Inicio»Columna»El ruso que escribió los mejores cuentos del mundo

El ruso que escribió los mejores cuentos del mundo

En la antesala del Mundial de Fútbol Rusia 2018, un revelador perfil de Antón Chéjov , por Fedosy Santaella

15
Compartido
Pinterest URL Google+

El primero de abril de 1890, Antón Chéjov, considerado hoy día uno de los grandes maestros del cuento literario, le escribe a su amigo y editor Aleksey Souvorin lo siguiente:

 

Me atacas por mi objetivad, llamándola indiferencia al bien y al mal, carencia de ideales y de ideas, y así por el estilo. Quisieras que al describir unos ladrones de caballos yo dijera: «robar caballos está mal». Pero eso se ha sabido desde hace siglos sin que yo lo dijera. Dejemos que sea el jurado quien los juzgue; yo simplemente me ocupo de mostrar qué tipo de gentes son.

 

El texto resume a la perfección una de las características fundamentales de la obra del autor ruso. Repasando su biografía, me digo que, considerando sus orígenes, resulta curioso que él pensara así sobre lo que ha de ser la literatura.

Anton Chejov, una de las figuras más prominentes de la literatura rusa

Se sabe que su abuelo fue un siervo del campo (mujik) que trabajó duro para comprar su libertad y de la de sus hijos, y que, Chéjov, en su propia juventud conoció la estrechez económica. De hecho, sus primeros cuentos, humorísticos en su mayoría, los escribió para pagarse los estudios de medicina. Luego, ya famoso, mostró una genuina preocupación por la injusticia y los oprimidos. Viajó a la isla prisión de Sajalín para presenciar las duras condiciones de vida de los forzados; la registró en notas que luego publicó como un libro de carácter netamente científico. También es conocido que en 1898 reunió fondos para mitigar la hambruna que había provocado la pérdida de las cosechas en Samara. El Correo de Crimea, región adonde él se había ido a vivir, registraba el empeño del escritor y las donaciones de los lugareños. Al final, Chéjov terminó declarando que había logrado alimentar a veinticuatro mil niños.

Tenía profundas preocupaciones sociales, pero eso no lo llevó necesariamente a proyectarlas en su obra en forma de opiniones directas o sentencias altisonantes condenando la injusticia y defendiendo a los pobres.

Mostrar la realidad no es lo mismo que sentenciar la realidad. En ese sentido, Chéjov era profundamente realista: la realidad era sin más, carente de actos heroicos o de frases sublimes. Dirá Chéjov en una conversación con el poeta Sergei Gorodetski: «Que todo sea en escena igual de complejo e igual de sencillo que en la vida. La gente está almorzando —almorzando nada más— y, entre tanto, cuaja su felicidad o se desmorona la vida».

Chéjov conocía y mostraba la realidad en sus relatos pero no la enjuiciaba. Visitó la prisión de Sajalín

Como narrador, he aprendido de Chéjov el sentido primordial de la imagen y de las escenas donde lo representado toma un valor simbólico que se pliega sobre sí mismo. Así lo dice mejor el gran Antonio Gamoneda sobre su propia obra:

 

En el poema manejo palabras cargadas con valor simbólico, pero se trata de un simbolismo con un solo miembro: el símbolo es, en su naturaleza, aquello mismo que simboliza. Dicho de otra manera: es símbolo de sí mismo.

 

