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Jacobo Borges: Ahorita estoy pintando el dolor (2)

En la segunda parte de la conferencia promovida por AICA Jacobo Borges narra su vida de adolescente hasta hoy y complace al público revelando aspectos de su pintura; racional en términos de la investigación y método, lenta en el dibujo, expresión de sí mismo y acto de rebeldía .

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En la escuela

Cuando yo tenía 10 años, Alejandro Otero hizo un curso experimental de dibujo en una biblioteca infantil que quedaba cerca de mi escuela y yo asistí a ese curso en las tardes por un año. También vi a Soto pintando un mural en la Pérez Bonalde. Estaba viendo su mural, me puse a hablar y le dije, “Esa mano está muy grandota.” y el respondió: “La pintura, no es una fotografía.” Con eso yo tenía embromados a todos los niños del colegio, porque cuando me decían que algo de mi dibujo no estaba bien, yo repetía; “El dibujo, no es una fotografía”.

En la escuela, en el sexto grado, había una maestra bellísima que se llamaba Fabiola. Resulta que, en la clase, a los más chiquitos los obligaban a sentarse en la parte de atrás del salón. Los otros niños me daban golpes para que yo me metiera debajo del escritorio de la maestra para verle las piernas y regresara intacto a mi puesto. Para distrae a la maestra ellos se levantan y la llamaban en voz alta. Logro pasar agachado por ese espacio que era tierra de nadie, meto la cabeza allá abajo y cuando metí la cabeza, un alumno gritó: “¡Maestra, Borges está debajo!” Ella me agarro por la oreja, así guindada, y me llevó a la dirección.  No tuve tiempo de verle las piernas. Vino el director que nosotros creíamos que era el novio de la maestra. Ella le contó y él me dijo: “¡Te das cuenta de la cosa horrorosa que has hecho!». Salió y yo me quedé callado. A las 11 de la mañana me dio dinero, un envase de cinco litros y me dijo: “¡Compra gasolina!” Yo compré los cinco litros de gasolina, los puse ahí, sonó el timbre de la salida de los alumnos, el me entregó una caja de fósforos y me dijo: “¡Échale gasolina a toda la escuela y préndela!”  Y se fue. Primero registré por donde iba a comenzar el incendio, pero me di cuenta que no tenía salida y que si producía el incendio yo iba a morir allí, ¿pero, si no la quemaba, qué me haría el director? Le daba al fósforo y no me prendía, echaba la gasolina y el fuego no prendía. Así pasé como dos horas hasta que él llegó “¿No quemaste la escuela?” preguntó y enseguida «¿Qué te gusta hacer?», “dibujar”, le dije.

Me llevó a una carpintería, me dejó unas maderas y agregó: “¡Tú puedes hacerme retrato de Pérez Bonalde!”. Le dije que no tenía lo necesario.  Compró papeles, lápices e hice mi primer retrato del hombre que le daba el nombre a la escuela. Después empecé a hacer los retratos de todos los próceres y la escuela empezó a llenarse de dibujos míos enormes . Yo era uno de los más pobres de la escuela pero era famosísimo. Mamá me compraba al año, el pantalón, la camisa o el saco, nunca las tres cosas, entonces por ejemplo, el pantalón me quedaba corto y el saco me lo tapaba pero cuando caminaba por la escuela, decían con aprecio “¡Ahí va Borges!”.

A propósito de las coincidencias de la vida, muchos años más tarde descubrí que la maestra Fabiola era familia de Diego Risques. Cuando ella ya era viejita la encontré; recordaba lo ocurrido pero me dijo que ella no estaba enamorada del director, él estaba enamorado de su hermana. Eso fue una corrección muy importante para mi, después de treinta años. Otra coincidencia es que el mismo director Guerrero llegó a ser el Director de todas las Escuelas Municipales y jefe primero de Régulo Pérez y luego mío, en el diseño y la diagramación de la revista del Consejo Municipal.

Jacobo Borges : » La vida me puso personas y cosas juntas, tanto que puedo decir que he sido sortario». Foto: Ezequiel Carías.

