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Fontanarrosa, el fútbol y yo

El Mundial de Fútbol invade la vida de todos en mayor o menor medida. Resulta interesante conocer de aquellos que han convertido el balompié en la trama de cuentos y novelas

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El mal fanático

Nunca he sido fanático del fútbol. No sigo los campeonatos, no sé quién es quién, no me conozco a los campeones (sí los más visibles, claro) ni a los entrenadores y mucho menos estoy al tanto de los numeritos. Pero, y lo digo de pie y con la frente en alto, sí soy de los que ven los mundiales. Para mí son un reposo y también un motivo de alegría. No le veo nada, absolutamente nada de malo a ver los partidos del mundial. No ando poniendo actualizaciones en Facebook o en Twitter exponiendo a los cuatro vientos que estoy viendo todos los partidos, pero tampoco despotrico, critico o ironizo con mi odio al mundial y a la horda de fanáticos emocionados o recalcitrantes. Lo digo de nuevo: no soy fanático del fútbol, pero me gusta mucho seguir el mundial. Eso sí, sin nervios a flor de piel u obligaciones postergadas. Justo en este instante puede que transmitan un partido en la tele, y yo ni enterado.  Soy mal fanático pues, o un tonto influenciable que se deja llevar por la moda, está bien; lo que quieras, pero yo en verdad no entiendo, realmente no entiendo por qué tanta amargura cuando llegan los mundiales. No veas los partidos y ya, así como yo no veo el fútbol español y huyo de los lugares donde están dando los partidos a todo lo largo del año. Que es peor, porque es todo el año.

El gran Ciro

Hace mucho, en la universidad, tuve un amigo, el gran Ciro Suárez. Ciro, alias el Gordo (ya no gordo, lo sé, querido amigo) intentó convertirme en fanático del fútbol. Me hablaba con entusiasmo del deporte, me mostraba las revistas Don Balón y me llevaba a ver partidos en las tascas.

Yo lo escuchaba hablar y tomaba cerveza. Maravilloso, yo no tenía problema. Con los años, ya sin un Ciro que me hable de fútbol y me lleve a las tascas, pues no veo los partidos de las copas. Y sí, me quejo a veces de tanto fútbol por todos lados, pero tampoco es que el asunto me quite el sueño; antes quizás un poco más, ya no.

También con Ciro, recuerdo, vimos el mundial Italia 1990. Aquello fue una jacaranda juvenil y etílica celebrada en mi apartamento con nuestros amigos… En realidad, naturalmente, nos importaba más la presencia de nuestras amigas, y aquella sensación de disfrute, de libertad, de estar ganándole una al hastío de la vida (aunque a los veinte, me dirás qué tanto hastío).

No, no tengo nada contra los mundiales. Por cierto, la inauguración de éste y el primer partido los vi con mi hijo al lado. Nosotros dos, en el sofá del estudio, comiendo alguna chuchería y con jugo de patilla en mano. Fue grato, muy grato. Así que bueno, amarguras para otro lado, que yo soy un tipo corriente, nada exquisito, y he dicho que hasta influenciable. Ni modo.

Fontanarrosa el dibujante

En fin, a lo que iba. Por aquellos años del mundial de Italia, me hice de un par de libros de un autor que sí adoraba el fútbol. Quizás un poco llevado por mi amigo Ciro, intentaba yo cogerle el gusto como asunto cultural, literario.

Aquel autor, dígase de una vez, fue el argentino Roberto Alfredo Fontanarrosa, mejor conocido como el Negro (así le llamaba, nadie se ofenda, por favor).

Nació en Rosario el 26 de noviembre de 1944 y murió, en la misma ciudad, el 19 de julio de 2007, a las sesenta y dos años. Era, así lo creo, un genio (pero los argentinos ya lo saben, claro), tanto en su rol de escritor como en su rol de humorista gráfico. Vale decir que yo lo conocí primero como dibujante.

El personaje ,Boogie El Aceitoso, del comics de Fontanarrosa

A mis quince o a lo mejor a mis catorce me lo tropecé por primera vez en alguna librería, quizás en la Lectura de Chacaíto o en la del Ateneo de Caracas, o quién sabe si en aquel quiosco muy particular que se encontraba en la Centro Comercial Profesional Avenida Bolívar de la ciudad de Valencia. En ese quiosco este muchacho de Puerto Cabello descubrió maravillas. Comencé con Mafalda, por supuesto, y seguí luego con Fierro, la magnífica revista de cómics argentina, y de allí continué con Boogie el aceitoso, durísima, simpatiquísima y sublime creación de Roberto Fontanarrosa. Si no compré el primer ejemplar de Boogie en ese quiosco, sí creo que allí me hice de uno que otro. Ahora que lo pienso, empiezo a sospechar que el dueño del quiosco era argentino, o mínimo, sureño.

