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Ednodio Quintero: Soy escritor por vocación y destino

El narrador venezolano acaba de publicar una nueva antología titulada "Cuentos salvajes"con la editorial española Atalanta y cuyo prólogo fue escritor por Enrique Vila-Matas

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“La imagen que tengo de mí mismo es cambiante y fugaz.  Imprecisa como si la contemplara a través de un cristal engañoso.  ¿Proteica?  Casi siempre insatisfactoria.  Varía con las luces y las sombras. No obstante, el paso del tiempo no altera su esencia.”

Autorretrato ( fragmento).

 

Al momento de iniciar esta entrevista Ednodio Quintero estaba mal de la vista, así pasaron días y semanas, entre luces y sombras respondiendo de a poco los correos y los mensajes de WhastApp, pero valió la pena, más que el diálogo entre un autor y una periodista, Quintero no fue egoísta con su verbo y reflexiona sobre su narrativa, su obra literaria y su oficio como escritor.  Quizás no quiera pensar en sus memorias literarias; sin embargo aquí hay luces de aquel joven que escribió su primera novela La danza del jaguar, que no imaginaba que muchos años después se convertiría en referente de la literatura venezolana e hispanoamericana.

 

Ednodio Quintero a los siete meses de edad

—Ud. en su libro de ensayos Visiones de un narrador escribió su autorretrato, que también incluye en su más reciente antología, Cuentos salvajes. ¿Cambiaría hoy algo de ese autorretrato?

—Para responder tu pregunta tendría que leerlo de nuevo.  Y no acostumbro asomarme a mis escritos de hace un millón de años.  No cambiaría nada, por supuesto.  ¿Qué habrá cambiado?  Supongo que los surcos en mi rostro serán cada vez más profundos, al igual que los trazados por una yunta de bueyes en un terreno árido y seco.

—¿Ha pensado en escribir un libro de memorias?

—Si tu pregunta se refiere a “Käikousé —hacia un ars narrativa” me parece que no se trata de una autobiografía, en todo caso sería una muestra mínima de ciertos episodios en la vida de un escritor.  Pero no hay ahí materiales suficientes para hablar de autobiografía.  Y en cuanto a la escritura de un libro de memorias, para decirte la verdad nunca me han motivado las modas en el mercado editorial. Hasta la fecha no se me ha ocurrido algo parecido, pues de hacerlo estaría creyendo que tengo algo importante que decir o que mi vida vale la pena contarla.  Sin embargo, algunas peripecias de esa vida, la única que he tenido, la que sea, se han filtrado en mis escritos transfigurados por la ficción, como es el caso del último relato de Cuentos salvajes, titulado “Viajes con mi madre”.  Ahí encuentras anécdotas basadas en recuerdos de infancia, pero predomina la invención.  Como dice un personaje en El pozo, la primera novela de Juan Carlos Onetti: “…las palabras son más poderosas que los hechos”  No descarto, sin embargo, escribir in extenso acerca de mis vicisitudes y aventuras en este mundo hostil y bello que me ha tocado vivir.  Preferiría hacerlo en una conversación face to face, durante cien horas, con alguien interesado en la vida de un idiota que escribe.

—Vila-Matas lo define como “un escritor de antes”. ¿Ud. cómo se definiría como escritor? Y en esta época en la que abundan las maestrías de escritura creativa y las redes sociales ¿cómo se forma y se hace un escritor?

—Entiendo a Enrique cuando me ubica entre los escritores de antes, pues él también pertenece a esa tradición.  Creo que ambos somos unas raras avis.  Soy escritor por vocación y destino.  Soy un narrador.  Independientemente de los méritos o desaciertos de mi escritura, no puedo hacer otra cosa que escribir.  Y, por supuesto, intento hacerlo con plena libertad, sin atender el ruido que genere o no en el mundo exterior, incluyendo esa algarabía de grillos que son las redes sociales.  Para darte un ejemplo, los primeros relatos de Cuentos salvajes fueron escritos en 1968, en la casa de mi padre, un páramo perdido de Trujillo, durante mis vacaciones de agosto.  ¿Qué crees que pensaba alguien de veintiún años en aquella época hace ya más de cincuenta años?  Ya no me acuerdo, pero estoy seguro que no pensaba para nada en el eco de aquellas solitarias invenciones.

