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Gisela Kozak : Nuestro estalinismo-maoísmo comenzó con Maduro

Gisela Kozak , autora de En rojo: ( narración coral) en esta entrevista con Roberto Giusti, ofrece una valiosa información e interpretación sobre la narrativa que emana de la política de los últimos 20 años en Venezuela.

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Cáustica y sin adornos, así como la prosa de sus relatos, Gisela Kozak, esgrime el twitter con destreza de afilada puntería, directo a donde más duele. La última de sus víctimas fue la denominada primera combatiente, luego del presunto atentado en contra Nicolás Maduro: “Sabía Cilia que su marido no extendería el brazo para combatir su destino juntos? ¿Qué el anillo de seguridad del tirano no cubre a su esposa? ¿No es triste para una dama no ser tratada como la primera por el hombre de su vida?”.

Doctora en Literatura de la Universidad Simón Bolívar, profesora de la Universidad Central, promotora cultural, ensayista, cuentista, novelista, su libro En Rojo (narración coral), recoge los años de la implantación del chavismo en sus primeros diez años.

Partiendo de la premisa según la cual existe una serie de novelas que se ocupan de la tragedia venezolana, uno podría advertir, sin embargo, que en su mayor parte constituyen visiones parciales y no asumen el tema en su totalidad.

-Asumir el tema en su totalidad sería, supongo,  escribir una novela al estilo de Doctor Zhivago de Boris Pasternak;Europa Central, de William Vollmann; Vida y Destino, de Vasili Grossman ; o Los cisnes salvajes, de  Jung Chang.  Efectivamente, no existe una novela de técnica realista, muy extensa, que cubre un amplio espectro de personajes y que de una visión de cómo el totalitarismo penetra en todos los aspectos de la vida de los venezolanos. La única que tiene un ángulo de visión semejante, no la extensión,  es Nocturama, de  Ana Teresa Torres, y es una distopía, no es realista.  No obstante,  recomiendo  Patria o muerte,  de Alberto Barrera; Noche oscura del alma,  de Carmen Vincenti;  The night, de Rodrigo Blanco;  Chulapos Mambo,  de Juan Carlos Méndez Guédez;  El complot,  de Israel Centeno;  La cruz más lejana del puerto,  de Edilio Peña; Las peripecias inéditas de Teofilus Jones, de Fedosy Santaella.

 

-Hacía la pregunta anterior pensando que el totalitarismo venezolano, el totalitarismo del siglo XXI, presenta una historia y unas características que invitan a plantearlo desde la perspectiva literaria

-Jung Chang se planteó  la historia de tres generaciones de mujeres chinas en el siglo pasado cuando ya vivía tranquila  en Inglaterra. Vasili Grossman escribió sobre lo peor del estalinismo después de la muerte de Stalin. Vollman lo hizo  unas cuantas décadas después.  Si bien el gobierno de Hugo Chávez  fue absolutamente nefasto,  puesto que sentó las bases  de la revolución bolivariana  y destruyó la economía y las instituciones del país,  el período   comparable  con el estalinismo soviético  y el maoísmo chino  comenzó en 2013  con Nicolás Maduro.

-¿Crees que sería una maldad exigirle a los escritores venezolanos que hagan, en su debida escala, lo que hicieron novelistas como Vasili Grossman y William Vollmann a la hora de encarar el tema del totalitarismo?

-La verdad es que no entiendo  claramente la pregunta. Maldad puede referirse a exigirle una tarea superior al talento demostrado  hasta ahora.  Maldad  puede referirse también  a que los escritores que están en Venezuela viven en condiciones muy difíciles.  Se le está exigiendo una novela  extensa a escritores  que no viven de su oficio, en una época  en que las editoriales  apenas sobreviven  en Venezuela. Habría que escribirlas  para editoriales extranjeras  sensibles a la problemática venezolana como las han habido respecto a la problemática de Cuba. Leonardo Padura, qué ha escrito un amplísimo ciclo de novelas sobre la revolución cubana,  ha dicho siempre en sus declaraciones  que no sabe qué hubiera sido de su obra si no se hubiese ganado el premio Tusquets a finales de los años ochenta. En todo caso,  el  novelista que se proponga una novela de esa naturaleza,  tardará años en escribirla.

 

-¿No sería un buen ejemplo Memorias de un Venezolano de la Decadencia?

-Es un libro de memorias, no una novela, pero asumiendo su calidad como escritura, es un buen ejemplo. En todo caso, valdría la pena leerse Diario en ruinas,  de Ana Teresa Torres, el cual acaba de ser publicado.

