Inicio»Columna»El escritor y su público: edición, escritura y modernidad

El escritor y su público: edición, escritura y modernidad

En su artículo, Ramírez Requena, hace un recuento de la historia de la edición del libro hasta sus proyecciones y subraya la influencia del lector en el hecho cultural.

12
Compartido
Pinterest URL Google+

Desde la Reforma protestante y la imprenta de Gutenberg, el mundo de los lectores empezó a cambiar. Lutero proponía la lectura directa de la Biblia, sin intermediarios, lo que llevó a un cambio sin parangón con el pasado: esta lectura sería en lengua vulgar (no en latín), y empezó a construir, de manera veloz, al lector moderno. La interpretación y conocimiento del texto bíblico transformó la lectura y la insufló de espíritu crítico y libertad.

Este apenas fue el primer paso. A principios del siglo XVIII la burguesía empieza a cobrar un protagonismo central en los países europeos.  Después de la revolución de 1688 en Inglaterra, la presencia de los burgueses como nueva clase social, poderosa, se hizo avasallante. Aunado a esto, la aparición de los periódicos, gacetas, etc., impulsó el que sería el gran género de la modernidad: la novela. Ofrecida por entregas, la novela otorgaba la posibilidad de entretenimiento, instrucción moral y goce estético.  Octavio Paz dijo que la novela es la épica de la modernidad. Es cierto: los viajes, conquistas, y establecimiento cada vez más notorio de Inglaterra como imperio, para mencionar un caso, se puede ver reflejado, de manera crítica, en Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, y en Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift.  Unos años más adelante, Vida y opiniones de Tristam Shandy, de Laurence Sterne, trastoca la mirada del lector por completo.

No fue cualquier cosa el cambio acaecido en el siglo XVIII: significó nuestra manera de entender la edición, la literatura y el oficio de escritor. En este siglo se manifiestan dos cosas: la lucha, desde los principios de la Ilustración, contra la censura y el oscurantismo a la luz de un trabajo editorial significativo, y el camino hacia la profesionalización de la escritura como oficio.

 

Johann Gutenberg | www.campaignlive.co.uk

En su momento, esos incipientes escritores profesionales fueron denominados Jornaleros de la escritura. Al principio, su pluma estaba a la orden de los partidos políticos, desde el púlpito y desde la prensa. Luego, de manera independiente, se ofrecieron como traductores, críticos, comentaristas, polemistas, narradores. En el siglo XVIII se gesta el escritor de la modernidad.

Al llegar el siglo XIX, el panorama, otra vez, cambia. Hechos centrales se sucedieron: La Revolución de independencia de los Estados Unidos, la Revolución Francesa, y la revolución de independencia de las antiguas colonias españolas trastocaron el escenario del mundo: en Europa y Estados Unidos la burguesía se consolidó en el poder. La imprenta de periódicos y libros, a la luz del crecimiento de la población, el traslado a las ciudades desde el campo de los habitantes de cada país, el auge industrial, las reformas urbanísticas, gestaron un público cada vez más amplio y necesitado de lecturas (las campañas de sanidad, educación y alfabetización se hicieron recurrentes durante todo el siglo), y la novela realista ganó un espacio sin precedentes. Stendhal, Balzac, Dumas, Dickens, Dostoievski, Víctor Hugo, alcanzaron el reconocimiento, la fama, y en algunos casos, la riqueza. Figuras como la de Dumas, Dickens y Víctor Hugo fueron verdaderos rockstars de la época.

El cambio que empezó a manifestarse en este siglo marcó un antes y un después. La poesía, en términos de popularidad y venta, disminuyó significativamente. La sensibilidad cambió. Tenemos que esperar hasta el final de este periodo para ver el auge del teatro, la preeminencia cada vez mayor del cuento, y el alejamiento de la novela de carácter romántico.

Todos estos cambios vinieron acompañados por un factor esencial: la labor del editor y el librero. Durante todo el siglo XIX, como lo fue desde la aparición de la imprenta de Gutenberg, y continuó siéndolo hasta mediados del siglo XX, el editor y el librero fueron el mismo. Librero era sinónimo de editor, y no existía duda alrededor de ello. El librero cumplía una labor sin igual: sin los libreros, no existirían las traducciones de las obras, por ejemplo. La labor de este individuo era la de detectar aquello que interesaba, o podía interesar a diferentes públicos. La especialización de las labores editoriales comienza en esos días. No podría concebirse una empresa de la envergadura de la Enciclopedia, primero en Francia y luego en Inglaterra o Alemania, sin la labor de los libreros. Es un oficio que fue y es fundamental para entender las dinámicas entre el escritor y su público desde el advenimiento de la modernidad.