Trabajé en el Silencio con un colombiano que hacía siluetas magníficas, pero mi trabajo era apretar un tubito de goma y el pasaba el dedo y pegaba la silueta. Tenía otra tarea también muy importante, era poner en un caballete todos sus trabajos para que los clientes los vieran y por eso llegaba primero que él al lugar. En El Silencio todos sabían que ese muchachito lo único que hacía era pasar el dedito, y un día Régulo Pérez se fue a hacer una silueta y yo lo observé y grabé su rostro. Cuando entré a la Escuela de Artes Plásticas lo reconocí y le comenté lo de la silueta; él estaba por graduarse y yo comenzaba.

Cuando tenía  diez u once años papá me llevó a una carpintería en el centro de la ciudad porque él había decidido que cada uno de nosotros, los tres hermanos, tendría un oficio; el primero mecánico, otro tractorista y yo carpintero. Tuve que decirle que quería ser pintor y él me dijo: “Te vas a morir de hambre” y le respondí: “pero tú me contaste un cuento de un chino que trabajaba en un restaurante en el centro, dejó de ser mesonero  y estudió escultura. Él hizo los dos leones grandísimos que están en la entrada de Valencia. Quiere decir que al chino no le fue mal.” y papá replicó: “Sí, pero él es chino y tú no”.

¡A trabajar!

Yo sabía que al terminar el sexto grado tenía que trabajar. No seguiría los estudios y entonces empecé a buscar la dirección de una imprenta y la encontré. Yo había trabajado en vacaciones; había limpiado zapatos frente a un cine, vendido fruta y trabajé en la pequeña bodega de mamá.  El dueño de la imprenta era catalán; me aceptó y llevó a un sitio a retocar fotos. Allí pasé buena parte del día. Yo regresé a las seis. Ustedes se imaginarán cómo estaban unos padres que no saben el paradero de su hijo desde la mañana. Ellos se angustiaron muchísimo. Mi papá nunca me había pegado, inventó un castigo que era que yo tuviera una piedra levantada con los dos manos durante veinte minutos y mi mamá, que era más práctica, me pegó.

Al día siguiente me querían llevar a la escuela. Intentaron disuadirme de ir a trabajar. Mi papá me dijo: “¡Móntate en el carro!” y “¡Yo no me monto!“  y “ ¡Si me monto me mato!”, grité. Por eso digo que si mamá no hubiera sido tan estricta yo hubiese sido aún más destructivo.  Y finalmente papá le dijo a mi mamá: “¡Déjalo hacer lo que quiera!”. Y así fue como empecé a trabajar a la semana en la imprenta. Había un muchachito un poco más grande que yo, que ganaba como 18 bolívares al mes en el laboratorio mientras que yo no recibía dinero. Cuando fui hablar con el secretario del dueño, me preguntó: “¿En la escuela te pagaban?, ¿Aquí igual está aprendiendo; por qué yo debería pagarte?” Cuando, salí estabas todos los obreros y el muchachito esperando su sobre y él empezó a burlarse porque yo no tendría paga y me puse a pelear con él. Apareció el dueño y dijo: “ ¡ Si  vuelves a pelear te vas!”. Hubo momentos divertidos en los meses que yo trabajé en esa imprenta. El secretario me dio permiso para ir a estudiar pintura a las dos y media de la tarde. Desde ese momento yo pasada al lado del muchacho  de 14 años y le decía: “¡Adiós esclavo!”. Al quinto día consecutivo me dijo: “¡Vamos a hacer la paz!”.

Carlos- Cruz Diez

El curso de pintura lo daba Pedro Ángel González, un día entró al taller, un joven. Yo tenía 14 años y él tenía unos 22. Era un tipo agradable, con bata, super bien vestido, simpatiquísimo. Se detenía en cada trabajo.Le pregunté al profesor quién era  y me dijo : “ Se llama  Cruz Diez y trabaja en una oficina de publicidad”.