No tengo nada contra las maestrías de escritura creativa, pero no me veo en alguna de ellas como alumno, tampoco como profesor.  No creo que existan fórmulas para aprender a escribir.  Tal vez lo único que me atrevería a recomendarle a un aprendiz de escritor es que lea al menos seis horas al día, y si le queda tiempo, que comience a escribir hoy mismo.

—Acaba de ser publicado con la editorial Atalanta su antología Cuentos salvajes, publicada anteriormente por El Estilete de Caracas con el título de Cuentos completos.  También con la editorial Candaya había recopilado parte de sus cuentos. ¿Se siente más cómodo en este género que en la novela?

El más reciente libro de Quintero; » Cuentos Salvajes»

—Eso de “cómodo” me suena extraño… y ajeno.  Dije al principio que soy un narrador.  He escrito cuentos de 3 o 5 líneas o de 30 páginas como los que figuran en Cuentos salvajes.  Y he publicado trece novelas y mantengo inéditas otras dos, más un par en proceso.  La danza del jaguar tiene 350 páginas y Confesiones de un perro muerto alcanza las 420.  Si señalo estos detalles es para enfatizar que me muevo como pez en el agua en la narrativa, en cualquier formato y sin hacer distingos de género.  Se podría decir que mis cuentos han tenido mejor fortuna que las novelas, pero esto es bastante relativo. Con Candaya he publicado dos libros de cuentos, Combates y Ceremonias, y también dos novelas, Mariana y los comanches y El amor es más frío que la muerte.  Mi novela El hijo de Gengis Khan sale este mes de septiembre en edición bilingüe español-francés, en Lyon.

«Como escritor me atengo a la idea de Beckett cuando dice: Ser artista es fracasar, como nadie más se atreve a fracasar” , afirma Ednodio Quintero.

—En su caso se le ha reconocido como parte de una tradición literaria, es decir se le incluye entre los grandes autores del cuento en Latinoamérica.  ¿Hasta qué punto Ud. se siente parte de esa tradición?

—Es un honor que se me incluya en tan prestigiosa tradición.  Por supuesto, me siento heredero de Borges, Rulfo, Onetti, Cortázar, García Márquez, Díaz Solís, Ramos Sucre, Monterroso, para sólo nombrar unos cuantos cuentistas, pero creo haber recibido también lecciones (ojalá que influencias) de Poe, Maupassant, Bierce, Chejov, Kafka, Calvino, Salinger, Akutagawa, Tanizaki y una larga lista de escritores de cuentos de la literatura universal, que se puede remontar incluso al Decamerón de Boccaccio y Las mil y una noches.

Es cierto, sin embargo, que como escritor uno se inscribe en su propia tradición, es decir en su lengua materna, y la mía es el castellano.

-Ha dicho en reiteradas oportunidades que sus primeros libros eran muy inocentes, pero si tuviera que escoger uno de sus cuentos, cuál escogería y por qué; es decir quizás un cuento donde el lector pueda encontrar el universo literario de Ednodio Quintero.

—No recuerdo haber utilizado el término “inocente” para calificar o descalificar mis primeros cuentos. Por supuesto, vistos en perspectiva mis dos libros iniciáticos, La muerte viaja a caballo y Volveré con mis perros, no me satisfacen.  Tuve la suerte para recopilaciones posteriores de reescribir algunos de aquellos cuentos y también de eliminar un grupo considerable.  De lo que se podría llamar mi época de aprendiz, aunque no figura en los libros citados, sigo prefiriendo “El combate”.  Tal vez sea mi mejor cuento, qué se yo.  Pienso que esos calificativos carecen de relevancia.  Tal vez lo que importe no sea más que crear alguna forma de extrañamiento en el lector.  Como apuntaba Juan Carlos Onetti: “Nada de lo que es importante puede ser pensado, lo importante debe arrastrase inconscientemente con uno como una sombra”.

Ednodio Quintero en el Templo Meiji,Tokyo. El escritor asegura que la cultura japonesa ha dejado una huella profunda en él.

—¿Alguna vez ha pensado qué hubiera sido de su obra literaria sin la influencia de Japón?

