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Héctor Padula: Retraté a los Yanomami a la luz de la luna

En opinión del doctor Héctor Padula quién convivió ,sanó y retrató a los Yanomamis ellos deben tener la libertad de acercarse más o alejarse de la civilización

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El encuentro cara a cara con los indígenas del Amazonas siempre es emocionante para un venezolano. En parte porque ellos nos remiten a nuestros ancestros y a un pasado remoto en pleno siglo XXI.  En este caso, ese acercamiento se produjo gracias a una exposición de fotografías realizadas por el doctor Héctor Padula que se titula Ipa Wayumi  y  tiene lugar  en  Spazio O, Galería hasta el 31 de marzo con el respaldo de la Fundación Telefónica Movistar.

A la presentación a la prensa de la muestra, se añadió la de un libro del mismo título con las fotos de Padula, textos curatoriales de Lorena Gonzáles y el diseño de Katalín Alava, mientras que la tutoría de ambos eventos estuvo a cargo del reconocido fotógrafo Vasco Szinetar. Al final de la tarde, una merienda deliciosa y la proyección de un documental alusivo amenizaron la reunión.

Cuando  Héctor Padula  explica la exposición Ipa Wayumi señala que es un libro de vida porque nunca fue concebido como un trabajo fotográfico de cuerpo autoral. “Simplemente fue la manera que encontré para enfrentar  las vivencias que tenía como médico de la selva y principalmente para recordar esos momentos”, afirma.

Relata el médico y fotógrafo de arte que su pasantía rural de un año junto a otros seis médicos, en el alto Orinoco se prolongó por dos años más, desde 1986 hasta 1989. Y en ese lapso le tomó cariño a los Yanomami y los retrató, cosa que no era habitual en esa comunidad. Su trabajo como sanador en una tribu que considera relevante el vínculo entre la vida, la muerte y la enfermedad, le permitió acercarse a ellos y sólo cuando se convencieron de que no había daño ni maldad en sus fotografías, le permitieron tomarlas.

—Años más tarde empecé la digitalización de los negativos —continúa el fotógrafo señalando hacia un rosto que sobresale del muro— le llevé los rollo a Franca Donda para que me los revelara. Ella me pidió autorización para forzar la luz de las fotos y logramos obtener estas imágenes en blanco y negro tomadas a la luz de la luna.

¿Por qué a los Yanomami no le gustaba que le tomaran fotos?

—El Yanomami cree que si le tomas una foto te llevas su alma. Yo cometí el gran error de enseñarles mi cédula de identidad y ellos ratificaron que alguien podía llevarse su alma en una foto. La convivencia y ver que ayudamos a alguien a sanar, les hizo cambiar de parecer.

–En el contexto global de la marginalidad, ¿usted cree que los indígenas están mejor o peor que el resto de las personas que se sitúan en la periferia de la sociedad desarrollada?

—Creo que tenemos que reconocer que ellos tienen las de ganar. Porque en estos rostros que vemos aquí hay felicidad, no hay el dolor o la amargura que muestran los desamparados de la ciudad. La enseñanza es que se puede ser feliz con muy poco.

Los Yanomami le permitieron a Padula retratarlos cuando descubrieron que no había maldad en él. Foto: Edisson Urgilés

–¿Cómo está el Yanomami hoy en día?

—En estos momentos muy mal porque el proyecto nuestro que involucraba una atención médica prolongada, el aporte médico-científico a la comunidad y un cierto grado de turismo controlado, se abandonó. Lo mismo ha ocurrido con otros programas y la acción de agrupaciones dedicadas a la atención de los indígenas sin contar con los errores antropológicos que se cometen y que en lugar de ayudar, afectan  a las comunidades remotas. Yo, por ejemplo, cometí uno. Decidí cambiar, en un momento determinado, el servicio de un motor por un machete. Luego entendí que con ese machete introducía un cambio de jerarquía en la tribu que podía  tener graves consecuencias. Algo como darle la bomba atómica, a un país que no la tiene. Entonces, en nuestro grupo, empezamos a revisar los trastornos antropológicos que podíamos ocasionar. Finamente concluimos que los Yanomami y nosotros no nos conocíamos y que el mutuo acercamiento sería un proceso de aprendizaje largo.

–¿Cómo se entendían?

—El curso que hicimos de idioma Yanomami de seis meses antes de partir a la selva ,no ayudó mucho. Por otra parte, su diccionario es muy corto y a menudo se expresan con sonidos guturales.

–¿ Qué le quedó de esa experiencia?

— Desde entonces toda mi vida ha girado en torno a esa experiencia.