Meses más tarde, busqué la dirección de Carlos Cruz- Diez y llegué a la agencia de publicidad. Estaba una secretaria y yo llevaba una carpeta y un discurso. Ella me indicó la puerta. Toqué la puerta y me dijeron “¡Entre!” . A la derecha estaba Carlos Cruz-Diez. Carlos estaba sentado allí dibujando y yo entro y estoy tan nervioso que grito: “¿Hay trabajo?” Y tiro la carpeta al aire  y cae justo al lado de él . Si hubiera caído donde estaba la tinta china, le destrozo el trabajo. Pero Carlos tiene mucho sentido del humor y se echó para atrás y le dijo a un dibujante que se llamaba Rojita : “ ¿tú has visto lo que ha hecho este muchachito?”. Y yo caminé hacia su mesa. En el trabajo que tenía antes, ganaba 40 bolívares, me descontaban 20 y el resto lo gastaba en el autobús. Él me dice : “¿Cuánto ganas tú ahí?”, “350”, le respondo.“Bueno, pero si tú te quieres venir para acá, yo no te puedo pagan más; te vienes con el mismo sueldo”, y yo : “ Lo soporto, porque aquí voy a aprender contigo etc etc.” 350 bolívares era plata de verdad. Primero la moto, la segunda quincena me compré una mesa de dibujo que todavía tengo y la tercera quincena ya no tenía plata porque Carlos empezó a decir: “¿te gusta jugar?  Podemos apostar. Te puedes ganar 700” Empezamos con el juego del zorro y la gallina. Apostamos 10 bolívares para empezar. Después jugando pelota con un bate de papel y vasos plásticos. El juego era accidentado y muy divertido. Yo perdía mucho dinero pero un día se me ocurre una idea y la comparto con Godfredo Romero , hermano de Aldemaro Romero, que había estudiado conmigo y había comenzado a trabajar también como asistente, en la agencia. Un día, llego serio a la oficina. Carlos me pregunta que había pasado y yo le respondo “Nada”. El segundo día Carlos repite la pregunta y yo le digo : “Carlos no me preguntes nada. Estoy bien.” pero Godfredo le dice : “ Su mamá está gravísima. Se va a morir. Él está aquí porque tiene que conseguir el dinero para ayudarla y no lo ha conseguido”. Carlos sospechó que podía ser una trampa, pero se le quitó la duda, porque pasé dos días sin hablarle. Y otra vez me pregunta y le dije: “¡Carlos no quiero que te metas conmigo ni en mi vida!” Después me disculpo por el tono. Al rato él me dio los tres mil bolívares. Godoy y yo lo celebramos.  A partir allí él me ganaba en el juego, y yo le ganaba con las trampas.

En esos días hice amistad con Mario Abreu. Él era un abusador en el sentido que todos los domingos, visitaba a alguien y se quedaba a almorzar. Un día visitamos a Alejo Carpentier. Abreu me hizo esperar hasta la hora de almuerzo y después de comer me dijo que nos quedaríamos hasta la noche. Alejo era increíble. Nos contó un viaje que hizo desde China a Moscú narrando la historia de todos los pueblos que veía desde el avión. Otro día visitamos a Sergio Antillano y cada domingo a un personaje, para que nos hablaran , conocerlos y comer. Así llegamos a casa de Aquiles Nazoa  y mi círculo de amistades crecía a la par de mi formación.  Con Sergio oía mucho jazz, Aquiles hablaba de la literatura americana. Por el taller de Carlos Cruz- Diez, pasaba todo el mundo. Es decir, la vida me puso personas y cosas juntas, tanto que puedo decir que he sido un sortario.

Jacobo Borges: » Yo sigo soñando que uno está viviendo» Foto: Ezequiel Carías

Clochard

Por ejemplo y ahora en París, me tocaba trabajar mucho y lo que producía me permitía comer, pero no me alcanzaba para pagar hospedaje o ir al teatro. Un día en Les Champs-Elysées, toqué una puerta y salió un mayordomo de esos que uno ve en las películas, altísimo, pantalón de rayas, bellísimo y le digo que ando buscando periódicos viejos. El no entendió pero dijo que espara y dejó la puerta entreabierta. En una sala había un Juan Green, me metí a ver y empecé a caminar por los pasillos de la casa , llegué a los cuartos, se me olvidó donde estaba, pero ella ( la  dueña de casa) se asomó , me vio desde el principio y no dejó que el mayordomo me sacara. Ella me miró. Un mendigo y además negrito pero su reflexión iba más allá.Algo así como qué maravilla, cómo el arte puede conmover a un primitivo, y luego ella quería saber qué sentía ese primitivo frente a esas obras.Entonces yo le di los nombres de la colección, de una obra que me interesaba,más que otra etc. Y me preguntó qué hacía, cuánto producía y por qué. Luego me entregó un sobre con dinero suficiente para pagar por tres meses todos mis gastos.

