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El odio sabe lo suyo: sobre un poema de Szymborska

Para la Premio Nobel de Literatura de 1996 el odio origina las ideologías y las tiranías . Se oculta y disfraza de amor para tener el poder

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Wislawa Szymborska nació en 1923 en Kórnik y murió en Cracovia en 2012. Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1996. Como muchos autores que han ganado el máximo galardón de la literatura, muy poco se sabía de ella al momento de obtenerlo; incluso pocos de sus poemas habían sido traducidos al español para ese entonces. Luego del premio su nombre se dio a conocer por el mundo, y hoy en día en una de las poetas polacas más populares y admiradas. Su poesía, amplia, diversa, no deja a un lado la preocupación por la relación de los hombres con el poder, el tema de la libertad y de las tiranías, que sin duda le tocaron. Todo, eso sí, dentro de un estilo sutil, sereno, pero siempre insobornable y universal.

Por este camino, un poema suyo me hace pensar en el tipo de «amor» que nos trajeron a Venezuela, que nos vendieron, que nos impusieron. «Odio»[i] se titula el poema. El odio, tal como lo ve la poeta, es la causa primera, el origen. Así lo observa: «Por sí mismo genera causas / que le insuflan vida». No es asunto de religiones, no es asunto de patrias; el odio, parece decirnos Szymborska, erige ideas, ideologías, activismos, causas (siendo el odio, una vez más, la causa primera).

Creo que, por lo general, el odio político no da la cara mostrándose tan sólo como odio. El odio necesita mamparas, argumentos, asemejarse a la razón, a verdad buena o por lo menos justa. «Al principio, incluso la justicia vale», anota la poeta con sabiduría. Y así es, el odio es altruista, el odio ama con aparente fuego guerrero. O dice amar, y se inventa el amor, y se inventa la justicia social, concepto que, unido al de amor, siempre hace que cualquier atrocidad parezca digna.

Después, con el tiempo, el odio será el odio, continúa diciendo la poeta. Se verá como odio, sabrá a odio en la boca de las víctimas. Pero ya el trabajo ha sido hecho, ya el odio habrá seducido con sus argumentos, con sus altos ideales, con ese amor que se ha transformado en delirio. «Un rictus de éxtasis amoroso / le deforma la cara», anota Szymborska, y es cierto, quien está en éxtasis ya no sabe de sí, ha sido sobrecogido, no es dueño de su cuerpo, de sus movimientos, de sus músculos, de sus gestos (de allí el rictus). El éxtasis es también, no se olvide, un estado religioso, el último extremo de la gracia y la fe. Ya después del éxtasis no hay vuelta atrás, así como el odio pocas veces tiene vueltas atrás.

El odio, observa la poeta, corre solo. Pero antes, el odio necesita meterse adentro en la médula de sus víctimas ilusas, echar raíz, incubar. El odio, ante todo, crea argumentos, ya se ha dicho, y esos argumentos calan en forma de seducción y belleza, dos palabras que encontramos en el poema: «Sólo el odio seduce, que sabe lo suyo», y luego: «No nos engañemos: / sabe crear belleza». Baudrillard indicó que la seducción representa el dominio del universo simbólico, mientras que el poder representa sólo el dominio del universo real.[ii] Sin intención de enmendar la plana a Baudrillard, yo prefería decir que, en efecto, la seducción domina sobre los símbolos de la psique y que la fuerza física y la potencialidad de la violencia dominan el mundo real; así, el poder, el verdadero, sería la conjunción de la seducción y la amenaza de la fuerza física. Quien comprende esto y lo usa para su ambición, alcanza realmente el dominio del hombre. La fuerza física, la potencialidad de violencia, la coacción, no son suficientes e incluso ineficaces, sino se remiten a la seducción. Y esa seducción la logra la bella mentira que está en los argumentos de la justicia y del amor, que, se comprende, no son tales, sino apenas relumbrones, altruismos, activismos, «buenas intenciones» con las que el odio se enmascara y se pasea por el mundo.

La poetisa polaca recibe el Premio Nobel de Literatura 1996

El odio, finaliza así Szymborska, no es un sentimiento que ciega a quien lo experimenta. Todo lo contrario, el odio calcula y piensa a largo plazo, «tiene los ojos del buen francotirador». El odio sabe esperar y tiene en la mira al futuro, siempre al futuro, agrega la poeta. Para el odio del futuro no es emancipación (ésa, la de la modernidad), sino dominio disfrazado de hermosos ideales.

Así el amor que trajeron, que nos vendieron, que nos impusieron. Así es el amor hoy día en Venezuela. Bien lo explica Wisława Szymborska; ella lo sabe, porque el odio jugó de ese modo, con esa astucia, también en la historia que a ella le tocó vivir. Ese amor, ya se ha dicho, pronto se convierte en odio, en odio evidente. Así pasamos del totalitarismo a la mera dictadura, a la mera tiranía, allí, donde el odio campea con frágiles ideales que muy pocos que ya se creen, pero, se ha dicho, para llegar a esto, primero pasamos por el engaño del amor, del amor justiciero de las revoluciones.

[i] Wislawa Szymborska. Antología poética. Visor (Madrid, 2016)

[ii] Jean Baudrillard. De la seducción. Cátedra (Madrid, 1981), pág. 15.