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La sombra de Shyamalan

El documentalista analiza la afamada película "Glass" de M. N. Shyamalan

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Recuerdo haber crecido escuchando a charlatanes de rango perorar sobre lo que llamaban «la desgracia de García Márquez». Según ellos, haber producido Cien años de soledad tan temprano lo condenaba a escribir el resto de su vida bajo esa sombra insuperable. Desde luego, ignoraban que el propio autor prefería El otoño del patriarca, y que los cuentos de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira… son al menos tan buenos como Cien años… Ya en el mundo del cine, todavía está por verse si el propio Hitchcock logró superar Psicosis; Bergman, Persona; Kurosawa, Rashomon, por sólo mencionar algunos casos. Estoy seguro de que la lista es larga, porque no es otro el modo de la vida: desarrollo, plenitud, decadencia. La pregunta es ¿de dónde sale esta idea de que un creador debe superarse a sí mismo en cada obra? La encuentro sustentando la crítica baladí, falaz, porque no analiza la obra sino que pretende acusar sus fallas arguyendo la desigual carrera de su director, que ha merecido Glass (2019), de M. N. Shyamalan, cinta con la que ata, si bien con un desprolijo lazo, esa suerte de saga a trompicones que conforman además Unbreakable (2000), y Split (2016), ignorando que esa desigual carrera pasa por discretas pero impecables joyas, entre las que se encuentran las propias dos primeras entregas de esta saga, que le llevan lo suyo, hay que decirlo, a la sobrevalorada Batman de Christopher Nolan o a La forma del agua, reconocida por la tantas veces desacertada academia.

Pero vayamos a Glass

Sólo hay dos departamentos que, por sus dificultades artísticas, suelen cojear en la gran industria: guion y dirección; aunque la parafernalia de los otros, por lo general, disimule la cojera. Pero no es de dirección el problema de Glass –no son pocos los recursos de Shyamalan como director–; o sí, pero sólo en lo que atañe a las atribuciones que un director debería tomarse con respecto al guion a la hora de traducirlo a imágenes y sonidos. Desde luego, al compartir roles, práctica habitual en Shyamalan, la cosa se complica.

Esa suerte de saga a trompicones que conforman además Unbreakable (2000), y Split (2016)

¿Qué falla entonces en el guion de Glass,? Lamentablemente casi todo. Pero seré más específico. En principio, y probablemente aquí comienza la avalancha, hay un desbalance en los roles de los personajes principales. Si en Unbreakable teníamos a un claro Elijah Price [Jackson] como protagonista (tomando el termino en sentido estrictamente etimológico: que hace suceder la acción), si bien un protagonista-villano, y a David Dunn [Willis] como coprotagonista-héroe, en principio, y finalmente, antagonista; y en Split a Kevin Wendell Crumb [McAvoy] también como protagonista-villano, al introducir a una tercera villana en Glass, la Dra Staple [Paulson], se presenta el reto de qué rol asignar a cada quién; y de este Shyamalan no sale bien parado. Por eso nos entrega a un chato David Dunn, suerte de zombie de reparto; a una enclenque Dra. Staple en un rol de archivillana cuyas motivaciones desconocemos y de cuya maldad no logramos convencernos; y a dos villanos, Elijah y Kevin peleándose a la vez, el tiempo en pantalla y el afecto del público (y es sintomático, pues, basta echar un vistazo a los carteles de la película para percatarse de que esta pelea ya había empezado allí), pelea que, por las características de su personaje –menos activo físicamente, por lo tanto menos cinematográfico–  Elijah tiene perdida de antemano; lo cual me ha llevado a preguntarme si no hubiera sido más adecuado titular la película Split II.

Todo ello tal vez, sólo tal vez, no lo creo pero habría que otorgarles el beneficio de la duda, podría explicarse a partir de la hora que, según se ha sabido, le cortaron al filme antes de estrenarlo; práctica común en Hollywood, donde suelen utilizar las dos funestas horas de tiempo comercial que exigen las salas a modo de lecho de Procusto. Es conocida la anécdota de la katana que Hayao Miyazaki le envió a Harvey (Manostijeras) Weinstein en vísperas del estreno estadounidense de La princesa Mononoke, para advertirle sobre disparatadas mutilaciones de su filme. Si se piensa bien, una hora no es poco cuando sólo se tienen tres ¡Imagínense que a las editoriales les diera por empezar a publicar El señor de los anillos a partir de Las dos torres!

No son pocos los recursos de Shyamalan como director

Pero no nos dispersemos. Lamentablemente, los problemas de guion de Glass no terminan ahí. Más grave aún –porque no es una cuestión técnica sino creativa–  nos parece el hecho de que la historia devenga réplica mecánica de sus predecesoras, que no aporte nuevos materiales caracterológicos, dramatúrgicos, narrativos…, ni siquiera a propósito del personaje de Kevin, en quien podría pensarse, por sus incontables personalidades, como una suerte de ametralladora de situaciones. Ya la ingenuidad de los enfermeros; la improbabilidad de que los médicos no se enteren de que el aparato con que realizan su procedimiento ha sido manipulado; el andar sonámbulo del resto de los personajes –particularmente de Joseph, el hijo de Dunn–; la chapucera escena final de Dunn, y el desabrido desenlace de la película…, ya eso es lo de menos.

Ahora bien, Glass no funciona demasiado, eso es cierto, no nos ofrece más que un grato espectáculo visual con mucho de lo mismo. Y debo confesar que hace tiempo había dejado de intentarlo con Shyamalan. (También dejé de intentarlo con Coppola, a pesar de que nos ha dado El padrino). Sin embargo, en favor del primero debo decir que, un tipo que ha sido capaz de producir una pieza como La visita (2015), impecable desde donde se la mire, y que tiene en su haber el rotundo éxito de Sexto sentido (1999), que ha podido ver en pequeños dramas familiares el germen de aterradores trhillers psicológicos, que, desde el principio se ha mantenido buscando consecuentemente un mismo tipo de historias en un mismo territorio, el del cine de entretenimiento de la mejor calidad, ese por el que su maestro Spielberg se pasea libremente, no ha dicho todavía su última palabra; no importa si está condenado a decirla a la sombra de obras insuperables; al menos yo quiero escucharla.