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La Creole de Narváez vuelve a la vida

El Colegio de Arquitectos de Venezuela y la Fundación Narváez asumieron la tarea de rescatar una obra emblemática del gran escultor venezolano, la cual fue reproducida con fines de venta y cuyos fondos serán destinados a la adquisición de la sede del gremio de los arquitectos

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La historia de la Creole es la historia de dos gestos notables cuyas sorprendentes consecuencias ninguno de sus protagonistas sopesó. El prometedor escultor Francisco Narváez y el talentoso arquitecto Carlos Raúl Villanueva, imbuidos en la efervescencia de lo que sería la Ciudad Universitaria, jamás pensaron en la misión que setenta y cinco años más tarde desempeñaría la negra más bella concebida por el artista margariteño: financiar la sede del gremio de los arquitectos Abreviando: Narváez, en gesto de profunda amistad con Villanueva, se la obsequia en 1940, y Villanueva cinco años más tarde la dona a la Sociedad Venezolana de Arquitectos, fundada por él y otros colegas, para alentar el sentido del patrimonio y el financiamiento.

En el taller de restauración de Alma Isava la Creole de ébano luce impecable, lustrosa, adolescente y perturbadora, con sus 80 cm. Pómulos, ojos, labios, cabello, senos turgidos, núbil; el mestizaje en la acabada expresión que asaltó las preocupaciones de una generación que buscaba respuestas y las halló en los nuevos lenguajes y en la inspiración local. Habla de tu aldea y serás universal, dice la socorrida cita de Tolstoi.

Marianela Genatios, presidente del Colegio de Arquitectos de Venezuela, y Vicente Rosa, director, observan y aprueban el trabajo de restauración; la familia Narváez, representada por Dilia Parra, también está contenta con los resultados. El escultor Abigail Varela, pero en plano de fundidor, no oculta su orgullo de trabajar nuevamente con las esculturas de “El Maestrazo”, como lo llamaba Rafael Pineda, asumiendo el reto de reproducirlas en bronce y procurando alcanzar la mayor fidelidad con respecto al original. Es la obsesión que lo acompaña, vía Filas de Mariche, donde la faena espera por el molde en escayola, la faena con cera perdida, la copia en bronce crudo, la pátina, un ritual de milimetría y minuciosidad a 1.600º C.

Genatios resalta el hecho de que Narváez realizó tres únicas tallas de ese tenor y Rosa recuerda que el artista no la trabajó a partir de una pieza única de madera sino que ensambló los elementos utilizando la técnica del encastrado que él dominaba magistralmente. Curiosamente, las primeras palmas las obtuvo la Creole en la gran exposición de arte latinoamericano del Museo Riverside de Nueva York, recuerda Vicente Rosa.

Diagnóstico de Alma Isava: “La pieza llegó en muy mal estado de pátina, muy sucia de cera. Recordemos que la madera siempre está absorbiendo humedad y se seca según la estación del año: tiene movimientos, se expande, se contrae, lo que hace que las uniones y vetas puedan abrirse con el correr del tiempo. Por eso cada diez años hay que volverlas a rellenar, porque las colas y los pegamentos pierden el poder adictivo.

 

“Tratamos de usar los mismos materiales que el artista usó en su momento para no desvirtuar el lenguaje. Muchos artistas usan materiales reversibles. Los pigmentos que se usan para teñir las maderas son anilinas naturales, la pulitura se hace con base de cera de abeja y goma laca; todas son resinas naturales”, dice.

“Formado rigurosamente en París, Narváez estudia y acepta la academia sin buscar rompimientos”, acota la crítico e investigadora Susana Benko. “Estudia las técnicas y absorbe todos los conocimientos y técnicas de la época y luego toma sus propias decisiones, la de ser un renovador leal a la tradición. Alcanzó la originalidad sin la obsesión de su búsqueda”, añade.

Si algún artista ha producido insumos de alto calibre para la crítica y la investigación ha sido Narváez. Con su riguroso trabajo en madera, en bronce, en mármol, en piedra de Cumarebo; cuando fue figurativo y cuando abrazó la poética abstracción. Narváez en los relieves del Museo de Bellas Artes y el Museo de Ciencias, Narváez en las Toninas de la plaza O’Leary, Narváez en el parque Carabobo, Narváez aturdido por el bullicio y el correteo liceista del Andrés Bello y el Fermín Toro, Narváez en la UCV, Narváez en el subconsciente colectivo como el Miranda de Michelena, criollazo como las canciones de Billo Frómeta a Caracas, urbano como Soto, recio y bueno como el Maestro Sojo, sabroso y relajado como vals de Aldemaro Romero, caballero como Don Fernando Paz Castillo.

