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Fragmentos de un diario sobre el año de la peste (IV); La lengua amenazada

¡ A callar! parece ser la consigna política que acompaña el coronavirus en Venezuela y otros países. En este relato Ednodio Quintero establece un hilo con episodios de " lenguas cortadas", en la literatura universal.

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Leyendo Bestias (2002), la inquietante novela de mi admirada Joyce Carol Oates, me encuentro con esta joya… del horror. A Gillian, la protagonista, su profesor, de quien está perdidamente enamorada hasta el punto que enmudece en su presencia, la llama Filomela, como alusión a la doncella de la mitología griega convertida en ruiseñor. Escribe Gillian, en la voz de Joyce Carol Oates: “Releí el relato de Filomela en Las metamorfosis. Era peor de lo que esperaba. La virgen Filomela es violada salvajemente por el hombre que debía protegerla, su cuñado Tereo. Después de violarla, Tereo le corta la lengua para que ella no pueda acusarlo. La escena es típica de Ovidio, vívida, cinematográfica y sádica”. Acudí entonces al texto de Ovidio que había estado releyendo en estos días en paralelo con La Eneida de su contemporáneo Virgilio, y busqué el capítulo dedicado a las desdichadas hermanas Progne y Filomela. Pandión, rey de Atenas, le concedió en matrimonio a Tereo, rey de Tracia, su hija Progne por los servicios que éste le había prestado en la guerra contra Tebas. Ya en Tracia, pasado el tiempo Progne ruega a su marido que convenza a Pandión para que permita a su querida hermana pasar con ella una breve temporada. Tanto insiste Progne, que Tereo se traslada hasta la corte de su suegro y le trasmite los deseos de Progne. Tereo, que no conocía a Filomela, al verla se enamora locamente de ella. “Tereo, al contemplar a la doncella, se abrasó del mismo modo como cuando alguien pone fuego bajo unas amarillentas briznas de paja o cómo arden las hojas y las hierbas sobre un montón de heno” (Ovidio. Las metamorfosis. Libro IV). Renuente al principio, Pandión cede ante las súplicas de Tereo y el entusiasmo de la inocente Filomela que ansiaba ver de nuevo a su hermana. Eufórico, Tereo regresa a Tracia en compañía de la bella Filomela, y antes de llegar a su palacio donde los aguarda Progne encierra a la doncella, la viola y le corta la lengua. A su esposa la engaña con un cuento de caminos. A pesar de su mudez, Filomela logra comunicarse con su hermana, que acude a rescatarla y ambas urden una terrible venganza contra el criminal Tereo. Aquí me detengo, pues la muerte de Tereo y las dos hermanas dejaría el Macbeth de Shakespeare y los films de Tarantino como historietas para niños. Y de lo que quiero hablar en esta crónica pasajera es de la importancia de la lengua, vale decir del instrumento que nos permite la comunicación con nuestros semejantes.

 

(Un paréntesis antes de continuar. En Jajó, un pueblo de Trujillo, durante el año escolar 1958-59 estudié sexto grado de primaria. Entre otras cosas, en ese bendito año fui feliz. Tuve dos novias, aunque no se me podría acusar de bígamo prematuro. La primera, Ondina, de ojos como esmeraldas, me dejó por un grandulón que tenía fama de pendenciero, y busqué entonces consuelo en Filomena, una chica que me hacía ojitos, de piernas largas y flexibles, retinta y larga cabellera, “como el ala de un cuervo” habría escrito Ovidio si la hubiera conocido, más alta que yo. Para mi contento, Filomena me correspondió enseguida y recuerdo que nos besábamos al anochecer en plena calle fría y solitaria y que tenía que subirme a la acera para estar a su altura. Tal vez fueron aquellos mis primeros besos de lengua, no alcanzo a recordar los de Ondina. Alguien me había dicho que Filomena era la protagonista de una fábula y que se había convertido en ruiseñor. Cuando se lo conté a mi novia, creo que no le hizo mucha gracia. A ella no le gustaba su nombre, y curiosamente cuarenta años después, en un viaje que hice a Jajó donde vivía mi hermano Gerardo, averigüé qué había sido de la vida de Filomena. Uno de sus vecinos me reconoció y me dijo que la familia de Filomena se había mudado para Caracas hacía un montón de años. Que de vez en cuando venían al pueblo y que esa muchacha pretenciosa se había cambiado el nombre, se hace llamar Gladys”).