—Es curiosa y tal vez pertinente tu pregunta.  Si nos limitamos a los relatos que aparecen en Cuentos salvajes, me parece que esa supuesta influencia está bastante diluida.  No obstante, me ha llamado la atención que un cuento mío, “Tatuaje”, escrito si la memoria no me falla en 1970 y reproducido según un experto en el mundo digital en más de 300 páginas web, tenga un remoto parecido con un famoso y espectacular cuento de Tanizaki, “El tatuador” (“Shisei”). Y hasta dónde he podido averiguar, revisando el ejemplar de Cuentos crueles de Tanizaki, título por demás arbitrario en su traducción al español, aparecido por aquella época, es casi seguro que mi lectura de “El tatuador” es posterior a la escritura de “Tatuaje”.  Estos son temas que fascinan a los críticos, y a mí me divierten.

Más adelante, impactado por la lectura de la novela de Kôbô Abe, El rostro ajeno (Tanin no kao), escribí Confesiones de un perro muerto, mi novela más perversa… Y aunque no sé si la influencia de este magnífico escritor se deja notar, su presencia durante la escritura de Confesiones fue para mí fundamental.

Otra cosa, y aquí sí que hay bastante tela para cortar, lo que cuenta de verdad ha sido la influencia que me han aportado mis dos años viviendo en Tokio.  Pues ahí, más allá de la lectura de centenares de libros de literatura japonesa a lo largo de cincuenta años, el hecho de sumergirme en una cultura viva tan diferente a la nuestra debe haber dejado una huella profunda en mi imaginario y en mi visión del mundo.  Y además de los inevitables cambios en mi personalidad, pues nadie vive impunemente en aquel exótico y refinado y extraño país, supongo que esa impronta aparece (o aparecerá) también en mi escritura. Pero esa tarea habrá que dejársela a los lectores. ¿Qué opinas tú?

—De la escritura nadie sale ileso. ¿Cuáles son sus heridas?, ¿sus fracasos?

—¿De qué hablamos cuando hablamos de heridas y fracasos?  “Escribir es un oficio de perros” decía Flaubert.  En cambio, Stendhal decía que “Escribir es un placer denso y profundo”.  Estoy del lado de Stendhal, por supuesto. La escritura siempre me ha proporcionado placer.  Más que placer, escribir es mi manera de estar en el mundo.  Y como nunca he creído (ni me lo he propuesto) que escribiendo alcanzaré el éxito, me atengo a la idea de Beckett cuando dice: “Ser artista es fracasar, como nadie más se atreve a fracasar”.

—Su primera novela La danza del jaguar pronto cumplirá treinta años, ¿ha pensado en reeditarla?, ¿qué recuerda de ese escritor que pasó del cuento a la novela?

—Creo que te dije antes que no di un salto del cuento a la novela. La danza del jaguar fue muy importante para mí pues al fin, después de varios intentos fallidos, logré culminar una novela.  Otros proyectos se habían quedado varados en el camino.  Además, pensé por primera vez que en el futuro podría llegar a ser un escritor.  Aunque hace años, muchos, que no la releo, siempre la he considerado como mi mejor novela.  Algunos críticos muy avisados dicen que con El hijo de Gengis Khan me superé a mí mismo como narrador.  Tal vez sea cierto, quién sabe.  Sigo encantado con La danza… que lleva cuatro ediciones en Monte Ávila, una editorial que dejó de existir.  Hay un proyecto muy avanzado de hacer una reedición en España, y también fue traducida al francés donde espera por un editor.Atesoro recuerdos muy gratos de la época cuando la escribí, que darían incluso para un libro. Recuerdo que me sentaba a escribir, fumando como un chino y bebiendo dosis mortales de café, escuchando a un volumen bastante alto música de Pink Floyd, desde las seis de la tarde hasta las ocho de la mañana del día siguiente.   A veces envidio la intensidad y la energía y el entusiasmo de aquel joven.  Llené una docena de libretas con mi enrevesada caligrafía, tecleé con furia en mis dos máquinas de escribir (una Remington y una Brother Deluxe 1613, que todavía conservo), y al final apareció un instrumento poderoso que me salvó: mi primera computadora.  Una primitiva McIntosh que utilicé exclusivamente como procesadora de palabras.  Unos años después, apenas en el 2005, me la encontré en un Museo de Munich. En fin…

Ednodio Quintero: » Tal vez lo único que me atrevería a recomendarle a un aprendiz de escritor es que lea al menos seis horas al día, y si le queda tiempo, que comience a escribir hoy mismo»

—En una entrevista confesó que si le preguntan por sus planes para el futuro, tomando en consideración su edad, sería morirse, ¿ha pensado alguna vez en su muerte?, ¿le teme?

