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El padre, de Sharon Olds

Yéiber Román reseña la poesía llena de tristeza y ternura de la laureada autora norteamericana Sharon Olds

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Sharon Olds autora de “El Padre”

Una de las carreras más prolíficas y condecoradas de la poesía norteamericana contemporánea es la de Sharon Olds. Nacida en San Francisco en 1942, su currículo literario empezó a llenarse en 1980 cuando a los 37 años, publicó su primer libro, el cual, ya desde el título, advierte del lenguaje bastante filoso que ella está acostumbrada a utilizar en su obra: Satan Says. De ahí en adelante no ha parado de escribir poemas cuyos temas comunes son la sexualidad, el abuso en sus distintas formas y las experiencias vividas en su familia, lo cual le ha permitido obtener importantes galardones como el Premio Pulitzer de Poesía, el Premio del Círculo de Críticos Nacional del Libro y el Premio T.S. Eliot. Y aunque tiene una cantidad considerable de publicaciones, solo a inicio del presente siglo, el público hispanohablante pudo leer parte de su obra traducida; poemarios como Satán dice, Los muertos y los vivos, La célula de oro y El padre — este último aclamado por la crítica y considerado el mejor de todos sus libros publicado—.

Sharon Olds ; una voz notable de la poesía norteamericana

La figura del padre ha sido recurrente en la poética de Sharon Olds. Si bien en algunos poemas de sus primeros libros publicados, la autora expone la muy difícil relación que mantuvo en la infancia con su progenitor alcohólico, quién poco veló por su hija en los años de su niñez, El padre, es un poema elegíaco, dedicado enteramente a él,  que la  autora escribió en nueve años a raíz del duelo que sufrió por la muerte de su progenitor debido al cáncer. Mediante una secuencia propia de poemas narrativos, Olds expone todo el proceso por el que ella pasó desde el momento en que su padre se encontraba desahuciado hasta tiempo después de su fallecimiento, desde un punto de vista muy testimonial.

Sharon Olds , en la intimidad de su hogar. Foto : Pascal Perich

El poema que abre El padre se titula “La espera”. En el mismo ella muestra parte de la rutina de cuidados diario que la hija le propina a su papá en los momentos iniciales del cáncer diariamente. Allí la poeta asiste al hombre quien permanece en silencio, durante un periodo de la enfermedad, antes de tener que confinarse en una sala de hospital:

 

 

“a cualquier hora mirar por el pasillo,

siempre ahí, sentado, estaba mi padre

(…)

tan inmóvil que parecía un objeto

(…) Esperaba

que el borde de mi camisón entrara en escena

(…)

mientras intentaba tragar una minúscula

gota de agua: ahí tenía a su hija

con la taza para escupir, su hija

para vaciarla. Pasaba el día entero

mirándolo dormir, mirándolo despertar”.

 

Pocas páginas después, con palabras muy directas, muestra el cuidado el que se otorga en un hospital a un paciente terminal. Aquí enseña una conducta un tanto mecánica, carente de todo afecto, pero no hay nada que reprochar. Al contrario, el personal médico está haciendo lo mismo que la hija: ayudar al padre a tener una muerte digna:

 

“No es algo malo su muerte.

Ni bueno, ni malo.

Queda fuera del mundo moral.

Cuando las enfermeras vacían la bolsa del catéter

y vierten el fluido ámbar y pálido

en una taza para medir, no hacen

algo bueno ni malo: es sólo

su cuerpo”.

 

Son varios los poemas en los que se expone la religiosidad próxima a la muerte; de las ceremonias de asistencia espiritual que se le brinda a quien está en sus últimos momentos de vida. Esto como intento de garantizar una despedida en paz del plano terrenal, lo cual denota la preocupación por el bien del alma de un ser querido y se asegura de que ésta sea purificada:

 

“Venía el pastor, poniéndose la estola púrpura,

arrojándola sobre su cabeza mientras entraba,

un atleta vendándose la muñeca sin pensarlo

mientras aguarda su turno,

leía un Salmo, pero sin acercarse a su oído

como antes, cuando mi padre aún podía

girar sus ojos impasibles hacia una voz”.

 

Como todo proceso de duelo, en El padre, la poeta rememora y expresa algunos breves momentos que vivió junto a él con el fin de buscar algo reconfortante en el pasado, aliviar el dolor ante la pérdida y hace un esfuerzo por resaltar de manera muy detallada cómo fue cada última cosa, que hizo su progenitor ; es el caso del poema “Últimas palabras”:

 

“Volvía a sus labios, a la frente que alzaba

con esfuerzo, a sus ojos heridos, avergonzados,

hasta que por fin dijo ¡Último beso!

Y lo besé y me fui. Esta mañana,

llamó su mujer para decir que ha dejado de hablar,

de modo que esas fueron sus últimas palabras para mí,

las que me deja—un beso—

una orden de clemencia,

sus agrietados labios de creador”.

 

Es justamente en el relato de estos instantes finales donde se encuentra uno de los puntos más conmovedores del libro. “El último día” es el poema de mayor extensión en El padre. Nada más explícito que su título. Es la crónica donde Olds relata con mucha precisión los actos del personal del hospital ante el paciente en la parte final de su existencia, como la delicada limpieza hecha a su cuerpo por la mañana o el acomodo de las sábanas hasta la cintura. Aun cuando las enfermeras están haciendo su trabajo de todos los días, la poeta hace de esta rutina algo sublime.Lo narra con estoicismo y una actitud de espera ante lo inevitable; con afecto, tal como ella lo demuestra en la última oportunidad que tuvo de tocarlo con vida: “Pasé mis dedos por su cabello / y besé la comisura de sus labios resecos”. Acto seguido, el deceso: “Puse mi cabeza en la cama al lado de la suya / y respiré, pero él no respiraba (…) respiré, pero él se oscurecía”.El tránsito entre la vida y la muerte es expuesto en el final del poema con sencillez y, podría decirse, también con cierta ternura:

 

“Entonces acomodé su cabeza sobre la almohada,

se movía tan fácilmente, y su oreja,

aplastada durante la última hora

se desdobló en el aire

abriéndose como una flor”.

 

El padre es un libro que bien podría servir para entrar por primera vez en la rudeza de la poesía de Sharon Olds, siempre exenta de pretensiones. Es un poemario cuyo lenguaje se muestra crudo verso tras verso, lo cual no impide generar una gran conexión con la poeta y asistir a su proceso de transformación personal, pues cada poema denota sensibilidad. Su lectura podría recomendarse con la acotación de que no es una obra de la cual el lector sale ileso, pero también indicando que el libro es poderosamente humano; que muestra un proceso por el cual toda persona deberá pasar en algún momento.

 

Por su obra poética Sharon Olds se hizo merecedora de galardones como el Premio Pulitzer de Poesía, el Premio del Círculo de Críticos Nacional del Libro y el Premio T.S.Eliot