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Las trenzas: llenar la ausencia con imágenes

Daniel Dannery recibió el Premio Marco Antonio Ettedgui de 2018 y en esta oportunidad electriza con una pieza de teatro experimental

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En el galpón nº17 del Centro de Arte Los Galpones fuimos testigos de Las trenzas, una instalación-performance con una variante textual densa de Daniel Dannery. El novel dramaturgo presentó una propuesta arriesgada, en la que dirige a Abilio Torres en un unipersonal.

Esta instalación nos recibe en absoluta oscuridad, una imagen surge al fondo del escenario, una mano lleva a cabo un movimiento oscilante fijo. Una estructura en negro metalizado funge como objeto de naturaleza múltiple y que sirve como centro de la acción dramática. La selección de Abilio Torres, cuyo trabajo ha ido en otra dirección, es el primer riesgo que asume Dannery, no es el actor idóneo para un trabajo corporal tan exigente, pero a pesar de ello, no se amilana ante el reto del director y busca constantemente asir el gesto de un modo competente. Debo decir, que hay dos momentos importantes en el trabajo de Torres, en los que logra un pacto entre el gesto, la palabra y el silencio. La música electrónica nos colocó en una situación de agitación, compartida, con la euforia del personaje.

El texto dramático presenta varios temas pero todos ‘entrenzados’ con el ejercicio de la libertad individual. Hay varias imágenes que me gustaría rescatar y que fueron las que me conectaron con el espectáculo y con las que se gestó una resonancia en mí y en varios espectadores con los que conversé; estas imágenes son: la lectura del periódico en la poceta, las hormigas,  el pestañeo, el amor como prisión y el cadáver del perro. Colocadas, así en esta secuencia parecen absurdas e inconexas, pero el discurso las hila con una trenza delgada.

 

En la foto de Daniel Dannery, un rostro pavoroso de Abilio Torres en plena actuación

Estas imágenes giran en torno a la libertad entendida como expresión, alimento, infierno y venganza. Sentarse en la poceta a leer el periódico es un acto casi coprofagico porque la excrecencia retorna a través de la palabra escrita en el papel. Según lo que el texto propone, nuestro cuerpo muerto devorado por las hormigas garantiza nuestra extensión, ser devorado por ese insecto es, también, una prolongación de nuestra existencia. Entonces, no solo es la procreación la única forma de demostrar que estamos vivos.

La imagen ofrecida en torno al pestañeo, inevitablemente, me remitió al personaje Garcín en Huis Clos de Jean Paul Sartre, porque Dannery emplea a modo de referencia la imposibilidad de la vida sin pestañeos como ocurre en la pieza del filósofo francés. La reflexión apela a lo infernal de la otredad, a lo aterrador de una vida sin pausas mínimas en las que podamos separarnos del mundo, suspendiendolo instantáneamente.

La idea del amor como prisión me resultó interesante, ya que evidencia las resonancias textuales del autor en su creación dramática y expresa una visión crítica frente a uno de los valores que fundamentan a la cultura occidental. El amor es un acto de sacrificio a otro que no te ha pedido nada, así como la paternidad, los hijos no son una extensión de los padres, son seres con una vida e identidad propias de los que se demanda amor incondicional por el simple hecho de compartir un lazo biológico. La pregunta que me hacía constantemente en torno a este asunto era, ¿Tenemos el derecho a dar una vida para luego dejarla en la orfandad voluntariamente? Creo que una búsqueda de respuesta, para esta interrogante, se encuentra en una de las imágenes más aterradoras, el perro muerto y congelado en la casa. El personaje dice que él ha sufrido, y como el perro era tan feliz con su cola batiente y su mirada tierna debía matarlo. Urdió un plan para vengarse del perro por burlarse, con una manifestación natural de alegría, de su sufrimiento. ¿Cuándo un padre se suicida para librarse de un sufrimiento exasperante y recuperar la dignidad, hace sufrientes a sus hijos? Es decir, la venganza es convertir al otro en una muestra de lo que soy, cosificarlo, deshumanizarlo al punto de no poder mirar cuánto daño le hago porque es mi enemigo, su existencia me hace sufrir, me roba la dignidad, el deber: transformarlo en indigno, estigmatizarlo con el sufrimiento.

Para finalizar me gustaría pensar en esos espectadores que se fueron de la sala, a los que les ganó el estupor y se les hizo insoportable lidiar con las imágenes escatológicas pero, a mi modo de ver, pertinentes. Creo que debemos reconocer que no siempre estamos en disposición y esto se reduce al hecho de que vamos al teatro con una expectativa que huele a prejuicio. Los asuntos allí tratados fueron durísimos, complejos. No puedo decir que es un espectáculo que adoré, ni mucho menos, pero me resulta emocionante y valioso el hecho de arriesgarse a ser honesto, sin pretensiones, desnudando lo que nos habita para hacerlo monstruoso y ajeno, para poder pensarlo y superarlo.