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El cuarto de los temblores, Jacqueline Goldberg

Este texto,escrito a cuatro manos por Goldberg y Santaella, busca aproximar al lector al sentido y al temblor emocional que produce el oficio del escritor

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                 I

 Jacqueline Goldberg es una autora fundamental de la literatura venezolana de nuestros días. Entre una buena cantidad de reconocimientos, ha obtenido mención especial del Jurado del Premio Tenedor de Oro a la Publicación Gastronómica, gracias al poemario Limones en almíbar; el muy prestigioso Premio Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, por Las horas claras, obra que tiene ya una edición en México, y que en Venezuela obtuvo el Premio Libro del Año de los Libreros Venezolanos, la Medalla Internacional de Narrativa Lucila Palacios, y que fue además finalista en el Premio de la Crítica a la Novela. Jacqueline Goldberg ha escrito ensayo, narrativa infantil y tiene una amplia y reconocida obra poética. Acá una especie de ensayo dialogado con la escritora que recién nos entrega su nuevo libro, El cuarto de los temblores.

               II                

En cierto momento del libro, a la niña de los temblores le hacen una regresión. Cuando llegué a ese punto de la lectura tuve una especie de revelación. El cuarto de los temblores, se me antoja, está contado como si el personaje/autor fuese viviendo los momentos de su pasado desde en una pantalla de cine interna que le produce (y nos produce) una absoluta sensación de tiempo presente. Así, me da la impresión de estar ante un libro nacido de una hipnosis poética, de un viaje profundo a ciertas honduras del espíritu desde un estado particular de la psique. Un libro hipnosis.

 

Jacqueline: Intenté recordar libremente, dejarme conducir por las trampas de la memoria. No hay otra manera de mirar hacia atrás sino como si se tratarse de una película y en ella, sin remedio, somos personajes. En este punto cabe la posibilidad de que el libro sea entendido como autoficción. Y me pregunto si todos los libros acaso no lo son, si hay manera de mirarse que no sea desde el extrañamiento, el reojo, la interrogación. Mirarse para contarse es entrar en una ensoñación.

” Intenté recordar libremente “dice Goldberg en la escritura de ” El cuarto de los temblores” Foto cortesía de Jacqueline Goldberg

La poesía, por cierto, creo que tiene algo de esa hipnosis. Recordemos a Sócrates cuando salió a indagar entre los ciudadanos de Atenas si era él el hombre más sabio. Entre otros, Sócrates se encontró con un poeta que creía que tenía la autoridad de opinar sobre todo porque simplemente era poeta, cuando olvidaba que realmente su poesía no era suya, sino de los dioses. Lo mismo ocurre en el Ión platónico: Sócrates le recuerda al poeta que su poesía es realmente la voz de los dioses, algo superior a él que él recibe.

 

Jacqueline: No hay escritura posible sin una suerte de estado de trance, donde las palabras materializan secretisimos anhelos, imágenes de lo más volcánico del inconsciente, restos de lo invisible, de lo inaprensible que somos. No sé si la poesía proviene de dioses o demonios, pero si de una habitación hermética que se abre por instantes y deja colar cenizas.  Hay libros —o fragmentos de libros— que provienen de un dictado ajeno y profundo. Cualquier explicación puede sonar metafísica y pretenciosa. Pero así ocurre. Se trata de escuchar ese dictado, pasarlo por el alambique de lo aprendido, lo visto y lo sabido, y admitir que así funciona el oficio.

 

Sin embargo, hay mucho de investigación en el libro, lo que pareciera contradecir la idea del estado hipnótico, de voz recibida, pues tales investigaciones resultan una construcción, un trabajo meditado, de lectura, de pausas y reflexiones. No obstante, entre la investigación y la creación puede existir ese momento en el que se entra en un flujo distinto al racional, conectado a otros niveles de conciencia, e incluso, si se quiere, a un misterio que podríamos llamar poético.

 

Jacqueline: Después de tantos años escribiendo —y de tantos pensando sobre escribir— no hay inocencia ni raptos absolutos. Todo texto lleva en su cintura investigación, horas de lectura, apuntes y referencias. No hay escritura sin investigación. Aún el poema más íntimo la necesita. Esa suerte de trance mediúmnico al que accede el escritor ocurre solo en el preciso momento de la escritura, cuando los dedos están sobre el teclado y se superponen lo consciente y lo inconsciente, lo que se quiere decir y callar. Antes hay vastas horas de diálogo con la materia más pragmática de la psique, la que pretende metaforizar pero que necesita herramientas que solo están en la realidad y a las que se accede desde la sobriedad, el rigor y la verosimilitud.

