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Hazañas

El autor desgloza en este artículo de opinión, sus impresiones de la antología de cuentos del notable autor venezolano: Salvador Garmendia

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Una mañana de mediados de los noventa coincidí con Salvador Garmendia en un vagón del metro de Caracas. Su mujer, Elisa Maggi, me lo había presentado (La Negra era mi jefa) en alguno de los eventos que el organismo donde trabajábamos multiplicaba para promocionar el libro y la lectura. Garmendia iba sin leer, absorto en el reflejo de la ventana. Me senté a su lado y como si continuáramos una charla interrumpida por el accidente de no vernos durante meses, recaímos de inmediato en el tema. Descreía de sus novelas. Consideraba que las piezas escritas en el fragor del llamado “compromiso” y bajo el influjo de las maneras existencialistas le granjearon, sin duda, un lugar en la historia de la narrativa venezolana, pero ahora, vistas a la distancia, esas obras le parecían menos novelescas, lentas y poco ficcionales. Mientras se mesaba la barba, agradeció el gesto de la crítica por ocuparse de esos “mamotretos” (así dijo); no obstante, “el valor de mi trabajo, si lo tiene, está en el cuento”.

Aunque siempre debemos precavernos respecto de las opiniones que los autores ofrecen sobre sus textos, en el caso de Garmendia aquella casual y lejana plática quizá contuviese un grano de verdad: los relatos de Salvador constituyen una deslumbrante prueba sobre las potencias de la lengua al punto de que su dominio del formato lo sitúa entre los más sólidos narradores de América Latina. Un hecho, sin embargo, que no disminuye el valor de sus novelas, las cuales han sido analizadas por un ala de la crítica (Emir Rodríguez Monegal, Ángel Rama) como partes del boom latinoamericano de la década del sesenta.

Pero hay que reconocerlo: el cuento es el territorio al que Garmendia dedicó sus mayores esfuerzos, el campo de experiencias para indagar los alcances de la prosa hasta límites que dislocan el orden semántico del mundo, en tanto el relato incrementa su aplastante y lógica materialidad. Así pues, Salvador es un maestro del género, un escritor que talla el sentido profundo de esa delicada estructura y, pleno de aquel conocimiento, levanta un impresionante corpus de narrativa breve que hoy exige mayor atención.

En vida, Garmendia publicó al menos quince volúmenes de cuentos. Suerte de ejemplares raros (desaparecieron muy rápido del mercado), algunos de esos títulos, como Difuntos, extraños y volátiles (1970) o La gata y la señora (1990), significaron un cambio en su oficio creativo con repercusiones, incluso, en el contexto de la literatura del país. Dos cuentos suyos restallan, asimismo, en nuestro imaginario: “El inquieto anacobero” (1976) y “Tan desnuda como una piedra” (1989). El primero, por el escándalo que atizó un sector social simple y pudibundo al extremo de demandar, entre otras instancias, al autor; el segundo, por su triunfo en el concurso Juan Rulfo otorgado por Radio Francia Internacional y el Centro Mexicano de París. Ambos relatos se sostienen, sobra decirlo, por sus cualidades estéticas, no por aquellas extravagancias contextuales.

Si bien luego de su muerte en 2001 la memoria de Garmendia, el cuentista, se mantuvo más o menos viva (cinco antologías entre 2002 y 2014), hacía falta reunir en una sola edición todos sus relatos. Una empresa colosal dada la vastedad de una práctica que comenzó a hacerse pública en 1958 y que se desplegó no solo en libros, sino en revistas y diarios. Sé que La Negra Maggi hizo el intento en varias editoriales, pero el proyecto no avanzaba o su marcha dependía de la azarosa fluctuación económica del último decenio. Hasta que por fin: Fundavag Ediciones ha publicado los Cuentos completos (Caracas, 2016), de Salvador Garmendia.

garmendia

Sobrios, elegantes, impecables, se trata de tres voluminosos tomos: el primero recoge los textos publicados entre 1958 y 1980; el segundo conjunta los trabajos del período 1981-1989; el tercero fija los relatos correspondientes al lapso 1991-2001. La presentación recae en Alberto Márquez; la minuciosa bibliografía es responsabilidad de Guillermo Ramos Flamerich.

En menos de dos años, Fundavag Ediciones ha hecho un sustancioso aporte en favor de la literatura con dos títulos fundamentales: Fervor de Caracas (2015), la hermosa antología compilada por Ana Teresa Torres, y ahora este monumento: una hazaña editorial y, por supuesto, literaria.

Los tomos son resultado de una exhaustiva pesquisa en todo tipo de fuentes y de un sencillo planeamiento cronológico basado en la fecha en que cada cuento (o volumen) se dio originalmente a conocer. No se trata de una edición crítica, sino del acopio general de los relatos de Salvador Garmendia en un empaque asequible y de excelente acabado para una amplia lectoría. No obstante, su manejo también será útil para cualquiera que ande tras los pasos del hombre y su obra (estudiantes, investigadores, académicos).

De modo pues que ya el lector dispone –completo– de uno de los materiales narrativos más fascinantes producidos en Venezuela; un cuerpo ficcional en varios registros (fantástico, realista, con variantes policiales) que hace del absurdo, la ironía y el humor estrategias artísticas para moderar la chata cotidianidad. Trescientos tres (303) cuentos en los que la simbología agraria se mezcla con lo moderno, la cultura pop con tozudos atavismos, el melodrama con la tragedia. Que se sepa: una proverbial lección de escritura y sabiduría.

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