—Creo que cuando dije eso estaba repitiendo en tono paródico lo que había confesado en una entrevista Horacio Castellanos Moya, uno de los narradores de mi generación que más admiro.  En cuanto a la edad, la idea de morir te la puedes plantear a los veinte años o antes, si tienes conciencia de tu mortalidad.  Quien dice que no le teme a su propia muerte miente como un bellaco.  Creo que ese es el tema fundamental para los que aún permanecemos con vida.  Yo intento darle una vuelta diciendo que el asunto en cuestión atañe a la señora (o señorita, pues nunca se sabe) Parca o como la llamaba Henry James, la dama distinguida.  El mío, mi problema a resolver es la vida.

—Venezuela, ¿cómo ha visto en estos veinte años? ¿Pareciera que estamos condenados a no tener futuro, al menos próximo?

—El futuro no existe. El futuro no es más que una presunción. Nada sabemos de él. Lo que nos está ocurriendo desde hace ya veinte años es muy difícil de comprender.  Se habla de karma o del destino que nos correspondía por ser un país petrolero, dilapidador de un bien que nada nos había costado.  Cada quien tiene su propia versión, a menudo sesgada e interesada.  Aunque la política no ha figurado dentro de mis prioridades, es inevitable en estos tiempos aciagos expresar una opinión al respecto.  Pienso que caímos en una trampa ideológica, nos hicieron creer que una figura mesiánica vendría a resolver nuestras carencias.  Y de esa manera se instaló en el poder una pandilla de criminales que han demostrado con creces sus dotes de destructores.  Y ahí se quedarán quién sabe hasta cuándo.

—Ante estos años difíciles que ha vivido Venezuela, recomienda al lector venezolano leer alguna novela en particular que quizás ayude a entender lo que estamos viviendo.

—Como en todos los lugares se cuecen habas, lo que ocurre en Venezuela ha sucedido, con variantes, en otras épocas y en otros países. Yo recomendaría leer la obra entera de Ismail Kadaré, el magnífico escritor albanés, que ojalá este año le otorguen, al fin, el Premio Nobel de Literatura que tanto merece.  La obra de Kadaré es valiente y poderosa, desnuda sin ningún tapujo al totalitarismo.  Por suerte, sus novelas están publicadas todas en español en excelentes traducciones. Tres cantos fúnebres por Kosovo y La provocación (once novelas cortas) son un buen inicio para aquellos que no lo hayan leído antes.  También sería oportuno leer el estupendo libro de Martin Amis sobre Stalin, Koba, el temible.  Stalin, tan admirado por los carcamales comunistas, que se hacía llamar “el padrecito”, deja a Hitler en la versión de Martin Amis como un aprendiz de villano.  ¿Lecturas de autores venezolanos? No estaría de más volver sobre la olvidada obra de Pocaterra, Memorias de un venezolano de la decadencia.  Las tiranías se miran en los mismos espejos, utilizan métodos cada vez más sofisticados, siempre ominosos como la tortura.

—Finalmente, ¿cómo es la ventana por donde mira Ednodio Quintero?

—Por mi ventana real veo los techos de una ciudad que intenta sobrevivir al caos y la confusión.  Al fondo, la sierra nevada, a menudo no tan nevada.  Veo el cielo cubierto de nubes agoreras.  A veces ese cielo se despeja y se tiñe de un azul turquesa espectacular.  Quisiera que ese azul fuera el color de la esperanza.  Pero la esperanza, como lo escribí alguna vez, es esa perra zalamera que te acompaña hasta las puertas del infierno, sólo hasta el umbral…

Mi ventana literaria intento mantenerla abierta día y noche.  A ella me asomo a cada rato, sabiendo que en cualquier momento veré al unicornio paseándose por el jardín.

Todas las fotos son cortesía del escritor Ednodio Quintero

 

Retratos de Ednodio Quintero en Japón