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#DiarioTeatral (“Caracas a 450 grados”)

Sobre la obra de Moisés Rivas, que estará en el Centro Cultural Chacaho 23 y 24 de septiembre

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Sobre la memoria

En Caracas a 450 grados, la nostalgia es la principal protagonista.

La nostalgia por una ciudad.

He sacado de la poesía que las ciudades nos identifican, que nacer en una ciudad específica forja una identidad cultural ¿Somos lo que nuestra ciudad nos hace o, por el contrario, hacemos la ciudad y es ella la que es reflejo de nosotros? La crisis del lugar urbano contemporáneo, como reza el título de Claudia Peñaranda Fuentes, hace nacer la idea de la pérdida de este espacio.

Siempre he pensado que el venezolano apela al pasado de una ciudad que en la actualidad desconoce. Es una sensación que debe ser similar a verse en un espejo, y no reconocerse, tal y como ocurre en aquel cuento de Oliver Sacks, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

Se le achaca al venezolano, en canto popular, su falta de memoria, pero nadie apunta a su falta de reconocimiento, de identidad. Hoy por hoy esta identidad está forjada y forzada en un patriotismo cursi y picaresco, a lo Tío Conejo.

La nostalgia tiene mucho de identidad. La forma en la que recordamos nos habla de lo que somos como individuos y como grupos. Recordar es una forma de mantenerse vivo.

Mariana Tamaris y Roberth Aramburo Foto: Daniel Dannery
Mariana Tamaris y Roberth Aramburo Foto: Daniel Dannery

A Caracas se le recuerda (en presente) por varias razones y muchos de los que la recuerdan ya no viven en ella. Recordar es una forma de llenar el vacío del presente. Recordar también es una forma de aferrarse.

Cuesta pensar cuál es la nostalgia a la que recurren muchos jóvenes -entre los que me incluyo- para recordar. Cuando regreso a la Caracas de mi adolescencia, apelo a sus calles. Siempre he sido un transeúnte. En los 90 y tempranos 2000 me quejaba porque la capital no tenía papeleras –aunque sí las había-. Me molestaba tener que guardarme la basura siempre en un bolsillo y pensaba: “¿por qué no existen dos papeleras por cuadra?”. Eso me parecía lo lógico: éramos entre 2 y 3 millones de habitantes.

Una ciudad sin papeleras, me decía, es un lugar que promueve la desidia. Me quejaba de que en esta metrópoli los transeúntes habían olvidado caminar. Además, pocos iban por su derecha y todos preferían andar por la izquierda. Vaya metáfora de sociedad.

Detenerse a pensar en la Caracas que muerde, (que es también traer a la memoria el libro de Héctor Torres, el PIM PAM PUM de Alejandro Rebolledo, y el Salsa y control de José Roberto Duque), es recordar que Caracas nunca ha mordido de forma amistosa. Caracas siempre ha sido violenta, pero las políticas de Estado antiguas, al menos jugaban con la fantasía de la justicia y obraban.

Recordar lo más malo, y no lo más peor

Un país donde hasta el año 2016 se reportaron 28 mil muertes violentas y en el que años tras año, las cifras siguen en aumento. La ciudad cumple 450 años, los celebra buscando donde pertenecer, a 450 grados de temperatura: hirviendo.

Lo hace la ciudad que fue de techos rojos y pronto se convirtió en ranchos rojos. La del Gran Café, bulevares, rajatablas, Parque Central, Metro C.A., en eterno retorno al primitivismo -por supuesto sigue sin papeleras-.

Caracas selvática ¿Nos enseñarán a ir de cacería? Pues no. Pese a llevar a cuestas la “materia educación militar” -lo más cercano a la vida en las cavernas- el conejo vendrá en una caja. Y una ciudad sin capital, en el sentido más marxista de la palabra, es una utopía social cercana al regreso al origen, uno donde te embalan el conejo, porque vaya usted a saber que hicieron con las vacas y los cerdos.

Bajo estas estrellas, la memoria de muchos jóvenes pareciera ir hacía lugares que también fueron utópicos. Utopías, producto de circunstancias políticas y sociales. Ahí tienen de ejemplo los dos Carlos Andrés Pérez, dos caras de una moneda.

¿Así fue la Venezuela de Chávez, y así es la de Maduro? ¿Cómo dos caras de una moneda? Una de las tesis que Carlos Oteyza explora en su documental CAP: 2 Intentos. De visionado obligado para indagar sobre la Venezuela pérdida en su historia moderna.

Sobre Caracas a 450 grados

Moisés Rivas experimenta con el recuerdo en este montaje. En su historia, un joven caraqueño interpretado por Emmanuel Barroeta, apela a los libros para entender una ciudad que “conoce”, pero no reconoce. El espejo se hace presente. Lo hace el día de su cumpleaños. A partir de ese juego literario, a modo de antología, Rivas intenta crear una narración temporal a través de la historia de nuestra ciudad. La Caracas de hoy, invadida por el fantasma de la Caracas de ayer.

Sthefany Marquina y Álvaro Rjas Díaz en la guitarra Foto: Daniel Dannery
Sthefany Marquina y Álvaro Rjas Díaz en la guitarra Foto: Daniel Dannery

El trabajo, en ese sentido, recuerda mucho a las revistas que Federico Pacanins ofrece con sus estudiantes de la Universidad Monteávila. Mientras Pacanins se enfoca en hacer valer la palabra sobre el artificio, Rivas plantea un juego donde la actuación física prepondera sobre la verbal. Un cuerpo de baile integrado por actores y profesionales de la danza va reconstruyendo este camino temporal.

La poesía, narrativa, música y crónica, tropiezan tal y como los usuarios una vez que un vagón del Metro abre sus puertas en la hora pico. Es precisamente este viaje en el transporte capitalino el detonante inicial de la historia que Caracas a 450 grados propone, literal y metafóricamente. Su primera escena así lo corresponde.

Es una excusa para partir hacía un viaje al pasado, donde las fiestas de plaza, las señoritas de ventana y la bonanza petrolera se convierten en los hilos de la historia.

O también es una especie de dramaturgia exploratoria para temas propios de nuestro imaginario: la violencia, la libertad, el romanticismo, la imaginación.

Quizá es un juego teatral para nostálgicos y amantes de la danza. Un teatro joven y más experimental.

Caracas a 450 grados, se estará presentando en sus dos últimas funciones el 23 y 24 de septiembre a las 4:00 p.m., en Sala La Viga del Centro Cultural Chacao.

 

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