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Jim MacKenna, el piloto

Presentación del libro "Jim Mackenna.El Piloto" de José Luis Bigott por Mario Morenza

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Por décadas, el capitán José Luis Bigott manipuló con destreza el panel de control de cada avión que pilotó. Hoy, ya retirado, ha cambiado las rutas continentales por los vuelos de la ficción, los anemómetros por las teclas del alfabeto: en la actualidad, su cabina creativa está desprovista de sistemas aeronáuticos, pero al mando de su computadora redacta de tarde en tarde sus historias y ya cuenta con dos novelas, Catorce minutos y la que el 30 de mayo de 2019 nos motivó a reunirnos y celebrar su despegue: Jim Mackenna, el piloto.

Si bien parecen dos actividades incompatibles, han existido individuos que, simultáneamente o en diferentes épocas de su vida, han sido capaces de operar aeronaves a miles de pies de altura y profundizar a través de sus invenciones en la condición humana. De alguna manera, Bigott se afilia a ese exclusivo grupo de autores que han sobrevolado el planeta y han plasmado sus historias en libros.

Pensemos, por ejemplo, en aviadores y escritores como el tenaz Antoine Saint-Exupéry, autor de El Principito, el relato «El aviador», o las novelas Vuelo nocturno y Piloto de guerra, que fabulan proezas aéreas. Pensemos también en el aventurero, político, cazador de tesoros y novelista André Malraux, de igual modo francés y piloto miembro de la flota de Aeropostale, con una vida plena de riesgos luchando contra dictadores. Cabe destacar que fue ministro de Charles de Gaulle, precisamente el mandatario a quien se le honra con el nombre del aeropuerto de París, una de las pistas en las que Jim Mckenna felizmente aterriza en su amplio catálogo de vuelos.

El atuendo y la portada de Jim Mackenna. El Piloto. Foto: Cortesía

Asimismo, como precisamos estos casos excepcionales, los aviones y pilotos en la ficción suelen ser más frecuentes que los pilotos que hacen ficción. Por solo nombrar un puñado, recordemos los relatos de Julio Cortázar de Todos los fuegos el fuego: «La isla a mediodía» y «La autopista del sur», en el primero nos involucramos con la obsesión de Marini, un steward, hacia las islas griegas que siempre avista fugazmente desde la ventanilla; en el segundo, se nos presenta un absurdo: un avión descomunal se ha estrellado en medio de una arteria vial copiosamente transitada, lo que ocasiona un atasco que se extiende por semanas dando lugar a amistades y relaciones amorosas. Tenemos «Patrón de espera» de Juan Villoro, en el que un viajero frecuente juega a los cambios de horario para escaparse con su amante durante esos ratos donde el tiempo ha dejado de existir ya que se lo ha robado a los husos horarios. También pensemos en «La trama celeste», cuento de ciencia ficción de Adolfo Bioy Casares, cuyo héroe, un piloto de la fuerza aérea argentina, cruza un portal interdimensional y aterriza aparatosamente en un Buenos Aires de un universo paralelo. Ya en los territorios de nuestra narrativa venezolana, solo alcanzo a señalar un capítulo de la desgarradora obra de Oscar Marcano, Puntos de sutura, en la que el padre del protagonista recuerda su infancia entre hangares y osados aterrizajes en el aeropuerto de Mérida; y los pasajeros confundidos e inconformes con sus vidas en los relatos «El silencio de la noche» o «La novia del plata» del talentoso narrador y ensayista Miguel Gomes.

Pienso, de hecho, en dos películas, ya que las referencias cinematográficas no están ausentes en el imaginario del vaquero Jim Mackenna: la maravillosa Sully dirigida por Clint Eastwood y protagonizada por Tom Hanks; y Flight, con Denzel Washington en el rol principal y bajo la dirección de Robert Zemeckis. Y una más, la delirante Up in the air, con George Clooney y dirigida por Jason Reitman, que se focaliza en las peripecias del viajero.

