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Frankenstein: Hace 200 años el moderno Prometeo echó a andar

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El monstruo fabricado con partes de diversos cadáveres inició la andadura de un destino entonces improbable. Hacia 1818, Mary Shelley empezó a reunir los fragmentos de una portentosa obra de fantástico horror: Frankenstein o el moderno Prometeo, la novela. Doscientos años después, quizá la criatura de una ficción ya esté entre nosotros, vale decir, como ente o realidad, y en ansiosa búsqueda del ser; una fabricación humana, aunque, paradójicamente –y en medio del olvido metafísico que señaló un filósofo–, más humano que el prometeico artífice. En la visionaria narración de Shelley, la temeridad del titán condenado por hurtar de los dioses el fuego creador, se repite en el siglo XIX, en la figura del científico, el doctor Frankenstein, cuyo nombre se recuerda más por la hechura que abrió los ojos en el relámpago cautivo de un laboratorio.

“¡Cuántas cosas estamos a punto de descubrir si la cobardía y la dejadez no entorpecieran nuestra curiosidad!”, se dice Víctor Frankenstein en uno de los primeros capítulos de la novela, concebida por Mary Shelley como una relación epistolar en la que el explorador y navegante Robert Walton da cuenta a su hermana de los acontecimientos que atestigua rumbo al Polo Norte, entre otros, el encuentro con el atormentado científico ya marcado por la tragedia que engendró.

Mary Shelley, la precoz creadora del portento

“Aprenda de mí”, ruega Víctor en medio de la confesión que Walton empieza a registrar en un manuscrito, “al menos por mi ejemplo, lo peligroso de adquirir conocimientos; aprenda cuánto más feliz es el hombre que considera su ciudad natal el centro del universo, que aquel que aspira a una mayor grandeza de la que le permite su naturaleza”.

La obra, escrita por una joven que apenas rozaba los 20 años, es una mise en abyme que va revelando los fragmentos de la criatura sin nombre, iluminada por la intermitencia de los relámpagos de la oscura tormenta; estética del horror que la autora lega como impronta del género; y sobre todo, un siglo después, al cine que convirtió el engendro en icono de la cultura de masas, tan familiar a todas las generaciones que siguieron. A partir de entonces, Frankenstein ya no es Víctor, sino su trágica invención de piel amarillenta que deja ver el entramado de músculos y arterias…”el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos… el horrible contraste con sus ojos acuosos…el rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios”.

Esa imagen repetida y recreada tantas veces por la industria del entretenimiento desde que Boris Karloff encarnara el mounstruo en La novia de Frankenstein, la conmovedora película de James Whales de 1935 devenida un clásico del género, hasta el encantador “Herman”, interpretado por Fred Gwynne, en la popular sitcom de los ’60 The Munsters, representa el poder del mito que la joven Mary relanzó con genial acierto como paradigma no solo estético sino moral y filosófico; la gran interrogante que acompaña los avances de la ciencia: ¿hasta dónde?¿no hay límite para la creación a partir del humano conocimiento?

Elsa Lanchester y Boris Karloff de James Whales (1935)

Y así como en el relato, el engendro escapa de su autor, sucede cosa parecida con la obra de la escritora inglesa: por cuenta propia se convierte en leyenda luego de desandar los bosques de la tradición oral de Europa, se mezcla con el imaginario medieval y regresa a la modernidad para quedarse hasta hoy, iniciado el tercer milenio. La iconología fundada por Shelley se revisa una y otra vez, con versiones, tal vez menos estilizadas, más realistas o brutales como la que propone el actor y director Kenneth Branagh en su película de 1994, Mary Shelley’s Frankenstein, en la que Robert de Niro revive al horrible sobrehumano arrancado de los pedazos de la muerte.

El androide ya no es sueño

Mary Wollstonecraft Godwin, quien tomó para su nom de plume el apellido del célebre esposo, el poeta Percy Bysshe Shelley, se considera figura fundacional del género de ciencia ficción. Si bien Borges enseña la enjundia de que la imaginación de otredades futuristas o más allá de las estrellas da noticias al menos desde el siglo II de la Era Cristiana, con un Luciano de Samotrasa y su Historia verídica, en la que da cuenta sobre la vida de los selenitas que ” hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los Ojos, beben zumo de aire o aire exprimido”; Shelley tal vez haya signado como nunca antes el devenir del género, cuyo ethos se centra en los alcances de la ciencia, incluso, en permanente hybris, hasta obtener por medios artificiales la vida misma que solo Dios o Natura crean.

Si se sigue esta línea de aproximación al cine de anticipación más reciente, por tomar un ejemplo solo, las dos entregas de Blade Runner, la de Ridley Scott, ambientada en el 2019 y la de Denis Villeneuve en el 2049, aparecen como epígonos de Frankenstein. El androide visionado por Philip K. Dick, autor de la novela que inspira ambas películas, sin duda lleva la genealogía originada en la segunda década del siglo XIX. La diferencia está en que la creación de vida fuera del imperativo biológico ya no luce remota, mera improbabilidad en un futuro especulado. Es inminente si no ya un hecho en la realidad de la ciencia.

Alicia Vikander como Ava, Ex Machina

A propósito, la película de Alex Garland de 2014, Ex Machina convertida en culto en muy poco tiempo, expone la cuestión del androide y la inteligencia artificial en forma muy inquietante, e incluso como problema a la hora de abordar el tema desde la ficción. El argumento echa mano como estrategia narrativa del conocido Test de Turing, creado por el infortunado genio británico que le da nombre; una metodología que pone a prueba los alcances de la inteligencia artificial frente a la inteligencia humana. En el relato de marras, la narración plantea la pregunta ¿quién es el protagonista? ¿El ser humano o el androide? ¿Cuál de los dos presta su mirada al espectador, un punto de vista?¿Responde el androide la pregunta sobre el ser en los términos que plantea la filosofía moderna? ¿Es esto posible en el momento presente? ¿Ya tiene lugar en el secreto de los laboratorios esta suprema transgresión?

Es así como la andadura de aquel sombrío engendro del doctor Frankenstein continúa no ya como horror imaginado sino como posibilidad cierta de la ciencia.