-¿Hay algún escritor venezolano que haya salido del país perseguido y censurado por su obra?

-Creo que Israel Centeno es el único que podría caber en tal definición,  pero desconozco los detalles.  El gran problema de la revolución bolivariana nunca ha sido la literatura  sino la televisión.

-¿No obedece esa despreocupación por los escritores y en general por los intelectuales a que el venezolano no lee y eso le encanta a la dictadura?

-El promedio de libros de acuerdo a las estadísticas del Centro Nacional del Libro e  investigaciones independientes apunta a un par de libros al año, lo cual nos coloca en un buen lugar en América Latina.  Esto no quiere decir que no se lea puesto que existe la lectura en el ciberespacio; indudablemente es un  tipo de lectura que perjudica a la novela, la cual exige atención y perseverancia.  Pero no es cierto que no se les ponga la atención  a  los escritores, investigadores y profesores universitarios  que intervienen en el debate público vía redes sociales o artículos de opinión.  Pienso en Elías Pino Iturrieta, Erik del Bufalo, Colette Capriles, Alberto Barrera o Leonardo Padrón.  El gobierno no los quiere, pero ya cumplió su objetivo  de silenciar a  la televisión; no tiene que encarcelarlos.

-En tu libro registras un impresionante desfile de personajes en abigarrada muestra de procedencias y cuentas cómo se acomodan a los cambios en esta primera etapa del “proceso”, aun cuando las bases de la sociedad comienzan a resquebrajarse y el fenómeno se esconde bajo los altos precios del petróleo.

-En En rojo quise narrar la vida en una Venezuela que comenzaba a tener un clima de asfixia. Se trató de un ejercicio en el cual existencias aparentemente independientes entre sí, tenían un hilo conductor; vivir en una sociedad que estaba siendo paulatinamente secuestrada por el estado revolucionario.  Lo escribí entre el año 2007 y el año 2010 y efectivamente expresa una primera etapa  de acomodación  pero también de ruptura  y naufragio.

-Impresiona también que por ningún lado aparezca el nombre de Chávez y menos la expresión política de la compasión por los pobres, quienes, sin embargo, no faltan en tus relatos.

-No veo porque tendría que estar obligada a que apareciera el nombre de Chávez  En rojo, pero el personaje sí aparece  en varios cuentos,  incluso en el primero. Hablar de compasión por los pobres  me parece  propio de la religión.

La autora de “En rojo” narra en su obra la implantación del chavismo en sus primeros 10 años pero asegura que que el estalinismo soviético y el maoísmo  comienzan en Venezuela con Maduro en 2013     Foto de milagrossocorro.com

-¿No crees que le debes a los lectores la segunda parte con lo que vino después?

-Estoy pensando en  escribir un libro de ensayos sobre estos últimos 20 años de Venezuela en el cual aparecerían temas recurrentes en mis artículos, en mis libros, incluso en mi trabajo académico. Creo que le debo ese libro a mi país,  así se publique en mi página web. Investigadores,  estudiantes,  simples lectores,  quizás le encuentren  utilidad a un texto como ese. La verdad es que nadie está pendiente del Grossman o la Chang venezolana, así que no hay que sentirse obligado a nada.

-¿En estos tiempos, cuando los venezolanos mueren de hambre, tiene sentido luchar por los derechos de minorías como las lesbianas y los homosexuales?

-Desde esta pregunta no vale la pena ninguna lucha ajena a oponerse al gobierno y todas las energías deberían concentrarse  en la salida del poder  de la tiranía madurista.Tampoco valdría la pena escribir novelas de mil páginas, al estilo  Grossman, o quejarse por la falta de libertad de expresión y el acoso a los periodistas. Lo primero es lo primero: salimos de Maduro y luego lo demás. El asunto es que no tener derechos perjudica a gays y lesbianas en asuntos obvios para un heterosexual. Yo puedo estar con mi pareja en México porque me casé, de otro modo no podría. No casarse es un problema a la hora de emigrar y a la hora de proteger los bienes y derechos de la pareja homosexual. Toda lucha de este tipo, ciertamente, debería insertarse en un marco mayor que sirva para debilitar al régimen, pero no es fácil; el gobierno ganó porque ejerce la maldad sin cortapisas y está armado. Nosotros no somos capaces de lo mismo y no tenemos fuerza desde el punto de vista militar.