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La marmota, los maestros y la escritura

Fedosy Santaella construye el andamiaje de este artículo con aportes de cuatros creadores geniales, Mark Strand, Billy Collins, Marcel Duchamp y David Lynch. Parte de su vivencia como escritor en este tiempo de encierro y pandemia.

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En estos días de confinamiento me ha dado por meditar sobre la escritura. Sobre mi escritura en el encierro. Estoy al tanto de que una buena cantidad de autores han dicho que no han tenido cabeza para leer ni mucho menos para escribir. No lo dudo, andamos preocupados, tensos, confundidos por el estado actual de nuestras vidas. Yo me he propuesto, por un lado, leer y escuchar a los creadores y sus pensamientos en torno al acto creativo. He estado leyendo ensayos de Mark Strand sobre poesía, escuchado una entrevista a Marcel Duchamp y charlas de David Lynch y de Billy Collins. Por otro lado, he estado, sí, trabajando en mis textos. Quizás porque desde que vivo en México ya no reparto mi tiempo entre la universidad y el trabajo en casa, y entonces ahora, de algún modo, sigo haciendo en mi escritorio casero lo que ya hacía: trabajar escribiendo en lo que me aporta algo de dinero y trabajar escribiendo mis proyectos personales (que no dan dinero).

Acá he encontrado dos espacios de creación y meditación: el narrativo y el poético. En lo tocante a lo narrativo, estuve hasta hace poco revisando una novela que había terminado. Suelo decir que cuando alguien me pregunta si estoy escribiendo, yo a mi vez me pregunto qué implica esa pregunta, qué aspectos de la escritura incluyen esa pregunta. Ocurre que cuando personas ajenas al oficio te preguntan si estás escribiendo, por lo general quieren saber si estás escribiendo algo nuevo, y la verdad es muy difícil que uno escriba algo nuevo todos los días de su vida, sobre todo considerando que hay mucho por revisar. Pero revisar es también escribir. Nadie escribe un texto perfecto de una sola sentada. Algunos salen mejores que otros, por supuesto, pero siempre, todo texto requiere revisión, corrección, cambios, tachaduras o agregados. Así que si usted me pregunta si he estado escribiendo durante el confinamiento, le diré que sí, porque he estado revisando una novela que ya había terminado. Cuando estás en blanco, cuando no tienes ningún proyecto nuevo en puertas, la revisión siempre estará allí, no sólo porque es fundamental para tu texto, sino porque también estimula la creación de nuevas ideas e incluso puede ayudar a destrancarte en caso de que tengas algo por allí inconcluso que no supiste como seguir.

Marcel Duchamp

El escritor, digamos, es hijo de su tiempo. Y acá entra en juego el asunto de la mirada inmediata o en la distancia. Podemos tener sí una mirada inmediata, apresurada, que para algunos o muchos, pueda ser una oportunidad comercial de las que entran en el gusto. Y cuando hablo del gusto me refiero a lo que Duchamp veía como una construcción social que nos dice cómo tenemos que entender o leer una determinada obra de arte (o texto) pero también cómo debemos hacer una determinada obra de arte (o texto) de acuerdo con el canon del gusto. Estamos pues ante una uniformidad que, como tal, es colectiva, rasera, común a la aceptación de un determinado grupo. Una mirada que desecha ciertos aspectos (por incomprensión e imposición) y valida otros (los establecidos y refrendados por la autoridad y la convención). Duchamp aclaraba que él hablaba tanto del buen gusto como de mal gusto. El asunto era el gusto formado, el gusto validador como parte de una trama colectiva que no deja avanzar las ideas y a las personas, que limita el espacio de la búsqueda artística. Decía también Duchamp que él se retaba constantemente, que siempre andaba a la búsqueda de nuevos territorios del arte, donde el gusto quedase atrás. Tarea sin duda ardua, de Sísifo, dolorosa, personal, solitaria. Casualmente, Duchamp dice que las personas que no están con el gusto, se apartan. Nosotros estamos apartados en este momento físicamente, pero ¿cuántos están pensando en volver para encajar rápidamente en el gusto por venir de la literatura sobre la pandemia? Eso es lo que está por verse, porque, creo que, espero equivocarme, viene una pandemia de la literatura pandémica.

Billy Collins, poeta laureado de los Estados Unidos, autor del poema “The Dead”

En cierta charla, Billy Collins ha dicho que la escritura es como un mirar desde las ventanas. Collins argumenta que la mirada del narrador busca las anécdotas, mientras que la mirada del poeta, para él, refiere a una mirada que se funde o se vuelve el momento. También se ha de considerar que, más allá de la escritura propiamente dicha, ésta comienza con la mirada. De nuestro contacto con el mundo, de lo que miramos y sentimos, se va alimentando la licuadora de la mente, y luego allí, las imágenes, las historias, las palabras se mezclan y entonces surgen las ideas, que se terminan transformando en proyectos y en escritura. Así que esa mirada a través de las ventanas también forma parte del acto de escribir.

