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La dictadura en dos tiempos en “La Catira del General”

En la carterlera del Trasnocho Cultural se encuentra la obra, original de Javier Vidal

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“Si el teatro fuese un verbo, sería ‘recordar’ “, dice Anne Bogart en su libro La preparación del director (2001). Ella, directora artística de la compañía SITI y profesora asociada de la Universidad de Columbia, lo expone y en las tablas venezolanas lo vemos. El espectador, en su encuentro con La Catira del General recuerda incluso aquello que no ha vivido en carne propia pero que está escrito en libros de historia y se repite en los cuentos de abuelos y bisabuelos.

Aunque pretenda hablar de aquella vieja dictadura, la obra refleja nuestra historia político-social como si se tratara de una secuencia de imágenes vistas por el público en un espejo retrovisor. Los espectadores-pasajeros, sienten que la obra-paisaje que se refleja delante realmente se encuentra a sus espaldas, es parte del pasado y no incurre en esa imagen sino como mera añadidura, un simple objeto que refiere perspectiva. Sin embargo, ambos, espectador-obra, pasajero-paisaje, son uno. No importa la distancia entre pasado y presente. Hoy, así como en la década de los 50, el país parece estar bajo el manto de un gobierno dictatorial. El tiempo no ha pasado y ese espejo retrovisor sugiere la pregunta: ¿Qué pasó?, ¿por qué no hemos avanzado?

Por supuesto, antes de que esa interrogante germine en la psique del espectador, La Catira del General ofrece un viaje que, con la ayuda de sus cuatro personajes, podría definirse como “el decálogo de una dictadura”. Enseña, de esta forma, los pasos a seguir por quien desea asumir este tipo de gobierno y las personalidades que nunca deben faltar para cultivar su desarrollo.

Juan Carlos Ogando personifica a un Pérez Jiménez que se considera inocente de sus desmanes por lo que justifica cualquier horror cometido diciendo “es que no me dejan gobernar en paz”. La arrogancia, digna de un enfermo de poder, lo acompaña cada vez que exclama “¡Métamelo preso!”. Así, sin más, elimina a diversos “enemigos de la patria” que surgen en el camino. A lo largo de la obra se puede ver cómo el general subestima al pueblo y cómo se crece cual padre todopoderoso ante las adversidades. Desconoce, convenientemente, la constitución que antes defendía y se vale de la frase:  “los venezolanos no están listos para elegir”  para concluir: “elecciones ¡NO!, plebiscito ¡SÍ!”.

Por su parte, Sócrates Serrano interpreta al distinguido escritor Camilo José Cela, representante intelectual de Francisco Franco en su visita al General Marcos Pérez Jiménez. Éste le pide una novela que enaltezca los valores del Nuevo Ideal Nacional para poder destronar histórica y culturalmente a la Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, pieza que el presidente desdeña debido al espíritu comunista de su autor.

El personaje de Serrano representa, como el mismo actor comenta, a los “intelectuales al servicio de la dictadura”. Esas personalidades que casan su obra con un pensamiento político y que buscan, de alguna manera, perpetuar la idea del pensamiento único, utilizar sus obras como herramienta de adoctrinamiento,  aniquilar cualquier discurso que difiera, enfrente o minimice al gobierno de turno, porque éste los protege.

En la trama también aparece el ministro de Interior, Laureno Vallenila-Lanz Planchart, mano derecha del presidente y encargado de supervisar la creación de la nueva novela, La Catira de Cela. Durante toda la pieza el ministro, representado por Gonzalo Velutini, funge su labor de consejero, intelectual nato y fiel creyente del proceso Jimenista. Sin embargo, cuando el general toma la decisión de ignorar la vía constitucional, Vallenilla-Lanza se distancia, le reclama y exclama que una cosa es hostigar a los estudiantes y otra muy diferente ir en contra de la Carta Magna.

Paco Ogando, encarnado por Jan Vidal, pone sobre el escenario un elemento que siempre acompaña a las dictaduras: el fenómeno de la emigración. Él es un gallego recién llegado a la Venezuela de Jiménez y que logra, desde su primer día en territorio nacional, encontrar trabajo como pintor y electricista en el mismísimo Palacio de Miraflores. Humildad, espíritu de lucha y agradecimiento son aspectos que construyen a este personaje y que inevitablemente le da palabra a esa necesidad humana de buscar una vida alejada de la opresión.

De esta forma se disponen las piezas en este montaje que, precisamente, tiene como una de sus imágenes iniciales a los cuatro personajes sentados jugando dominó, aunque el verdadero juego se desarrollará al ver cómo Cela y Vallenilla-Lanz, intentan dialogar y aconsejar al tan criollo y estricto General Pérez Jiménez. Todo esto mientras Paco, que cada vez se siente más criollo, trabaja y trabaja para alcanzar lo que no logró en su patria España: una vida digna.

A los personajes los acompaña en la escena, una serie de videoartes realizados por Daniel Dannery y que, en algunos momentos, parecieran servirse como una suerte de coro griego 2.0, debido a que van anunciando lo que sucederá en cada escena. Sin embargo, estas imágenes también ejercen otros roles: sirven de “retrovisor” y muestran escenas de la Caracas en caos, llena de protestas y descontento ante las decisiones de un dictador. En algunos otros momentos, también se asemejan a un espejo roto ya que proyectan imágenes de esa Ciudad Capital construida por Pérez Jiménez, esa Caracas que algún día fue metrópolis aunque cueste creerlo al verla hoy en día.

Finalmente, Dannery hace una suerte de “desterritorialización de la imagen” al enmarcar los ojos de Pérez Jiménez en un rectángulo que nos remite inmediatamente a la famosa imagen de los ojos del difunto presidente Hugo Chávez. Un discurso claro: la historia parece ser inevitablemente cíclica.

Es así como Javier Vidal, escritor y director de La Catira del General, trae un montaje que cierra su llamada Trilogía del Poder iniciada en el año 2011 con la obra Diógenes y las Camisas Voladoras y seguida por Compadres en el año 2013.

La Catira del General es una pieza que invita a ver desde adentro, la sociedad y replantearse la . Ante este cuestionamiento, el actor Juan Carlos Ogando comenta: “Esa pregunta nos atormenta, pero creo que, como sociedad, nos hace falta algo muy importante y es por eso que nosotros luchamos desde esta tribuna, ese ‘algo’ es: cultura. Leer buenos libros, ver buenas películas, ver teatro, etc. Eso es civilización y una sociedad civilizada tiene cultura y, al tenerla, creo está capacitada para tomar mejores decisiones”.