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Julieta Arella : Galateica

Armando Rojas Guardia desglosa el poemario de Julieta Arella y calca en su artículo la misma arquitectura, " tranquilidad en el orden", que ella emplea. Además interrelaciona el trabajo de la poeta con el otros intelectuales y personajes mitológicos .Finalmente aplaude la factura y redondez lírica de "Galateica "

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“Galateica” es un poemario sólidamente construido. Dividido en cuatro partes o secciones, su arquitectura se nos ofrece sin ningún tipo de grietas ni fisuras. Este constituye el primer rasgo destacable de la obra: su cuidadoso diseño formal, obediente a una estrategia estética que abarca de manera omnicomprensiva cada poema y, todavía más y mejor, cada verso del libro. Esta centrípeta coherencia produce en el lector la sensación de paz que solo genera el orden (para los escolásticos medievales la paz era “la tranquilidad en el orden”) y permite asimilar, digerir e introyectar una propuesta artística signada por el dolor, la desgarradura existencial, el tormento anímico, la asfixia moral del sufrimiento. Solo esa acabada configuración globalizadora, extremadamente alejada del caos expresivo, garantiza el placer cierto que ella impulsa y motiva.

El libro entero gira en torno a una asumida voz femenina. La feminidad hecha destino: tal es la protagonista de estas páginas. La mujer, arquetipal y concreta, despliega su realidad más íntima a lo largo y ancho de todos los poemas. No por mero azar el libro se titula “Galateica”. Tal palabra nos remite a la nereida Galatea de la mitología helénica, el personaje femenino amado por el cíclope Polifemo y novia, por corto tiempo, del joven Acis, despedazado por los celos del mismo Polifemo y transformado por su enamorada en una fuente fluvial brotada en el lugar preciso del asesinato. La literatura griega abunda en alusiones a Galatea, su “láctea belleza” (así la denominaban quienes la cantaban) y sus amores: constituyó la personificación de la doncellez, de la feminidad núbil, de la mujer ofreciéndose a sí misma en el ápice de su gracia y de su rotunda atracción. Habría que leer y releer este poemario de Julieta Arella en contrapunto con aquel libro magno, imponderable (uno de los principales de la bibliografía venezolana de todos los tiempos), de María Fernanda Palacios, “Ifigenia, mitología de la doncella criolla”, sobre la novela de Teresa de la Parra: la misma exploración consciente y enjundiosa de lo femenino, el mismo examen, estéticamente elaborado, de las diversas facetas de la Mujer (así, con mayúscula), la misma exploración en el exquisito laberinto de su intimidad.

Y una de esas facetas exploradas por la poeta alude a otro mito griego: el de Pigmalión, tal como se nos revela sobre todo en dos poemas, “Galatea” y “Las muñecas de Reverón”. Es sabido que Pigmalión se enamoró de una estatua esculpida por él: le pidió a Afrodita la dádiva de que tal estatua cobrara animación y vida. Afrodita se la concedió; pero el mito nos advierte que cualquiera de nosotros puede objetualizar, cosificar e instrumentalizar lo que deseamos, rehuyendo el paciente y esmerado trabajo de que supone entrar en auténtico contacto psíquico y espiritual con el cuerpo deseado: el otro, la otra, se convierten en estatua, en simple muñeca. En craso objeto (el mito de Pigmalión está en la base de la mitología que alrededoriza a la “Afrodita porné”, es decir, la práctica eróticamente pornográfica). El amor de Armando Reverón por sus muñecas las metamorfoseó, nos dice Arella, “de muñecas a mujeres / de esculturas a pinturas / de hijas a amantes / de vírgenes a putas / condenadas a la manipulación constante / se despiertan como Galatea / en busca de la luz. / La soledad y el arte las habita / el maestro les dio amor / un lugar en su castillo para ser”. Solo la poiesis del amor, solo el vivir eróticamente poiético, puede transformar una muñeca objetualizada e instrumentalizada en verdadera Mujer.

Vinculada, de manera orgánica e indisoluble, a la presencia de lo femenino está la casa. La casa como el ámbito antropológico dentro del cual la Mujer arquetípica se expande. Por eso mismo figura en primerísimo primer plano aquí, en los textos de”Galateica”. Uno recuerda a Gastón Bachelard: “(…) la casa es nuestro rincón del mundo. Es (…) nuestro primer universo. Es realmente un cosmos. Un cosmos en toda la acepción del término”. Y ese cosmos íntimo, totalizador y vivificante deletrea su estructura al rescoldo de cada poema de este libro. La casa como universo mítico pero sin perder un átomo de consistencia cotidiana. En ella la Mujer es soberana; y sin embargo, su espacio no deja de resultar ambivalente: abrigo y amenaza, protección y asfixia, tela de araña que teje un hábitat pródigo y que también atrapa, sojuzgando. El poema final de “Galateica”, escrito en forma de diario, recoge y acendra todos los motivos presentes en el libro hasta casi agotarlos, tan cabal es su factura, tan magistral su redondez lírica.

Portada de «Galateica» : Foto : Theo Chang