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Las trampas del espacio y de la memoria

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Según dicen, las crisis son oportunidades para quien sabe verlas correctamente. Formas de reconstruir el trayecto recorrido y hallar sentido al resto del viaje. Este parece ser el punto de partida de los personajes de Liliana Lara en Trampa-jaula (2015, Editorial Equinoccio). Con diversas excusas, se adentran en su memoria para desentrañar una frase, una imagen, el recuerdo de una persona o de un momento, y fijar una silueta en la incertidumbre. El problema es que solo consiguen una nada que se apodera de sus más recónditos entresijos.

En el cuento «El cuerpo», un desempleado recibe la llamada de un extraño que le informa sobre la muerte de su hermano. La emergencia lo obliga a trasladarse de una ciudad del interior a Caracas. El trayecto nos hace testigos del hallazgo del cadáver y de la reconstrucción de la crisis personal del protagonista, atrapado entre las penurias económicas, y la dinámica de la familia a la cual pertenece. Gracias a la casualidad y a las relaciones filiales, encontrará una salida a sus dificultades suplantando la identidad del fallecido. Así confirma una comunidad donde lo que realmente importa son las apariencias; para ser psiquiatra o evadir a las autoridades, solo son necesarias una buena excusa y una fachada sin manchas.

Trampa-jaula nos muestra esta dinámica en sus relatos. Los personajes son conscientes de la poca veracidad que sostienen sus historias personales e intrapersonales, pero también saben que, sincerándolas, caerían en el vacío. Los individuos residen un territorio con las mismas características: una ciudad pequeña, pueblerina, provincial, que se viste con nombres cosmopolitas para inflar una grandeza vana. La verdadera pregunta, la que coloca en jaque tanto a los agonistas como a los lectores, es qué ocurre cuando el disfraz se ha caído pero lo sostenemos como un fantasma trivial.

trampa-jaula_lara_curv-5El cuento que da título al libro revela este aspecto. Un ingeniero viaja a La Viuda para estudiar el terreno de un proyecto vial que unirá la población con la costa. Como su padre había trabajado en la zona en iniciativas similares, la travesía también se desarrolla en la memoria del protagonista. Revive la experiencia de los hijos ante la separación que se describe con más detalles en otro relato, «La pesca», ejercicio que, supone el protagonista, también acometerá su hijo muchos años después. Se reitera la anécdota, un ingeniero que se separa de su familia e intenta completar proyectos gubernamentales, repetida en el pasado, el presente y el futuro. Al final, la sentencia de uno de los campesinos de La Viuda parece signar el trabajo, los recuerdos y el sentido del relato; ante la idea de una carretera que los conecte con las playas replica:

… al mar puede llegar esta gente a través de los caños, si quiere. O cómo cree usted que entra y sale el contrabando… Lo que en verdad se necesita es una carretera asfaltada que comunique con Maturín…

La irrupción de la sinceridad es mal recibida en el bar, de igual manera se desmienten algunas reflexiones en torno a la población que funciona como eje del libro:

Esta ciudad tiene ínfulas de metrópoli […] y se dedica a nombrar todas sus construcciones con nombres de otros lados. Dicen que hubo un barrio latino en la zona del cine Rialto. ¡Rialto! Pero bueno, ¿qué se puede esperar de una ciudad cuyo nombre es un apellido francés? La madre retiró el plato vacío de la mesa y dijo como de pasada que estaba casi segura de que el nombre de la ciudad le hacía honor a un indio, un cacique rebelde de la época de la colonia.

Las narraciones aquí reunidas nos dejarán en esa circunstancia: el desconcierto ante la crítica y la necedad por aferrarnos a una ¿mentira? que nos da coherencia. Uno de los cuentos mejor logrados, «Miss Baygón», plantea esa paradoja con fuerza. Una mujer recupera su tránsito de la niñez a la adolescencia mientras vive una crisis emocional. Así reelabora su identidad entre dos figuras que la impresionaron en esos años: la vecina y su madre. La primera, Miss Baygón, era una mujer que endulzaba su soledad confiando en el retorno de su esposo o amante, o aunque sea de su hijo. La segunda rehace su vida con una nueva pareja y en la ciudad donde nació, pero a la que regresa después de años de ausencia y donde pocos la recuerdan. La niña completa el triángulo preguntándose hacia cuál de los dos ángulos debe orientarse. La fachada de Miss Baygón, paciente y fiel compañera, desemboca en una historia de amoríos casuales y accidentados de los que salió mal parada. La nueva versión se le ofrece a la protagonista, ya adulta, en un aeropuerto, por el novio, ahora exnovio, de su madre. La analogía entre la voz que habla y la persona evocada se sincronizan en las últimas líneas que evocan un cuerpo cambiante y ahora constatan una identidad transformándose:

Mi cuerpo se revelaba, se abría, se ensanchaba y se hizo sangre en aquel baño de la mujer que yo quería ser, la que tal vez soy.

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