Entonces descubrí algo que me cambió la vida, y era que podía pedir en la calle y tener por ejemplo, para la entrada al teatro. Fui a una conferencia donde estaba incluso Picasso, yo con mi abrigo mendigo y una chica que estaba a mi lado, me empezó a hablar que tenía problemas económicos, y yo le dije : “ En París no hay problemas económicos. Yo no tengo problema económico”. Y ella dijo : “ Cómo va a tener problemas económicos, si es un clochard.» Ella estaba con amigos y a la salida de la charla, yo los invité a comer. Se dejaron convencer porque tenían hambre, y nos fuimos a un restaurante. Pedimos vino, comimos y yo salí a recolectar el dinero necesario en la calle y de regreso pagué la cuenta.  Veinte años más tarde volví a encontrarlos por esas coincidencias a las que me he referido antes.

Consejos

-¿Qué puedo aconsejar? Yo creo, nada. Lo único que les puedo decir es lo que me enseñó mi mamá. Ella tenía un mueble de paletas. Cuando yo quería jugar, ella me mandaba a quitar el polvo de ese mueble. Pero era un horror porque era imposible quitarlo. Mi mamá venía, tocaba la parte de atrás y decía: “No está limpio”. Uno tardaba hasta cinco horas en limpiarlo pero nunca quedaba completamente limpio.  Lo único que yo puedo enseñar a alguien es que la vida hay que hacerla intensamente sin detenerse a pensar si uno va a tener éxito o no va a poder tener éxito. Yo no creo que uno puede tomar el arte como una competencia. En lo particular todo lo que veo, me interesa. Cuando alguien me muestra algo yo siento que me está haciendo un regalo. Me importa poco si es bueno o es malo; por demás, eso es relativo. ¿Quién da el veredicto de si hay éxito o no?. Eso también es relativo. Hoy entendemos esto qué pasa en Caracas. Por qué hay tantas actividades, tantos jóvenes exponiendo y mayores, toda la pasión de la gente. Es porque uno vive y nadie sabe qué va a pasar al día siguiente. Entonces para qué uno va a convertir el arte, que es un medio comunicación, en un problema de quién es bueno y quién es malo. Todo lo que estamos haciendo, toda la relación con el arte y con el placer, hoy es acto de rebeldía, un acto de afirmación. Creo que Epicuro estaba equivocado cuando hacía un canto de placer frente a la guerra. La comunicación es un placer que nos hace más humanos. La pregunta es: ¿por qué transformarlo todo en una lucha de poder?

Levantar al ser humano que hay en nosotros es la única cosa que yo creo que puedo enseñar a mi edad. Yo sigo siendo joven, y sigo creyendo que hay cosas que aún puedo lograr. Es decir, sigo soñando que uno está viviendo. Y ese es mi único legado.

En este punto el público de la Sala TAC el 19 de junio pasado, aplaudió intensamente a Jacobo Borge y él respondió así : “Diana  es muy llorona y ella me ha convertido a en un llorón. Esto que ustedes han hecho, es un canto a ustedes mismos y nada nos va a destruir.”

Borges sigue contando episodios de su vida. El primero es que él mismo podría llegar a morir por la falta de un medicamentos en Caracas; otro sobre  cómo comenzó a leer sin entender, luego revela que soñaba haber nacido en 1910, en plena época del cubismo para llegar a la conclusión, que nadie decide quiénes serán sus padres ni dónde y cuándo nacerá o si uno quiere nacer o no, tal y como lo plantea una novela japonesa.

Un café cinético

Cuando llegué a París Omar Carreño ya estaba en París y unos meses antes de irme, una de las pocas veces que yo he hablado criticando a los otros, me puse a criticar a los cinéticos, con chistes y con cosas . Cuando yo llegué a París me esperaba era Carreño dejamos las cosas en el cuarto de él y salimos a caminar y él dijo: “Vamos a sentarnos en aquel café”: El café estaba en una placita,  era más grande que los otros y tenía matas delante”. Entonces atravesamos las matas y ¡Qué sorpresa! Una mesa gigantesca con Soto en el centro. Todos los cinéticos me estaban esperando.  Era una emboscada y tenían el periódico con mis declaraciones sobre la mesa. Yo era un muchachito de veinte años y Soto me decía pausadamente : “ Yo, que me he roto los ojos y tú que eres un carajito de nada”. Salí de ahí y en toda mi vida, he seguido mi camino. Voy a todas las exposiciones, conozco mucho de música pero hago lo que me dice mi intuición , lo que me da placer y no tengo ningún complejo. Si le diría a quién quiera ser artista es que tiene que tener una afirmación de lo que quiere hacer. Uno decide lo que quiere hacer aún con esta dictadura. Nadie debe determinar nuestra voluntad.

