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La protesta venezolana sí llegó a la Bienal de Venecia

Hasta el 26 de noviembre se podrá visitar una de las más trascendentes exposiciones del arte contemporáneo del mundo

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El pabellón de Venezuela en la presente edición de la Bienal de Venecia consta de Formas escapándose del marco del poeta Juan Calzadilla. Esta muestra llega a suelo italiano, designada por el gobierno venezolano a través del Ministerio de la Cultura, pero conocedores de la materia, consideran que carece de méritos para estar allí. Para los organizadores de la Bienal, el acto artístico al que apunta el evento, debe estar enmarcado en el humanismo como un acto de resistencia, de liberación y de generosidad. Así lo reflejaron  los dos artistas venezolanos que se las ingeniaron para mostrar sus  performances en contra del gobierno de Nicolás Maduro.

El pabellón de Venezuela fue adquirido en 1956, convirtiéndose en el primer país de Latinoamérica en obtener un espacio como ese. En la actualidad sigue siendo administrado por el gobierno, lo que genera la acusación por parte de los críticos, de un sesgo ideológico en la selección de los artistas que participan en la Bienal.15 años después de la exclusión de la obra contestataria de Pedro Morales y de la negativa de Javier Téllez de adherirse a la muestra internacional, dos artistas venezolanos se atrevieron a manifestar su descontento en pleno evento.

Nina Dotti (Andreína Fuentes), artista venezolana residente en los Estados Unidos, fue invitada a La Biennale  para presentar dos performances titulados Despójate y PSM Lounge. Ambos tienen una temática ligada a la feminidad y en contra la violencia de género, pero Dotti fue más allá e incorporó una manifestación artística para llamar la atención de los presentes sobre la situación venezolana.

La puesta en escena Yo soy Venezuela y tengo derecho, proviene de una campaña iniciada hace dos año a través de la cual la artista recogió el sentir de venezolanos con respecto a la crisis a través de cortos videos. Para la ocasión, Dotti agrupó mujeres vestidas de negro y armadas con pancartas para hacer un performance de protesta dentro de los jardines de la Bienal. No emitirieron ningún sonido, ni gritaron consigas.

Respecto a la obra, la artista (quién también es conocida como filántropa y marchante de arte) indicó: “Debemos vivir en una sociedad en democracia, no en un régimen dictatorial como el actual, que además viola derechos humanos. Invito a otros artistas a que participen en la defensa de la democracia en estos momentos”. Con su acción, Nina logró captar la atención de algunos medios de comunicación internacionales.

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Con menos apoyo mediático, y utilizando las redes sociales, Sergio Rangel Penso, otro artista criollo residente en el extranjero, decidió hacer también su convocatoria para manifestarse, de manera artística, contra el gobierno de Nicolás Maduro. Su planteamiento original consistía en teñir de sangre las obras expuestas por Juan Calzadilla en el pabellón venezolano, lo que puso en alerta a las autoridades, y obligó al creador a optar por un plan B.

“No se pudo llegar al pabellón (de Venezuela), estaba tomado por la policía y el ejército”, explica Rangel a Esfera Cultural vía Facebook.“Me escribió (la organización de) la Bienal días antes y me prohibió atentar contra el edificio”, agregó. Ante esa situación, y la ausencia de otros artistas que no se presentaron a la convocatoria, Rangel Penso puso en marcha su acción en el Hall de la entrada de la feria, justo frente al control policial.

En la performance, definida por el creador como Un carnaval de sangre, el artista repartió volantes de color rojo, con los rostros de las víctimas de la represión, aderezado con papelillo y líquido del mismo tono. La acción contó con la participación lúdica de un público poco conocedor de la situación de nuestro país, que se sensibilizó ante una problemática, para ellos, distante. Sin  mucha pompa, el artista ha realizado montajes similares en algunas marchas mundiales a favor de Venezuela. Sin dar detalles, promete realizar acciones artísticas similares muy pronto. (Sigue después de la galería)

(continúa)
En 18 años de revolución, el gobierno venezolano ha hecho énfasis en el apoyo a las culturas populares y nacionales, tal como lo expresa la Constitución (aun vigente) de 1999 en su artículo número 100. El artículo 98 de la misma ley, no obstante, garantiza la creación cultural libre, lo cual sirve para justificar el apoyo a géneros musicales, académicos o a tendencias artísticas de vanguardia. Pese a ello, como se señaló anteriormente, artistas venezolanos denunciar su exclusión de los salones internacionales de arte por color político.