Aleksey Souvorin, amigo y editor de Chéjov

Hay allí, en esas palabras de Gamoneda, una vía para llegar a Chéjov, para entender esa objetividad narrativa que le causó una buena discusión con su amigo y editor Souvorin. Pero nadie se engañe: que el autor presente la realidad sin emitir juicios ni opiniones explícitas no implica que no tenga una idea con respecto a la realidad. Esas imágenes allí presentes, en apariencia objetivas, han sido, sin duda, seleccionadas para convertirse en reflexión de la realidad, en símbolo propio que algo nos traduce, que algo nos muestra. Para Chéjov no había que hablar de los personajes o del héroe, sino más bien mostrarlo en movimiento. Así le escribe a su hermano mayor, Alexander Chéjov, el 10 de abril de 1886: «Primero que nada, evita describir el estado interior del héroe; tienes que tratar que se aclare desde sus acciones». Los cuentos de Chéjov son, precisamente, momentos, estampas, situaciones muy bien delimitadas, claras y precisas. Un cochero que quiere asustar a su viajante, un joven intelectual que conversa con su enamorada, la bella esposa de un boticario que es cortejada en mitad de la noche, un viejo funcionario que recibe un homenaje de parte de sus empleados, dos conocidos de infancia que se encuentran en una estación de tren y comprueban lo distintas que ha sido sus vidas. Una, dos, tres escenas que fijan las acciones y las conversaciones de los personajes. En este sentido, podríamos considerar al ruso uno de los primeros guionistas de cine mucho antes de que el cine naciera, mucho antes incluso de que fuese comprendido como un arte narrativo.

Pero también Chéjov comprendía que el lector tenía suma importancia, y lo respetaba. Si bien decía que al lector no debe dársele ninguna oportunidad de recuperarse (recordemos la idea del cuento de Cortázar como un round de boxeo ganado por knockout), también llegó a decir, en la misma carta a Souvorin del 1 de abril de 1890: «Cuando escribo, me apoyo enteramente sobre la capacidad del lector para añadir por sí mismo los elementos subjetivos de que carece el cuento».

Así, por medio de estas estrategias innovadoras de la narración, Chéjov nos fue mostrando las caras de un mundo cargado de mínimos desvíos, orgullos rotos y ridículas pretensiones. Campesinos, pequeños burgueses, intelectuales sin mucho talento, señores de la tonta seriedad y de las formas correctas, funcionarios pretenciosos montados sobre una nube demasiado alta, diálogos y situaciones que terminan en nimios fracasos que, magistralmente, son mostrados con una profunda compasión.

Así escribía y así son los maravillosos cuentos de este hombre que llegó a decir que «en la vida, la gente no anda a tiros, ni se ahorca, ni hace declaraciones de amor a cada momento. Lo que más suele hacer es comer, beber, andar de un lado para otro y decir tonterías». En medio de esas tonterías, Chéjov descubrió las pequeñas grandes tragedias del ser humano. Su poesía estuvo en ese descubrimiento, no en opinarlo, sino en mostrarlo. Sacó poesía de lo cotidiano, eso hizo.

Un cuento de él, «La tristeza», es particularmente hermoso y ejemplar. Acá un esbozo: el cochero Yona y su caballo aguardan en la noche a que lleguen clientes. La nevada es tal que él y su caballo están cubiertos de blanco. De vez en cuando Yona toma un cliente. Por el camino, intenta contar de la muerte de su hijo, pero nadie quiere escucharlo. Un militar, tres jóvenes altaneros, todos están en lo suyo, y no les interesa saber de su hijo. Los jóvenes incluso lo amenazan con golpearlo si no apresura el paso del coche. Yona termina en una especie de casa establo donde duermen otros cocheros. Allí intenta también hablar de nuevo de la enfermedad, padecimiento y muerte de su hijo. Los otros cocheros, agotados, sólo desean dormir. Entonces Yona se pone de pie y va hasta la cuadra. Allí se queda, junto a su caballo, acariciándole el lomo. Entones, por fin, Yona es escuchado por un ser viviente y «desahoga su corazón contándoselo todo».

 

 

Bibliografía

Rosamund Bartlett. Chéjov / Escenas de una vida. Siglo XXI Editores (Madrid, 2007)

Antón Chéjov. Cuentos completos. Aguilar (Madrid, 1965)

Antonio Gamoneda. Antología poética. Alianza editorial (Madrid, 2013)

Carlos Pacheco y Luis Barrera Linares (compiladores). Del cuento y sus alrededores. Monte Ávila Editores Latinoamericana (Caracas, 1992)