Ahí están los sendos libros de Alfredo Boulton y Rafael Pineda e infinidad de monografías de la crítica especializada de Francisco D’Antonio, Juan Calzadilla y Bélgica Rodríguez; aunque el interés por escudriñar su obra ha llegado hasta las nuevas generaciones, por ejemplo Juan Carlos Palenzuela y Susana Benko, a quien citamos: “La historia del arte contemporáneo venezolano es imposible sin Francisco Narváez, con él podemos comprender la modernidad en la escultura venezolana, con la apertura que le dio con temas que le son absolutamente propios y sin la ostentación de tener que estar abriendo pautas y ser renovador per se: con ser autentico ya Narváez fue renovador en la escultura. Y lo fue en todas sus etapas”.

"Creole" de Francisco Narváez Foto: Miguel Hurtado
“Creole” de Francisco Narváez Foto: Miguel Hurtado

No hay gallos en la pintura venezolana como los gallos que pintó Mario Abreu; como no hay brujas en los cuatrocientos años de historia previa del país como las realizadas por Oswaldo Vigas; como no hay cometas ni papagayos brillando en el cielo como las que echó a volar Alirio Oramas. Esa aguda observación es de Francisco D’Antonio. Con Narváez, en el sentido conceptualizador de Mariano Picón Salas, ya Venezuela había pisado con tres décadas y media de retraso el siglo XX. Narváez hacía lo propia con las negras barloventeñas. Eran artistas que sin ser de izquierda se habían acercado a la etnia venezolana, estaban fraguando el país nacional.

El Colegio de Arquitectos de Venezuela (CAV), fundado en 1967, ha deambulado por sedes provisionales de la ciudad y en la errancia la Creole ha dado tumbos, ha sufrido caídas haciendo crujir la madera y, nada ajena al clima y a la polución, ha acusado los duros avatares del tiempo. Un convenio entre el gremio y la Fundación Narváez, poseedora de los derechos de la obra del Maestro, en aras de recuperar una obra invaluable, los condujo al autorizado Taller Isava para la restauración de la emblemática obra como paso previo para la reproducción en bronce en la Fundición Abigail Varela de ocho piezas, cuatro pruebas de autor y cuatro de artista, siguiendo las recomendaciones de la UNESCO. Con lo cual y a partir de la puesta de la obra en el mercado comenzar la tarea de reunir los fondos para adquirir la sede del CAV donde la Creole ocupará un lugar honorífico como corresponde a un símbolo histórico.

Susana Benko: “Cuando él trabaja le etapa criollista, donde los temas son locales, cualquiera podía pensar en que cómo un artista de proyección internacional se podía renovar con temas locales. Pero resulta que muchos artistas de esa vanguardia iban hacia el lenguaje primitivo, todos buscaban una esencia en el lenguaje primitivo. Ese interés por el arte primitivo, por el arte tribal algunos lo buscaron en África, otros lo buscaron en Oceanía o en el mundo Árabe pero en el caso de Francisco Narváez el busca en su Margarita natal y esas figuras primitivas están renovando el lenguaje del arte venezolano radicalmente”.

–Uno revive algo que está a punto de morir– dice Alma Isava y continúa — igual que un médico que le salva la vida a un paciente; afortunadamente la Creole no estaba en tal mal estado porque Narváez usaba muy buenos materiales.

La inauguración hace escasas semanas en la biblioteca de la Universidad Simón Bolívar de la XII Bienal de Arquitectura dejó como parte final del acto la develación de la Creole ante las miradas atónitas y complacidas de los agremiados. La Creole pasa ahora por fluctuantes caprichos del mercado del arte a la espera de ese coleccionista sensible que le otorgue el justo valor. Marianela Genatios completa: “Nada de esto le costó un centavo al Colegio, todo fue gestión, convenios, patrocinios, mucho trabajo ad honorem, mucho corazón de colegas que trabajaron para este equipo”.

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“Creole” de Francisco Narváez Foto: Miguel Hurtado