En el año 2003 la obra digital City Rooms, del artista Pedro Morales, generó el cierre del pabellón venezolano por “dañar la imagen del país en el exterior”. Ese trabajo usa la estética de los videojuegos y representa a una ciudad, similar a Caracas, donde hay manifestaciones políticas, cadenas presidenciales y violencia. En aquélla ocasión, otro creador venezolano, Javier Téllez, declinó la invitación oficial para participar en el salón, a través de una carta abierta, argumentando razones morales.

En los últimos años se ha cuestionado el criterio de selección para representar al país en la Bienal. Al respecto, el creador conceptual Carlos Zerpa expresa que “hay una selección arbitraria, sin sentido” y considera que pabellón venezolano (propiedad de la nación) está descuidado.“La política cultural del chavismo, en general, es un desatino”, sentencia.

Aunque considera poco ético participar en el certamen debido a la coyuntura política actual, opina que artistas identificados con el oficialismo, como Manuel Quintana Castillo o Régulo Pérez, tampoco han sido tomados en cuenta a pesar de su trayectoria. En cambio, sorprende la inclusión de artistas y propuestas “menos trabajadas”.

Otras voces como el pintor Javier León se suman a la crítica: “No se puede analizar (la participación de Venezuela en la Bienal) más allá de la preferencia política del artista”. Según León “se trata de oficialistas escogidos por oficialistas. Sin meritocracia ni autocrítica alguna”. Por otro lado Alexander Apóstol, artista multimedia reconocido internacionalmente, cuestiona la participación del poeta, artista plástico e investigador Juan Calzadilla: “Es vergonzoso, porque en este momento es el representante, pero en la edición anterior fue curador. (Es) una situación endogámica entre el gobierno y sus adeptos”.

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Calzadilla llevó a tierras italianas una exposición Formas escapándose del marco, que compila su trabajo, poético y artístico, desde 1975 hasta la actualidad. Versos y dibujos del artista fueron plasmados en plástico, tela y aluminio para adornar la sala de exposición. También incluyó dos videos en los que aparece recitando poesía y caminando por Caracas.

Foto: Topsy.one
Foto: Topsy.one

La Bienal de Venecia nació en 1895, como un evento local y se convirtió, posteriormente, en una feria internacional de arte. En aquélla época Italia era una monarquía. Más adelante, al ser un evento auspiciado por el gobierno italiano, estuvo asociado a sistemas políticos posteriores como el fascismo, imponiéndose la república luego de la II Guerra Mundial.

Las protestas francesas en Mayo del ´68 tuvieron adeptos entre los expositores de la Bienal. Pero no es hasta 1974 que la organización asume una postura ideológica, al solidarizarse con Chile, país sumido en dictadura desde el año anterior. En 2003, año en el cual se censuró City Rooms, de Pedro Morales, el tema del salón era, paradójicamente, “La Dictadura del Espectador”. En 2015, por iniciativa de Okwui Enwezor, curador de origen nigeriano, se abrió la exposición al arte contestatario.

En aquella edición de la Bienal también surgieron críticas desde la disidencia artística venezolana, centradas sobretodo en el favoritismo del gobierno hacia sus simpatizantes. Ese año, los creadores ucranianos ocuparon simbólicamente el Pabellón ruso, manifestando su rechazo por la situación en Crimea. Países como Islandia y Brasil presentaron sendas exposiciones teñidas de polémica. Pero no es hasta 2017 que artistas venezolanos deciden usar a la feria como plataforma para denunciar al régimen bolivariano.

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