— ¿ Qué le impresionó más de la convivencia con la comunidad Yanomami?

—Es muy difícil contestar a esa pregunta. Puedo responder que vivir con ellos fue un infierno y vivir sin ellos ha sido otro infierno. Porque el trabajo como médico en estos sitios inhóspitos es duro. Quedamos  incomunicados en la selva. Se nos mueren familiares y no nos enteramos. Nuestros amigos se deprimen. Nos enfermamos. Me dio paludismo cuatro veces. Pero un día, cuando yo regresaba de una vez para Caracas a hacer mi postgrado, una madre me pegó al niño de la ventanilla del avión diciendo: “Esto es gracias a ti”. A distancia de más de treinta años lloro cuando recuerdo es momento.

Héctor Padula se acostumbró a sentir a la naturaleza y aprendió de fotografía observando el paisaje selvático. Foto: Edisson Urgilés

No son pocas las fotos sugestivas que el doctor Héctor Padula disparó en tres años en el Alto Orinoco y también conserva recuerdos y anécdotas memorables. Por ejemplo ésta:”Cuando traíamos pacientes a Caracas porque había que operarlos por alguna cosa que no podíamos solucionar allá, ellos no entendían cómo la gente podía vivir unos arriba de otros, no sabían qué era cruzar una calle, si tenían calor llenaba un balde de agua y lo vaciaban sobre su cabeza. Entonces, cuando volvíamos a la comunidad ellos  no hablaban bien de lo vieron, hablaban mal. El supuesto afán de ellos de pertenecer a nuestra sociedad no es tal.

—Yo creo —añade el retratista — que malo es cuando les inducimos a tener cosas que ellos no necesitan. Por ejemplo, les mandan ropa de regalo. Ellos andan en wayuco por la altísima humedad de la selva. Le mandan un blue jean y si ese pantalón se moja queda empapado por un año. No hay forma que con 94% de humedad se seque. Luego  vienen las afecciones de la piel. Si le llevas ropa y no le llevas jabón no sabrán cómo lavar la ropa y de  pueden derivar infecciones bacterianas. Estoy convencido de que ellos deben tener la libertad de elegir dónde quieren vivir y en algún momento dirán: “Yo me alejo más de la civilización y otros dirán me voy más hacia la civilización”.

–Pareciera que el indígena no puede escapar de las  formas de explotación que la sociedad les impone, por ejemplo convertirse en un agente de turismo o dedicarse a la artesanía o en la minería. ¿Quién los protege?

—Estoy  en la obligación decir que hubo ensayos e intentos para brindarle ayuda a los Yanomami pero ahorita  la situación va de mal en peor. Porque a las misiones salesianas que estaban protegiendo bien a algunas  comunidades cercanas a ellos, les llegó la crisis que afecta a a todo el mundo y la ayuda por parte del Estado prácticamente es nada. En la actualidad ellos están en las manos de Dios.

Los rostros y los juegos de los niños son las series predilectas del doctor Héctor Padula. Foto: Edisson Urgilés

–Pasando a un tema que está muy presente en su exposición “Ipa Wayumi”: ¿cómo es vivir en estrecho contacto con la naturaleza? ¿Cuánto bien le hizo?

—En mi caso fue el inicio de la fotografía porque captar la transformación de la luz cuando se aproxima la tormenta y todo va cambiando de un color intenso y saturado a  blanco y negro, para mí fue un gran aprendizaje. Después me enseñó a manejar la paz. Muchas veces en la ciudad si no tienes nada que hacer, buscas qué hacer, pero si estás en la selva, agradeces pertenecer a ese medio y poder sentir lo que te está diciendo. Simplemente: “Quédate y observarme”. Muchas veces yo me acostaba en mi chinchorro después de trabajar a ver el río y las nubes pasar y eso era mi máxima felicidad.

–¿Cuáles son sus fotos predilectas de esta muestra?

—La serie de los retratos y esta serie de niños. Yo pasé un momento muy difícil en mi vida. Mi papá estaba enfermo y, a pesar de eso, me tuve que ir a una comunidad apartada, caminando por una semana descalzo porque perdí un zapato. Llegué a esta comunidad porque había una epidemia de sarampión y pude tomar estas fotos con los niños quienes me despertaban de noche para jugar. Y estos niños salvaron mi vida porque yo pasaba por una etapa particular en la cual cuestionaba todo, me sentía triste, solo y como perdido.  Ellos presintieron “este anda mal”  y me permitieron tomar estas fotos de sus juegos a luz de luna y de las estrellas.