 

 

Evocar la lengua caliente de Filomena y la lengua mutilada de la infeliz Filomela me hizo pensar en el esclarecedor libro de memorias de Elías Canetti, La lengua absuelta (1977), a cuyo introito acudo con cierta frecuencia. Cuenta Canetti que su primer recuerdo se remonta a sus dos primeros años de vida cuando sus padres pasaron el verano de 1907 en Karlsbad. Sus padres salían y lo dejaban al cuidado de una niñera que habían traído de Bulgaria de apenas quince años. La chica se veía en secreto con un vecino, que entraba en la casa y hacía de las suyas ante la presencia del niño Elías que no entendía de qué iba aquel juego de su niñera con un extraño. El joven antes de despedirse de su amada le ordena al niño: “—¡Enséñame la lengua! Yo saco la lengua, él mete la mano en el bolsillo y extrae una navaja, la abre, acerca el filo a mi lengua. Dice: —Ahora le cortamos la lengua. No me atrevo a retirar la lengua, él se me acerca más y más, pronto la rozará con la hoja. En el último momento aparta la navaja y dice: —Hoy todavía no, mañana” (Op cit, pp. 23-24). Luego Canetti cuenta que esta escena se repite día tras día hasta que descubren a la furtiva pareja. Al final del breve capítulo, el autor concluye con esta frase: “La amenaza con la navaja fue muy eficaz, el niño calló durante diez años”.

 

Y estas historias de lenguas mutiladas, calientes o amenazadas qué tienen que ver con la pandemia que nos mantiene en ascuas, encerrados como ratas asustadas, se preguntarán ustedes. Pues verán, sabemos desde los antiguos griegos, en especial de las ideas atomistas de Demócrito (siglo V antes de Cristo), y para ser más precisos, del  romano Lucrecio cuyo sorprendente tratado de “épica científica”, De la naturaleza de las cosas, he estado ojeando en estos días, deteniéndome en el capítulo sobre la peste de Atenas del 430 antes de Cristo, sabemos que todas las cosas, animales, vegetales, nubes, piedras, gentes, sueños, el sol y la luna, la muerte y el amor, están relacionadas entre sí.

En el caso de Filomela como en el del niño Elías, lo que se intenta (el perverso Tereo lo logra) es decretar el silencio. Los poderosos, armados con una cruel espada o con una simple navaja, imponen su ley. O callas o te corto la lengua. La así llamada entre nosotros la sin hueso se queda paralizada ante semejante amenaza. Y es aquí donde quería llegar en esta aparente disquisición de cuarentena. Allá voy.

 

En un país, o en lo que queda de él, ubicado al norte de la América del sur, donde dicen que antaño estuvo el paraíso, la pandemia del virus salido de un mercado de Wuhan (dicen), esparcida por todos los rincones del planeta a causa del “efecto murciélago”(dicen), que en el imaginario colectivo ha sustituido el “efecto mariposa”, lo mismo da, ha brindado al régimen despótico y cruel de ese país de beldades y filibusteros la oportunidad, como caída del cielo, de mantener a sus anonadados adversarios y a sus adeptos esclavizados por una ración de pan, con la lengua afuera. Si no callas, te la corto. No se trata de un juego. Ya conocemos las artimañas y vilezas de esos rufianes. Que no han tenido reparo alguno para encarcelar, torturar, asesinar a mansalva y matar de hambre a sus “queridos” compatriotas. Y ahora, con la excusa perfecta de la bendita pandemia, encarcelan a un médico que desde un hospital donde se juega la vida atendiendo pacientes se atreve a criticar la política sanitaria del gobierno, manejada por militares; desaparecen a un periodista que informa del crónico desabastecimiento en los hospitales; y entran a saco en la residencia de un opositor alegando que un vecino informó de un contagio, y al presunto contagiado se lo llevan esposado para los tenebrosos calabozos de la policía política. Y qué es esto, señores, sino una intentona descarada, desgraciadamente exitosa, de acallar nuestra lengua. O callas o te la corto. En otras palabras, eso se llama intimidación, coacción, censura. Ojalá que los dioses de la peste le recuerden a esos señores que mienten como bellacos cómo fue que acabó el cruel Tereo. Ojalá.

 

Mérida, mi herida, 27 de abril de 2020.