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El nervio poético o la búsqueda de la poesía

El escritor Fedosy Santaella reseña "El Nervio poético" libro ganador del XVIII Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana

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Al salir de la lectura de El nervio poético (Fundación para la Cultura Urbana, 2018) de Alberto Hernández, un magnífico libro que no trae respuestas ni pretende tenerlas, he salido yo, paradójicamente, con unas cuantas seguridades. Me he dicho, en primer lugar, que los poetas venezolanos, durante muchos años, han venido haciendo un continuado trabajo de resistencia, de plantarse en el mundo y no conformarse con las cuatro palabras a las que nos quieren reducir el poder y la ignorancia. Los poetas venezolanos han sido y son la voz de un país que se piensa y duda y reflexiona. Y lo han hecho, por supuesto, desde el lugar que les ha tocado y han elegido: desde la poesía, desde la tensión digna, conmovedora y perenne de la poesía.

Otra seguridad me arroja también El nervio poético: que la poesía venezolana ha sido y sigue siendo espléndida. Como pilar de la ficción y del ensayo, Alberto Hernández nos entrega en este libro una especie de antología de la poesía venezolana, personal, por su puesto, íntima, de su gusto. Y esa antología es por demás excelente, iluminadora. Dos son los poetas que conforman el núcleo de esta recopilación orbital: Eugenio Montejo y José Barroeta. En torno a ellos comienzan a girar otros poetas e incluso sus heterónimos. Entre lo sublime y lo abyecto, entre la fiesta y el momento de soledad, figuran poetas insignes venezolanos y de otras tierras, e incluso movimientos poéticos. Uno grande como Pessoa tiene un encuentro de heterónimos con Montejo y sus heterónimos. Se alza entre ellos Ramos Sucre, y también aparece, fundamental y enorme, Vicente Gerbasi. Luego hay, entre otras, unas escenas maravillosas donde Carlos Contramaestre hace de las suyas en aquel famoso y delirante Homenaje a la necrofilia del año 1962. Toda hondura y toda locura caben entre estos y otros tantos poetas, y allí están, en algún momento, representadas.

Alberto Hernández, como ya he dicho al inicio, ha escrito un libro de búsqueda sin respuestas. De hecho, resulta curioso encontrar hacia el final la reproducción de una entrevista que le realizara a Montejo el poeta y editor español Francisco José Cruz. La entrevista cuenta con pautas estructurales y temáticas similares a las del libro. Aunque es extensa, así como las respuestas de Montejo, Hernández pareciera haber quedado con hambre, insatisfecho, necesitado de seguir haciendo crecer ese momento entre entrevistado y entrevistador y llevarlo incluso más allá.  Como si Hernández siguiera haciendo y haciéndose preguntas.

¿Qué es el poema? ¿Qué es la poesía? ¿Qué representa un poeta en el mundo? ¿Cuál es la importancia de todo ello? Esas son las grandes preguntas que se pasean a lo largo de este libro que se mueve entre la ficción, la crónica, el ensayo y la propia poesía. Como si no bastaran todos los géneros y todas las palabras para encontrar lo que se busca, ese misterio que yace al fondo de la experiencia y de la escritura de un poema. El hilo narrativo (delgadísimo) del libro es lo menos esencial. El nervio poético es más bien, insisto, un trabajo de exploración, de abrir la piel y buscar en la vena, de buscar en la vida ese temblor que es la poesía. Quizás por eso Hernández parte su «historia» justo en el borde de la muerte de los dos poetas: porque es allí, en ese borde, donde más intensa se vuelve la experiencia de la vida, que en los poetas además se traduce en poesía. En alguna parte del libro, hacia el final, el lector encontrará una larga meditación sobre la enfermedad y la poesía; allí leerá una frase como la siguiente: «El cáncer y la poesía simbolizan la totalidad: vida o muerte». La muerte y el dolor abarcan la extensión de lo poético, que es inmensa pero que también se reduce a ese espacio íntimo que se hace en la muerte y desde el cual meditan estos poetas. Hernández los imagina, los recrea en la soledad de la creación, en las altas noches de insomnio, en ese instante que es oficio pero también algo más, algo que viene del aire, algo que no sabe nombrarse.

El nervio poético es un libro proteico, un libro en el que no importan los géneros, pero sí importa mucho la poesía. Alberto Hernández, consecuente con su obra, nos ha entregado un trabajo maduro que piensa en las cuestiones principales de la poesía con sabiduría y conocimiento. Un libro que celebra la poesía, en especial, la de Venezuela.