Y aquí estamos con Boogie: un mercenario de nacionalidad estadounidense y veterano de la Guerra de Vietnam. Impasible, con cero escrúpulos, Boogie es capaz de las peores bajezas. Su vida y su trabajo no conocen fronteras, y es igual de cruel y desconsiderado con sus víctimas que con sus mujeres y sus allegados. Fontanarrosa, a través del personaje, dejaba al desnudo el machismo, el racismo, el armamentismo y a los fanáticos de la violencia sin fondo. Va a sonar raro que lo confiese (digo, por la naturaleza del gandul), pero aquel rubio de quijada de burro es sin duda un personaje entrañable.

Fontanarrosa y las historias de fútbol

De modo que yo ya admiraba a Fontanarrosa el dibujante y, así, un día, me encontré además con sus libros. Eso no lo sabía, que también era escritor, y que había publicado en 1982 una novela que se titula El Área 18. Esa fue la primera que tuve. Luego un libro de cuentos.

El Área 18, su segunda novela, es toda una locura fascinante entre el thriller, el humor y el espionaje internacional que tiene como escenario a la apartada Congodia, una región sita en alguna parte del continente africano. En la novela, dos equipos de fútbol se enfrentan en esta particular tierra de Congodia, que se ha hecho muy próspera gracias a la maestría de su equipo de balompié. Las estatuas de sus futbolistas atestan las plazas y los museos del país y el campo de fútbol de la capital, Bombassi, está construido sobre el cráter de un volcán. Fontanarrosa, por medio de la estrambótica tierra de Congodia, se nos muestra como uno de los magníficos herederos de Raymond Roussel, Marcel Duchamp, André Breton y hasta del mismísimo Boris Vian.

El protagonista de esta originalisima novela sobre fútbol, es un aventurero sirio de nombre Best Hama Seller, quien ya había sido el héroe de la primera novela de Fontanarrosa, titulada, justamente, Best Seller (1981). En El área 18, Best Hama Seller se une a un grupo de mercenarios contratados por una corporación, y juntos serán entrenados para enfrentar al imbatible equipo de Congodia con el fin de ganar una apuesta multimillonaria en la que la oscura trasnacional está, obviamente, involucrada.

En este libro Roberto Alfredo Fontanarrosa compila sus cuentos sobre fútbol

En 2000, Ediciones De la Flor (la misma que publicó a Mafalda y a Boogie el aceitoso), lanzó una recopilación de todos los cuentos de fútbol que había escrito el Negro; en el libro, Puro fútbol, son veintitrés en total, si no me equivoco. A la fecha, Fontanarrosa había publicado ocho libros de cuentos, y siempre en ellos había incluido cuentos que le rendían homenaje a su pasión deportiva. Estas historias, escritas con un notable manejo del lenguaje, siempre suelto, coloquial, lleno de giros y asombros, están repletas de personajes estrafalarios y delirantes que, por supuesto, se dejan arrastrar sin frenos por las sensaciones que el fútbol desata

Recuerdo especialmente uno de ellos, «Memorias de un wing derecho». Lo leí en El mundo ha vivido equivocado, el segundo libro de cuentos de Fontanarrosa, publicado en 1982. Acá, un supuesto wing derecho nos habla de sus días en el campo y, entre otros menesteres, nos asegura que ha llegado a meter hasta cincuenta goles por semana, y que, en veinte años de carrera, ya lleva unos seis mil ochocientos. Por supuesto, hay un giro de tuerca allí, una segunda historia por debajo. «Memorias de un wing derecho» es un cuento fresco que años después inspiraría Metegol (2013), una muy bonita y alegre película en animación 3D dirigida nada más y nada menos que por Juan José Campanella, el cineasta ganador del Óscar a Mejor Película Extrajera gracias a El secreto de tus ojos. Este cuento, «Memorias de un wing derecho», ha permanecido conmigo durante años. Es de las pocas cosas que he leído y sé de fútbol, pero que además salió del ingenio de Roberto Fontanarrosa, un grande del humor y de la literatura argentina.

Así que a seguir con el mundial, un lugar al que siempre vuelvo. Porque me trae gratos recuerdos, porque todavía lo disfruto. La vida es un asco, compañeros, y hay que disfrutar de las pequeñas cosas que nos dan un poco de regocijo. No paren mientes a lo que digan los demás.