Vida y obra

– ¿Cómo esta vida que  ha contado hoy está en su obra?- es la pregunta que Bélgica Rodríguez le hace a su amigo para finalizar el encuentro.

–No se si se han dado cuenta que yo he escurrido el cuerpo a hablar de pintura. Una vez me hicieron una entrevista en el canal 5 y al principio hablamos de los alimentos.  Entonces yo era un estudioso de los alimentos. Pasamos toda la hora hablando de eso. 10 años más tarde me encuentro con un hombre que me dice: “ Tú sabes que yo como con tu dieta,…”.

Hay una responsabilidad cuando uno está con gente de cualquier edad, que hace pintura. Por ejemplo, yo fui el principal y el primer organizador para que hubiera obras y esculturas dentro del Metro. Pero cuando se decidió eso, yo no estuve de acuerdo que una obra mía estuviera en El Metro porque hay obras que uno ve cerca de su casa y a uno le molestan mucho, pero no puedes quitarlas. Yo prefiero que mi obra esté en una casa.

¿Qué les podría decir a Ustedes de mi obra sin ánimo de hacer propaganda, sobre mi trabajo? . Voy a tratar de explicar mi proceso. Digo tratar porque no siempre es igual. Yo me levanto y si tengo una cosa que no la puedo dejar, puedo estar tres días sin dormir porque no puedo parar de trabajar. Ahora lo hago dos días por sugerencia de mi amigo, el médico. ¿Qué es lo que me mueve? Lo que estoy sintiendo. Para mí es muy importante la ventana. En Berlín, la ciudad me invitó y me dieron un taller grandísimo en una planta baja y ese día no pude dormir y no me sentía a gusto en el lugar. Llamé a mi amigo alemán y le expliqué que no podía respirar bien ahí. Él bastante contrariado hizo las diligencias necesarias hasta que  finalmente Diana y yo nos instalamos en un apartamento y recubrimos los muebles con plástico para que yo pudiera pintar con tranquilidad. Todo porque  había una ventana y había un arbolito frente a la ventana y yo le dije a Diana : «Ese arbolito va a ir perdiendo las hojas en otoño y yo quiero estar aquí cuando pierda las hojas  cosa que  efectivamente ocurrió. Ese árbol fue muy importante para mí.

¿Qué es lo que pasa? Hubo años que yo hice exposiciones en tres meses, porque yo nunca he sido muy productivo. En los años sesenta, hice dos cuadros pero a esos, hay que sumarle los veinte cuadros borrados. El Guggenheim me contrató por un año para hacer una exposición y yo dije : «Voy a hacer como Vasarely ,  una producción serial. Voy a construir un alfabeto plástico y ordenado” y eso fue todo lo que hice durante un año. No sabía cómo decirles a la directiva que realizado una obra así y que había gastado todo el dinero y no tenía una exposición. Simplemente dije  “ No pude” y me dieron otro año y  ese año, sí pude. Yo dejé la pintura por cinco años y una  de las razones por las que dejé la pintura, es porque vino un galerista americano a contratarme por un dineral.  No acepté. Life me hizo un reportaje de tres páginas, y salí en las revistas europeas y por todos lados. Otro americano vino a comprar 30 o 40 obras mías y yo nunca le respondí. Dejé de pintar porque yo no podía concebir eso. Para mí pintar responde a una necesidad interna y no podía aceptar ciertos compromisos.  Tampoco puedo hacer como Botero en su proceso. Yo no voy a hacer por 40 años unas gordas, prefiero engordar yo. Hice miles de cosas, nunca he parado. Lo último que estoy haciendo es sobre el dolor. Yo no sé dibujar velozmente.  Comienzo mi dibujo y después de cuatro o cinco días empieza a aparecer una cosa. Trabajo con mucho esfuerzo. Yo siempre estuve atrasado frente a la habilidad de otros artistas en el dibujo. Ahorita cierro los ojos, imagino exactamente la cosa y la empiezo a hacer velozmente en la computadora. No sé bien lo que voy a hacer pero lo que siento es dolor, el  personaje que va apareciendo es mi dolor y va hablando,va cambiando y va a GRITÁ. ( Aplausos prolongados).