miranda conducen el país. Con Gené se hizo un trabajo compositivo del personaje porque las cosas (la historia) habían cambiado. Un Pío Miranda que transita de Fausto Verdial a Héctor Manrique. Se estudió la manera de vestir, la manera de caminar, de gesticular, de peinarse el personaje para presentar al hombre mentiroso que brilla a partir de las profundidades de la mediocridad, no de las virtudes, para que el espectador llegue al convencimiento de que  esas utopías sólo nos llevan al delirio y el dolor.

Los bruscos cambios de la historia, Perestroika, muro de Berlín, el fin de la historia, son hechos que inciden en la puesta de El día que me quieras. Dice Manrique: El día que me quieras es una obra que conecta, que molesta al hombre de izquierda porque es una obra sobre el fracaso. Estos individuos que hoy están en el poder mintieron, por eso El día… es una obra con mas vigencia que antes y con mayor profundidad, de allí que la dirección de Gené sea más orgánica y menos festiva. Concluye Manrique, director-actor que viste el personaje: «Todo el que proponga una utopía, a menos que sea un artista, es un irresponsable porque en la economía no hay utopía». Pío Miranda, le recordó Cabrujas a Manrique, es un mediocre; un hombre que tiene diez años de noviazgo con una mujer y ni siquiera es capaz de llevarla a la cama, es un irresponsable. De allí que haya un público que vibra a carcajada batiente el primer acto pero siente urticante la segunda porque en el pensamiento de radicales y nostálgicos del Muro, la obra ridiculiza al camarada Pío Miranda, incapaz de una machura en suelo patrio o de tomarle la palabra al cuñado Plácido, y  llevarse a María Luisa a un koljós y tomar como quien dice…el poder.

II

Foto: Sergio Gómez Antillano
Héctor Manrique y Sócrates Serrano Foto: Sergio Gómez Antillano

Sócrates Serrano reúne todas los elementos para ser un extraordinario Gardel, camaradas, para llenar el vacío que dejó Iván Tamayo cuando al asumir compromisos actorales en México renunció a la ola de suspiros que su sola presencia provocaba entre el público femenino al final del primer acto. Buenas noches, soy Carlos Gardel. Héctor Manrique, el director,  pronto vestirá el traje y la moral de Pío Miranda, halla no poca genialidad escritural en José Ignacio Cabrujas quien durante los 45 minutos del primer acto tiene a la familia Ancizar, con la excepción de Pío Miranda,  llenándose la boca hablando maravillas de un ser que acaba de arribar a La Guaira y que ni más ni menos es lo más grande que ha pisado este extravío de la historia después de Cristóbal Colón. Eso pasó con Jean Carlos Simancas, el clásico, con Héctor Mayerston, con Gustavo Rodríguez, con Karl Hoffman, con Roberto Moll, con Iván Tamayo, todos los Gardeles de Cabrujas que ahora retan a una descollante figura, Sócrates Serrano, a que cuando tome el testigo repita la hazaña, a que vaya a casa de los Ancizar y les transforme sus vidas para siempre.

El director Manrique, quien conoce a Serrano desde los tiempos del Grupo Actoral 80 (GA80), fundado por Juan Carlos Gené,  y ha visto su poderoso desempeño en La Pluma del Arcángel y Terror, no tiene dudas de su buen desenvolvimiento en el papel del Morocho del abasto. Razona: Es muy alto, tiene una gran galanura, es buenmozo y posee una enorme rigurosidad como actor. Y cuando aparezca en el escenario producirá entre las mujeres eso que tu llamas un pantaleteo y de corrido le hará parpadear la virilidad a más de un hombre. (Y les revolverá la historia desde la masacre de los caquetíos hasta la llegada de los andinos, con las tragicómicas consecuencias de que aquí llegó un loco y nos extravió a todos). Habrá pantalateo, sin pantalateo el personaje no existe, asevera Manrique, próximo a enfundarse el traje marrón del oscuro maestro nocturno que tiene diez años llegando puntual a la cita con María Luisa…a la hora de la cena.

III

Foto: Sergio Gómez Antillano
Foto: Sergio Gómez Antillano

El muchacho de 17 años fue a la oficina de Rodolfo Izaguirre porque su padre lo mandó. Ve allí, a la Cinemateca Nacional, que él te orientará, le dijo. Izaguirre, que sabía del modesto futuro que le esperaba al cine en Venezuela le habló de un tal José Ignacio Cabrujas; ve allí, le dijo. El muchacho fue al Nuevo Grupo porque Rodolfo Izaguirre se lo recomendó. Cabrujas, que tenía una voz envolvente y seductora, le dijo, vaya donde Juan Carlos Gené, el sabe más que todo el mundo aquí de esa vaina. El muchacho fue donde Juan Carlos Gené, que era un hombre afectuoso y con tendencia a irritarse por nimiedades, y éste lo metió en sus primeros talleres teatrales. Lo demás es historia. El muchacho fue Héctor Rodríguez Manrique durante un sinfín de montajes hasta que en un programa de mano el primer apellido se extravió y desde entonces el Rodríguez quedó para el papeleo y la burocracia. Lo demás es historia.

Juan Carlos Gené, atestigua el alumno de Gené y Enrique Porte Acero,  sentía por José Ignacio Cabrujas una profunda admiración y lo consideraba el dramaturgo más importante de América Latina. Cabrujas pensaba lo mismo de ese argentino huraño: ese tipo sabe más de esa vaina que cualquiera de los de aquí. Cuando Gené, argentino sin disimulo, vio El día que me quieras, por el trato que Cabrujas le daba a los argentinos en la figura de Carlos Gardel, tuvo la convicción de que había llegado a Venezuela. En el año 2005, siendo director del teatro San Martín de Buenos Aires, atendió el llamado de sus exalumnos del GA80 para hacer una vaina en Venezuela y la elección no fue difícil: El día que me quieras, que luego de doscientas funciones tiene sala vendida para una larga temporada. Y lo demás es historia.

IV

«El teatro que más me gusta es el teatro lleno», dice Héctor Manrique con probado éxito de taquilla y reposiciones a petición de público.  Art, Monólogos de la vagina, Sangre en el diván, La cena de los idiotas… De Cabrujas ha dirigido con gran éxito Acto cultural, El americano ilustrado y Profundo. No hay razones para temerle al éxito o a lo que los apocalípticos llaman, el falso fervor de las mayorías. De allí el reto que exige un clásico del teatro venezolano con auditorios que de tanto agotar las funciones, siguiendo a cada elenco, hacen del espectáculo algo predecible: ahora dicen, ahora viene aquello, quién puede dormir en paz cuando ha descubierto que existe la República de el Salvador, ¡ay Manrique!

Créditos con ADN. Juan Carlos Gené (Dirección), Sócrates Serrano (Gardel), Héctor Manrique (Pío Miranda), María Cristina Lozada (Elvira Ancizar actriz cabrujeana por donde la mire), Juan Vicente Pérez González (Plácido Ancizar tomando el testigo de Basilio Álvarez), Martha Estrada (María Luisa Ancizar, pues ya creció en penas de amor para seguir siendo virgen, y si le es dado, llegará un día que será Elvira), Juan Carlos Ogando (Le Pera) y Angélica Arteaga (Matilde). Carolina Rincón (producción), Eva Ivanyi (Vestuario, testigo cercano de la concepción de la obra: era en ese momento la esposa de Cabrujas), Carlo di Pascuo (escenografía),  Joseíto Jiménez (iluminación). Y lo demás es historia.