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El pequeño pony: vivimos en una luna hueca y silenciosa

La pieza del dramaturgo español Paco Bezerra llega a Caracas en una producción del Grupo Teatral Skena, bajo la dirección de Daniel Dannery y con las actuaciones de Juan Carlos Ogando y Ana Freitas.

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Hay problemas familiares que se esconden en el silencio pero igual dejan huella. Foto: Daniel Dannery

El 16 de noviembre inició en el Espacio Plural del Trasnocho Cultural la temporada de la obra El pequeño pony, escrita por el reconocido dramaturgo español Paco Bezerra. En esta oportunidad, cuenta con las magníficas actuaciones de Juan Carlos Ogando y Ana Freitas quienes, bajo la dirección de Daniel Dannery, muestran al público la compleja situación de dos padres contra el acoso escolar que recibe su hijo Luismi. La historia plantea, a través de las diferentes discusiones de ellos, lo ruidoso que puede ser el silencio cuando se debe enfrentar una de las situaciones más difíciles y reales: el bullying escolar.

El dramaturgo español Paco Bezerra al escribir la obra se basó en hechos reales sucedidos en Carolina del Norte durante el año 2014, donde un niño llamado Grayson intentó suicidarse por acoso estudiantil al llevar una mochila de “Mi pequeño pony” al colegio. En su pieza nos encontramos con un lenguaje poético que refleja esta realidad, una estructura innovadora acorde con el propósito de llamar la atención hacia este tipo de situaciones y una nueva forma de abordar los temas actuales. Bezerra tiene la capacidad de crear atmósferas inquietantes que se construyen a partir del habla coloquial de sus personajes. Pero a su vez, las palabras pronunciadas por cada uno de ellos sugieren más de lo que aparentan.

En la foto de Daniel Dannery,  la dificultad de un padre para ayudar  a su  hijo  víctima de maltrato en la escuela

La historia sobre Luismi muestra cómo el pequeño sufre varios ataques físicos y verbales por causa de su mochila favorita de “Mi pequeño pony”. La dirección del colegio se quiere desentender de la situación de la forma más discreta posible, puesto que, considera “detonante de acoso” el bolso de los dibujos animados favoritos del niño, acusándolo de promover “disrupción en el aula”. Este evento promueve la confrontación de los padres de Luismi que, a su manera, intentan lidiar con la situación. Sin proponérselo ambos van anulando la capacidad de decisión de su hijo, tratando de influir en él para lograr su bienestar egoísta e individual.

 

La madre de Luismi se mantiene en un discurso a favor del colegio, dejando entrever en sus palabras sus dudas y sentimientos encontrados por las preferencias de su hijo por dibujos poco propios para su edad y sexo. Por otra parte, el padre se mantiene como un defensor de las preferencias de Luismi; está dispuesto a emprender una lucha legal contra el colegio ante la resolución que se ha tomado de no permitirle la entrada al colegio al niño con la mochila. Ambas posturas, diametralmente opuestas, le revelan al público la cara oculta de la educación del hogar versus la educación social.

Toda la estabilidad de una familia se agrieta trás el pretexto  de un morral infantil. En la foto de  Daniel Dannery, Ana Freitas en el rol de la madre de Luismi

Lo que comenzó como un hogar cálido, en el cual estos dos padres se muestran amorosos el uno con el otro, se va agrietando a medida que avanza el bullying en el colegio. El amor como familia se llena de gritos, discusiones y, a la vez, silencios ruidosos por parte del más afectado. Los enfrentamientos con el director del plantel, revelan una lucha entre los valores que desean estos padres inculcarle a su hijo contra la educación social tan  cerrada, esquematizada y prejuiciosa. Lo que comenzó como un hecho trivial de comprar una mochila de “caballitos coloridos”, se convierte así, en un laberinto sin salida para esta familia.

La pieza teatral gira en torno a las concepciones que tiene la sociedad en cuanto a lo que es apropiado para un niño y cómo estas pueden desencadenar momentos complejos cuando se intentan quebrar o irrespetar. El hecho de que la historia sea, en esencia, sobre un niño de 9 años con su mochila de dibujos, no problematiza las preferencias infantiles de Luismi, sino todo lo contrario. Se trata de cómo sus gustos pueden ser mal vistos, rechazados y hasta censurados por el entorno social. La crítica hacia la educación que la sociedad estipula y sobre la cual se crían a los niños hoy día es implacable en cada uno de las discusiones de los padres de Luismi.

“Si eres educado y civilizado te comen. Si das tu brazo a torcer, te lo parten”. Frase dicha por Juan Carlos Ogando interpretando a Jaime en “El pequeño pony”.

Esta obra crea una tensión in crescendo en los espectadores con cada discusión que aumenta de tono. Los elementos como la música del piano en las transiciones de las escenas, el golpe seco que anuncia el inicio de un nuevo momento entre los padres y la iluminación tenue, fría, muestran aquello que ignora la sociedad pero que se refleja en cada esquina de la casa. El espectador está en constante incertidumbre sobre cómo se desarrollarán los hechos luego de que se da el conflicto central. Toda la historia es un llamado de atención a lo que sucede en los hogares, en los colegios, en esos espacios que se consideran “libres de problemas” por no ser conflictos tan notorios en la realidad del país.

Ante una situación compleja como la de Venezuela, es fácil pasar por alto situaciones como la de Luismi. Y, sin embargo, no hay problema más pesado, complejo y doloroso que el originado en los hogares. El pequeño pony demuestra cierta tendencia del teatro contemporáneo a representar cómo se enfrenta hoy día, desde la cotidianeidad, situaciones difíciles como el bullying, y, a la vez ser un llamado de atención hacia estas realidades que surgen y no se tratan o se consideran importantes. En Venezuela se vive como Luismi lo hace: en una luna hueca y silenciosa. Nada pasa y nada se dice; y, sin embargo, no hay silencio más ruidoso que ese.