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La vida: un collage de stickers arrancados de la memoria

La nostalgia se apodera más de las personas cuando crece la desesperanza en un futuro mejor. Uno de los tópicos que explora " La Vida" interpretada en su artículo por María Carolina García .

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En la sala La Viga del Centro Cultural Chacao inició la temporada de La Vida, un espectáculo con la dramaturgia  y dirección de Sara Azócar Azpiri. En esta experiencia donde predomina el gesto sobre la palabra, nos encontramos con los cuerpos enmascarados de  Bella Victoria Aboulafia, Díaz David Olaves, Patricia Castillo, Penélope Gil Garanton y Gerdys A. Hernandez, jóvenes actores del Laboratorio Teatral Anna Julia Rojas.

Al entrar en la sala nos recibe un sonido de pájaros que pretende inducirnos en una atmósfera que remite a la naturaleza, pero no a cualquiera, es el sonido de la ciudad. Ese que nos despierta antes del barullo producto del caos. Un grupo de personajes portador de máscaras de gesto neutro se ubican a un costado de la escena, delimitada por cajones que servirán como contenedores de los escasos objetos escénicos que cobrarán vida en manos de los actores. Estos objetos trascienden la utilidad propia de su naturaleza para convertirse en materia lúdica.

Una voz off nos indica las cualidades de una familia de primates, ¿la familia que vemos es una de primates antropomorfos? Tal vez, esa sea una de las preguntas que le hago al montaje, porque podría establecerse una analogía en ello pero no queda expresado de forma evidente, al carecer de texto, la acción no marca un hito sobre el que podamos sostener esta premisa.

Interesante es el efecto flashback y premonitorio sobre el que se establece la acción dramática porque esta proyección temporal propone una visión desencantada de la realidad, incluso, profundamente política. Mi mayor temor es que esa visión es la de una joven en sus veintes, una edad en la que solemos estar hechos de sueños que nos ponen a flote en el caos vital. Con esto no quiero significar que la propuesta de Sara Azócar Azpiri sea desesperanzadora, lo que me resulta curioso es el énfasis en la vuelta al pasado, uno que fue mejor.

En la foto cortesía de los productores del montaje “La Vida” hay un manejo del tiempo particular.

La acción tiene como punto de partida el año 2048 y la progresión dramática involuciona hasta 1988. Esto lo sabemos por el uso de carteles que revelan la ubicación espacial y la década que contempla los acontecimientos representados. Estos elementos y el uso de la máscara hablan de una proximidad con el teatro de Brecht y la danza expresionista alemana. En ambos casos se apela al universo intelectual del espectador para producir una relación desde su objetividad y no a partir de lo subjetivo en ellos. Ahora bien, esto solo se produce estéticamente dentro de la propuesta de Azócar, porque es inevitable la conexión entre la escena y el público, debido a que estos recursos son acompañados por un soundtrack que le otorga familiaridad y nostalgia.

En 2048 solo queda la casa habitada por la madre anciana, que intenta ocupar su tiempo mirando la televisión. En este momento se nos revela que en Venezuela solo queda un programa de tv: el Show de Sandra Angulo que, en esta oportunidad, tiene a una invitada muy especial;  una activista fitness, vegetariana, defensora de los derechos de los animales y miembro activo de la OMM (Organización del Mundo Mundial). Pero lo crucial en la entrevista no será hablar sobre su labor, sino de su vida privada, una oportunidad perfecta para vaciar de sentido su accionar y convertirla en un sujeto vulnerable. Creo que este segmento pone al relieve un asunto importante, la banalización de los medios de comunicación y el empleo de su poder para aniquilar el pensamiento crítico, traicionando su verdadero valor.

Más gestos que palabras en esta emotiva experiencia teatral del Laboratorio Teatral Anna Julia Rojas

El año 1998 es representado como el hito de una década festiva simbolizada en los rituales decembrinos. Aquí la nostalgia se apoderó de todos los que en la sala teníamos más de 30, volvimos a un momento importante en nuestras vidas, el parteaguas de nuestra existencia como individuos y como nación. Con la navidad llegaban las hallacas, el pan de jamón y el pernil, y lo expreso en pretérito porque hoy por hoy, para muchos, es solo es un buen recuerdo que atesoramos en la memoria. El cañonazo y las doce uvas del poema de Andrés Eloy Blanco, la maleta, el estreno, la foto familiar, los abrazos devenidos en lágrimas de alegría por el futuro y tristeza por lo que se ha dejado atrás y el inconfundible sonido de “Yo no olvido el año viejo” -en la particular voz de Tony Camargo- dan forma a ese año nos cambió la vida, sabiéndolo o no, decidiéndolo o no.

Las lágrimas corrieron en los rostros de algunos de los presentes, la nostalgia invadió la sala con la Navidad. La magia de los ochentas nos llevó a la constitución de la familia inicial, dos jóvenes que se conocieron al ritmo de “la simpar de Caurimare”, la ilusión de ese momento fue la que dio curso a esta historia, contada por retazos, contada apelando a los stickers arrancados de la memoria.

Al salir de la función, conversé con dos espectadores en las puertas del teatro. Ambos afirmaron  que al principio creyeron que no les iba a gustar porque no entendían el uso de las máscaras y cómo es posible que en el teatro no se dijeran casi palabras. Entre risas y el rastro de un par de lágrimas escapadas de sus ojos, afirmaron: pero nos equivocamos, porque así es la vida. No recordamos las cosas solo hablando, también lo hacemos en silencio en la privacidad de nuestros pensamientos. Los tres salimos convencidos de que cuando parece que no queda nada, aún nos queda la vida.