En otra charla, Collins mostró varios poemas suyos que unos artistas habían animado. Según él explicaba, tales poemas habían nacido de lo cotidiano. Unos de ellos surgió de haber asistido a un funeral y de escuchar al orador de turno diciendo que los muertos nos miraban desde arriba. De esa frase, surgió el poema de Collins titulado “The Dead”, o “Los muertos”:

 

Los muertos siempre nos están mirando, dicen,

mientras nos ponemos los zapatos o preparamos un sándwich,

miran hacia abajo a través del fondo de cristal de los botes del cielo

mientras reman lentamente en la eternidad.

 

Miran nuestras frentes moviéndose abajo en la tierra,

y cuando nos acostamos en un campo o en un sillón,

anestesiados quizás por el murmullo de un tibio atardecer,

piensan que nosotros los estamos mirando,

 

entonces levantan sus remos y se quedan callados

y esperan, como padres, que cerremos los ojos.

 

En el poema de Collins no está la anécdota que nace de la mirada primera, no están las palabras del orador. Lo que quiero decir es que el poeta —el escritor— es alguien que está mirando siempre la realidad, atento del acontecimiento que produce el chispazo de la idea. En la narrativa, la relación con la anécdota es más cercana; en el poesía, la anécdota es un punto de partida, su relación se convierte en un hilo muy fino. En ambos casos, la anécdota trasciende, va mucho más allá de lo que cuenta.

Creo que este tiempo de apartamiento nos aporta un hiato interesante para ver y escuchar nuestra cotidianidad aumentada, para despertar en ella con las sensaciones que nazcan de ese contacto. Ver y escuchar algo distinto a lo que siempre vemos y escuchamos, y buscar así el reto y la honestidad del texto.

David Lynch autor de Inland Empire (2006)

Es paradójico, pero este día de la marmota inacabable resulta fragmentado en nuestro devenir interno. Viene alguna idea, se hace la anotación, al cabo aparece una más, también diferente, y se anota, y luego otra y otra. Al final no se tienen más que un montón de textos inconexos. David Lynch, en ese sentido, relata algo maravilloso en una de sus charlas sobre cómo concibió y realizó Inland Empire (2006). Cuenta que se le ocurría una escena e iba y la grababa; luego otra escena le llegaba y la grababa también, y así varias escenas inconexas, o más bien, que no estaban unidas por una idea central. Pero a Lynch no le atormentaba generar ideas y material de este modo. Él siguió trabajando, hasta que, finalmente, le vino una idea que abarcó las escenas grabadas y a partir de allí escribió el guion, uniéndolo todo. Sin duda, trabajar así podría presentar un riesgo económico, aunque se trate incluso de video digital, como es el caso de Inland Empire, pero Lynch lo tomó y salió airoso, a su manera, claro, lynchiana.

Mark Strand, otro poeta laureado y autor del ensayo “Notas sobre el oficio de la escritura”

En la escritura, quizás, los riesgos, por lo menos económicos, son menores. El arrojo, en todo caso, sería creativo. Porque, así lo creo, lo que Lynch nos presenta tiene que ver con el apartamiento del gusto del que hablaba Duchamp. Lynch propone salirnos, hacer las cosas de otra manera, seguir nuestras propias ideas e intentarlo, aunque temamos. Billy Collins dice que la escritura del poema se va descubriendo en la medida que se avanza. Lo mismo argumenta Mark Strand. En «Notas sobre el oficio de la poesía» expresa que cada poema exige ser tratado de manera específica. Las transacciones con el poema, anota Strand, son en buena parte desconocidas en el momento de la escritura y sólo se revelan con posteridad, si acaso llegan a revelarse. Siempre la escritura trae esa incertidumbre, y si los tiempos no ayudan, tampoco la tenemos fácil. Por eso creo que esta herramienta del creador de Eraserhead es importante, porque arroja luz ante la dificultad y el temor. Lynch nos habla, de algún modo, de una creatividad fragmentada. Pero también nos propone paciencia y el arte de persistir por encima del gusto. En estos tiempos de pandemia y confinamiento lo que Lynch nos regala resulta un bálsamo.

Y así, Strand, Collins, Duchamp, Lynch, todos ellos me ha acompañado durante estos días, a todos ellos los he escuchado atentamente y los he dejado también interrogarme, como interrogan los maestros, escuchando y dejando que tú también te escuches.