 

Imagino así un edificio, en el edificio hay abogados, doctores, economistas. Se repiten estos, de a dos, de a tres. Pero en ese edificio, ubicado en una calle donde hay otros edificios, vive un poeta. Los temblores del cuerpo de este personaje del libro llamado Jacqueline Goldberg son tan excepcionales como ese único poeta que vive en ese edificio, en esa calle de edificios. Tales temblores parecieran ser una metáfora de la poesía. El temblor es la poesía, el hacer poético, tan excepcional, tan de pocos, tan escaso; a veces tan de bien recibido, a veces tan de condena impuesta. Estos temblores no se van, se llevan siempre, se portan cada día. Nunca Jacqueline deja de ser un temblor, así como el poeta nunca deja de ser poeta. Ser poeta es una forma de vivir, o es, sencillamente, un vivir.

 

Jacqueline: Ser escritor —no me siento cómoda con eso de «ser poeta»— no es una exclusa que visibiliza aguas en estado diverso. Es una mirada, un oficio, una posibilidad. Así como hoy convivo con la disposición que me da trabajar como editora o escritora, transito los días viendo desde la poesía y temblando. Escribo leyendo, en el ascensor, conduciendo e incluso en fastidiosas reuniones de trabajo. Escribo y reescribo a toda hora. Es ya un vicio. La quietud es por tanto un anhelo. Lo consigo en el propio temblor y en la palabra, que es siempre una búsqueda de esteticidad. Escribir es lo único que sé hacer, es mi camino a seguir viviendo.

Jacqueline Goldberg: “Escribir es la único que sé hacer,es mi camino a seguir viviendo”

El libro insiste en las manos. Pienso en Aristóteles, en lo que dijo sobre las manos. Las manos nos hacen humanos, son el verdadero regalo de los dioses porque cumplen la función de los artefactos y de las armas: las manos son rastrillos, son garras, son mazas, son pinzas, son caricia, son puño de ira. Pero ¿y las manos que tiemblan? ¿Qué utilidad tienen? ¿Son un regalo de los dioses las manos que tiemblan? Pienso de nuevo en la poesía, que trastoca el orden del mundo. Las manos que tiemblan no están enfermas. No anuncian tampoco la muerte. Las manos que tiemblan son así, y nada más; no las explica la lógica de la vida, ese orden que sería temblor-enfermedad-muerte. Aquel temblor «sano» se vuelve así excepcional e inútil, pero también algo profundamente definitorio de la esencia. La esencia de esas manos es temblar, y estar vivas. Son, digamos, manos raramente sanas.

 

Jacqueline: Son manos. Tiemblan y toman un cuchillo en la cocina. Tiemblan y cuidaron un bebé. Tiemblan y escriben. Deben hacerlo todo. El temblor me frustró muchas veces —aún lo hace—, me hizo llorar, pero no me impidió. Mi temblor es compasivo, se aferra a la cotidianidad, no da tregua a una inutilidad a la que perfectamente pude haberme acoplado. Si el temblor no doliese a ratos, sería invisible. Me ha sorprendido mucho en este breve tiempo que el libro lleva entre lectores, que amigos y conocidos me ha dicho que jamás se habían percatado de mi temblor. Me resulta increíble, si es tan obvio y, para más, se acelera en eventos públicos. Ello habla de que el temblor desaparece en espacios cálidos, entre afectos, entre negaciones solidarias. Quizá estoy tan atenta a cómo hacer que el temblor no tiemble, que soy la única que lo ve enorme y urgido de épicas tareas para superarlo. En todo caso, me liberó de un inmenso amarre saber que el temblor no es una enfermedad sino una condición, que no solo yo tiemblo, que no solo yo temo temblar.

 

Todo tiembla en la estructura del libro. Jacqueline Goldberg, la autora, hace tambalear los géneros. Le interesan para cruzarlos, para transgredirlos, para jugar con ellos. Desde hace tiempo, Goldberg viene haciéndolo. Las horas claras es también un ejemplo de ello. El cuarto de los temblores es ensayo, estudio médico, poesía, narrativa, memoria. Todo tiembla en los géneros, sus capas se mueven, se superponen, se entremezclan.

 

Jacqueline: Es la escritura que puedo hacer, la que necesito. Admiro mucho los largos y coherentes alientos de las novelas, de los poemas extensos, pero no sé cómo hacerlo. Por eso ensayo otras aproximaciones, tartamudas, sísmicas, intermitentes. Puedo, además, explicar esto desde mi inquietud: todo me aburre, me cuestan las miradas sostenidas, necesito pasar de una cosa a otra. Eso quizá tenga que ver con mi trabajo en prensa, quizá porque es lo que dictan los tiempos: en una mañana revisamos las redes y mensajes telefónicos, vemos un video, respondemos correos, leemos un poema y hasta cocinamos y meditamos. La estructura del día está permanentemente temblando y distrayéndose en una variedad de registros.

 

Mario Bellatin, en el texto que acompaña al libro, dice que El cuarto de los temblores se inserta en una escritura de letanías, un ramillete, digamos, de oraciones que busca diálogos y respuestas en los temblores. El temblor físico es una excusa para temblar adentro, para derribar capas y descubrir la historia de un alma, de una escritura, de una poeta marcada por la metáfora, por el símbolo, del temblor.

 

El cuarto de los temblores.

Jacqueline Goldberg.

Oscar Todtmann editores.

2018.