Cuando abordemos las páginas de Jim Mackenna, el piloto tal vez pensemos que pilotos de ficción hay a montones, tanto en la literatura como en el cine, pero hay algo inédito en esta novela que la hace especial. Es la primera novela sobre un piloto escrita por un piloto en nuestra ficción venezolana. Y tampoco quiero decir con esto que lo que leeremos en Jim Mackenna es una copia al carbón de las vivencias de José Luis Bigott, el piloto. No se trata de un diario ni de un compendio de memorias, aunque compartan, sí, profesión y las jotas de sus nombres, acaso los únicos puntos en común.

Jim Mackenna, el piloto es un vuelo que se extiende por las décadas de la vida de su protagonista. Bigott traza con eficacia las fronteras de la ficción y la realidad, nos presenta una obra con sobrepeso imaginativo y, al mismo tiempo, incorpora las referencias necesarias, sin atosigar, del mundo de la aviación, el argot de los pilotos, sus mañas, sus temores y osadías, dándole un  toque de verosimilitud a lo narrado. Nos detalla las peripecias continentales y los viajes psíquicos que emprenderá Jim Mackenna, las intrincadas rutas emocionales del respetado piloto que encara con igual temple y agilidad las turbulencias de la vida como las metereológicas.

Parodójicamente, el mundo interior de Jim Mackenna es la escala más importante que realizaremos junto a él, seremos, de alguna manera, sus copilotos en los vuelos de su existencia.

Todo viaje implica un regreso, Jim Mackenna nos traerá de vuelta al punto de partida: un happy landing que no será otra cosa que reencontrarse con su tierra y, sobre todo, consigo mismo. Si antes celebraba la culminación de cada viaje con la satisfacción de haber llevado hasta su destino a cientos de pasajeros, el vaquero Jim alcanzará el suyo propio: el regreso a casa.

«En busca de un futuro incierto» es el título de uno de los capítulos mejor logrados. Su lógica narrativa nos lleva hacia el pasado del personaje. Se ejecuta un vuelo hacia los años de la infancia y adolescencia, se revuelve todo ese equipaje de vida y experiencias de Jim, oportunidad propicia para conocerlo y desear que sea nuestro amigo. Como lectores, tendremos la oportunidad de transitar y hacer escalas en los espacios públicos, privados e íntimos del protagonista. En este capítulo se incluye un pertinente y conmovedor flashback que nos permite, como todo flashback o racconto, conectarnos con las memorias del personaje, empatizar con él, y de a poco entenderlo en sus momentos de duda y miedo. Nos sumergimos en su personalidad, su infancia, sus orígenes, y eventualmente lo apoyaremos y celebraremos junto a él sus renacimientos.

Jim Mackenna es una versión posmoderna y aérea de Odiseo. Jim de los aires siempre vuelve a casa luego de cruzar mares y desiertos, continentes y cordilleras, y somos los privilegiados pasajeros vip de todas esas imágenes cobijadas con el sólido fuselaje de las palabras de su autor.

Bigott, como buen piloto, nos guía con el radar de su verbo a través de una historia calibrada como la maquinaria de un Boeing 747, en el que la fuerza de las turbinas del lenguaje propicia el goce de esta lectura. Detallaremos el universo narrativo que este autor venezolano ha recreado como aquel personaje de Cortázar, desde una ventanilla por la cual se observa el mundo a miles de pies de altura, y acaso nos obsesionaremos con lo que logremos avistar.

Hacia el desenlace de la trama, el lector (o el copiloto) sentirá que ha llegado a un buen final, descansado, sin atropellos, fluido, satisfactorio, con sentido del ritmo, y no, nada de aterrizajes forzosos.

Jim de los aires regresa a la tierra, a su tierra, a cultivarla y protegerla para que surjan nuevos frutos. Pese a que fue un ser humano con más millas de vuelo acumuladas que kilómetros caminados, siempre su mente y su corazón estuvieron en la tierra que lo vio crecer, donde presenció la muerte de su padre, donde se hizo hombre y cifró su destino al mando de la cabina de un avión. Vuelve a su tierra como todo piloto, regresa al punto de partida. Regresa a dejar sus huellas y reencontrarse con sus primeros pasos.

Señores, abróchense los cinturones y happy landing. ¡Salú!