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El circo roto: un grito en la oscuridad

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El Colectivo Amaka intervino los espacios del teatro Luis Peraza, de Los Chaguaramos, para la celebración de sus diez años de vida escénica, haciendo de la representación un acto de protesta. El circo roto una creación colectiva, conducida por Marcela Lunar, que toma la bandera por el asta y se arroja a la búsqueda de respuestas en torno a la violencia contra la mujer. El coro de mujeres danzantes y zanjadas está formado por María Alejandra Tellis, Walkyria Martínez, Variania Arráiz, Kimberly Arocha, Bernardette Rodríguez y Marcela Lunar.

Entrar en la sala me resultó abrumador porque el espacio escénico estaba dominado por un andamiaje, rodeado por zapatos de mujer: zapatillas, tacones altos, con trenzas, destalonados, todos y cada uno de ellos en una gama de naranja a bermellón. La iluminación tenue de Gerónimo Reyes le imprime una atmósfera muy especial al espacio escénico, porque se produce una sensación de calma fría, de calma tensa. Esto captura el espíritu de este performance que apunta hacia la visibilización de lo, forzosamente, invisible.

El performance inicia hablando sobre las estrellas, espacio lejano que constituye un territorio para el sueño. A los astros se les habla desde la muy temprana infancia para pedir que nos cumplan los deseos, del mismo modo en que se lanza una moneda en una fuente o se rompe el hueso del pollo o como cualquiera de tantas supersticiones que nos acompañan y forman parte de nuestro imaginario cultural y que, en cada cosmos familiar, pueden tener variantes pero que, sin duda alguna, están allí y nos hacen tener certeza en lo insondable del universo, nos hacen tener fe en la sombra brillante de unos cuerpos celestes que han perecido.

Varinia Arráiz, danzando en la oscuridad.

La infancia, tal vez, sea el punto de partida para la discusión en torno a la violencia de género y la violencia contra la mujer. Es allí, en ese tiempo de la vida de las mujeres donde se forma la idea y la imagen de lo que somos, o de lo que se supone debemos ser. Los cuentos infantiles, a los que se hacen referencia, nos ofrecen una visión de la vida de las mujeres que se reduce al sufrimiento y la espera, se sufre por la ausencia de lo anhelado y se espera al príncipe azul que logre hacer realidad nuestros sueños.

Estas mujeres, sin identidad, hablan precisamente de esa fragilidad, en un mundo donde no hay príncipes azules ni castillos encantados. Nos han hecho frágiles y nos hemos acostumbrado a serlo. Ellas exploran el territorio de los recuerdos infantiles, repleto de lugares de indeterminación generados a voluntad, porque recordar es demasiado difícil, sobre todo, cuando el recuerdo quema y tiene la capacidad de destruir los reductos de fuerza interior aún no alcanzados por el daño. Desde la niñez, las mujeres aprenden a callar, aprenden a obedecer, a construir su imagen personal a partir de la mirada de los hombres y de las otras mujeres que se convierten en sus verdugos a la voz de PUTA. Sí, si una mujer es independiente es puta, si es soltera es puta, si es lesbiana es puta, si es exitosa es puta. Tal vez nos asombre leerlo o escucharlo, pero en el común denominador, la palabra puta es extensible a todos los comportamientos que evidencia a una mujer como dueña de su vida. Lo triste es que, la mayoría de las veces, quienes usan esa expresión, precisamente, son las mujeres.

La actriz María Alejandra Tellis, una de las mujeres zanjadas por la violencia

La pieza tiene un momento estelar, en el que la piel se eriza y muchos espectadores lloran, conmovidos o aterrados, las luces bajan y se escuchan tacones que caminan velozmente por una calle, es de noche y todo está desierto. Estos minutos para mí fueron una resonancia y una reminiscencia porque hay días en los que no sé cómo volveré a casa, y me pasa la película de lo inimaginable. Camino 12 calles desde la estación del metro a mi casa y a veces, no me encuentro con nadie, a veces escucho pasos detrás de los míos y la espalda se baña de un sudor frío. En este momento, esas mujeres nos preguntan ¿Cómo te proteges de una violación? Mientras intentan dar soluciones prácticas –que urden sin eficacia- ante este temor, vemos unas proyecciones que presentan titulares de la prensa, crónica roja que relata la historia de los feminicidios en América Latina. Lo interesante es que el planteamiento de estas mujeres, apunta a que estas muertes  deben ser reseñadas por la prensa de una manera distinta, no hablar de ellas como si no fueran seres humanos, al menos deberían decir su nombre en las letras negras de los titulares rojos.

El circo roto es un espectáculo que tiene mucha tela que cortar, porque temáticamente es interesante, al menos en la voluntad de visibilizar asuntos relativos a la violencia contra la mujer. Conversé con un par de espectadores al finalizar el performance y tenían opiniones opuestas sobre lo que habían visto, uno de ellos lloraba y estaba profundamente conmovido, a pesar de que habían pasado unos minutos de terminar la función, él me decía que era por su madre y que cuando vio los zapatos rojos supo que estaban manchados de sangre. Su testimonio me derrumbó. Pero por otra parte, estaba una mujer que me decía: yo entiendo lo que quieren decir pero no me siento así, nunca me he sentido discriminada, ni violentada, no creo que las mujeres seamos víctimas, uno puede demostrar lo que es y ya. Aquí creo está el punto ganado, no tendríamos que demostrar nada si pudiéremos reconocer que todos los humanos somos completamente distintos e iguales a la vez.

 

 

Las fotos son cortesía de Sergio Álvarez