Pero este oficio, lleno de riesgos, podía encontrarse con oposiciones políticas, morales y sociales. Toda la empresa editorial alrededor de la literatura en el siglo XVIII, alrededor de los trabajos intelectuales de Voltaire, Diderot, Rousseau y otros, así como alrededor de la publicación de obras como la de Víctor Hugo, en un momento determinado de la historia de Francia, o el caso de Baudelaire y Flaubert, que fueron llevados a juicio por Las flores del mal y Madame Bovary respectivamente, invitan a entender la labor editorial como una labor llena de riesgos. No podemos dejar de pensar, además, en la labor de los libreros que de manera clandestina editaban e introducían los libros de los pensadores de la Ilustración en la América hispana, disparadores estos de los afanes independentistas.

Retrato de Jonathan Swift | www.actualidadyliteratura.com

Pensar en la labor editorial durante todo el siglo XIX y XX; ver el temple de estos libreros y editores. Octavio Paz, en La otra voz. Poesía y fin de siglo, no proporciona datos interesantes: Verlaine publicó, siendo un autor famoso, apenas 600 ejemplares de su libro Fetes Galantes. Las ediciones de Mallarmé fueron de 95 y 45 ejemplares, de un par de títulos en específico. Las obras de Rimbaud y Lautréamont fueron de muy pocos ejemplares, olvidadas en su tiempo, pero rescatadas años después por los surrealistas. El primer libro de Ungaretti, apenas tuvo una edición de 80 ejemplares. Doy más datos: La primera edición de Les fleurs du mal, en 1857, fue de mil cien ejemplares y tardó en agotarse. La segunda, cuatro años después, en 1861, tuvo mayor resonancia, sin duda por la sentencia judicial que condenó al editor a suprimir varios poemas juzgados inmorales. Otro caso: En 1855 apareció la primera edición de Leaves of Grass, sin nombre de autor pero con un retrato de Whitman en la primera página. Un año después se publicó la segunda edición, a la que siguieron otras, nueve en total y cada una con más poemas, hasta su muerte en 1892. La primera edición fue de setecientos noventa y cinco ejemplares; Whitman no sólo pagó la edición sino que fue el impresor. Hasta la quinta edición, no percibió ni un centavo y entonces ganó ¡veinticinco dólares!

Como vemos, el vínculo entre el escritor  y su público, pasa por la edición, con sus riesgos o no.

En el siglo XX el vínculo entre los editores y los autores se fortalece de múltiples maneras y los peligros aumentan: Virginia Woolf y su esposo se hacen editores, y T.S. Eliot dirige Faber & Faber. El Ulises de Joyce se logra editar en Francia, así como las obras de Henry Miller o Lawrence, a razón de las censuras en sus propios países. En los países socialistas, la labor editorial se hace más dura: cárcel, muerte, esperan a quienes osen editar a los poetas o narradores proscritos.

En nuestros días, hay una separación entre el librero y el editor, y la especialización de los oficios y labores que ha desarrollado cada profesión relacionada con el mundo del libro. Creo sin embargo que esta labor se encuadra dentro de una mayor: llevar las obras de los autores al lector que merece, en donde quiera que esté. Esto puede significar luchas, conflictos, oposiciones, censuras. Mucho de esto vive el escritor, y la labor de las editoriales y librerías es apoyarlo. Nuestros días, con el predominio del cine, la televisión, la radio, Internet (sin demérito de estos) han reducido significativamente la influencia del escritor y su llegada a un público más amplio. Pero eso no importa. Como ya comentamos, grandes obras de la literatura triunfaron en su momento y luego fueron olvidadas (para siempre, parece, algunas) y luego recuperadas por el público; otras triunfaron y han permanecido desde siempre (pensemos en Don Quijote de la Mancha); otras fueron apenas leídas, pero a pesar de eso, hoy son vuelven a las manos de miles de personas en todo el mundo. Toda gran obra, toda obra de calidad, encontrará a su lector. La labor de editores y libreros a través de la historia ha sido garantizar esto. El hecho editorial es la cultura.

No queda otra opción: o correr los riesgos, o hacer silencio. El lector siempre espera lo primero.